jueves, enero 26

Sueño del mundo

Se acercan tiempos difíciles para el mundo. Para el nuestro. Pues otros mundos -tan lejanos a nuestra realidad que más bien parecen conceptos vacuos, Pobreza, Hambruna, Guerra, Esclavitud- ya nacieron en tiempos difíciles. Y no conocen otro adjetivo para describir su vida. Vida, qué será eso.
Pero nosotros, los afortunados, pero infelices, los del poder, los de la libertad, los que ni sabíamos de la existencia de los primeros escalones de Maslow, ya que nunca nos hizo falta saberlo, nosotros, ahora, que se atenta contra el último escalón, ahora que la antorcha nos la están apagando... nos venimos abajo. Parece que empezamos a concienciarnos de que algo va mal. Y empezamos a rebelarnos poco a poco, con un tuit, con un mail en cadena, con una manifestación delante de un ayuntamiento vacío. Empezamos incluso a incluir en nuestras conversaciones diarias nuestras preocupaciones por el cierre de Megaupload y lo que ello significa, cada uno desde y hasta donde alcanzan sus miras se siente de alguna manera indignado.
Y poco a poco vas notando como la locura del mundo va llegando cada vez más cerca, te va rodeando hasta alcanzarte. Los conceptos vacuos sacados de cuentos de historia y pantallas de televisión se están aproximando. Lo global, esa palabra tan ajena a nuestro día a día, va tomando límites más estrechos. El problema llega al continente, poco a poco al país y rápidamente a la ciudad. De repente, está en tu casa, dispuesto a disparar. Los escalones, todos, abajo.
No es justo, decimos. ¿Justicia? Qué pasa con nuestros derechos, ¿derechos? Por los que tanto hemos luchado, ¿hemos? 
El mundo, nuestro mundo, el felizmente infeliz, está desapareciendo. Y creemos que la tercera gran guerra será virtual. ¿Puedo reírme ya? No, voy a seguir un poco más divagando.
Iba -digo iba porque ya he entendido lo estúpido de mi arrebato- a indignarme al leer sobre la reforma de la ley del aborto. Leer cosas como que a cierto señor le han absuelto cuando, en fin, para qué alargar más la historia, estaba clara su poca inocencia mostrada en lágrimas de cocodrilo, ni siquiera me sorprendió. ¿Que las distopías ya han encontrado su lugar en el mundo? Bueno, ¿y? 
Hablar de ética en nuestros días es ser un completo hipócrita. Indignarse es ser un completo hipócrita. 
Por ello, a mí, ya poco hay que me sorprenda. Y si parece que empieza a prender algo dentro, no tardo en calmarlo. Hablaré palabras vacías con quien se sienta frustrado por el mal del mundo, podré incluso fingir que siento algo de ese sentimiento. Lo único que puedo sentir es tristeza. Mis lágrimas caerán observando de qué forma tan natural lo artificial destruye el mundo.
Pero si se quiere salvarlo, no bastarán un tuit ni una manifestación. La revolución no puede jugarse en el plano de lo ficticio. Ha de ser real. Con armas reales. Sentida en la piel. 
Cuando ello ocurra, si es que nos da por despertarnos alguna vez del sueño eterno, estaré dispuesta a luchar. 
Mientras, viviré cómo el mundo se destruye a sí mismo acompañada de literatura, música, varios cuadernos, vino y una grata compañía. Seré el director de orquesta de Titanic, viviré hasta morir.

domingo, enero 22

Falso Edén

Decidió que era hora de un tiempo tranquilo, sin demasiados vaivenes, sin sobresaltos, ni sorpresas. Colores ténues, pálidos. Tanto viaje entre el Edén y el Infierno tendría sus consecuencias. Quería haber ido a esa especie de Purgatorio que llamaban. Pero ya no le quedaban penitencias por expiar. Así que, de nuevo entre el común de los mortales, tan solo le quedaba empezar a acostumbrarse a la normalidad. Al sueño tranquilo por las noches, a los problemas que tienen solución, al nulo pensamiento y a la diversión en botella. Para qué pedir más, si la mediocridad era un perfecto sedante. Como recompensa incluso le habían quitado todos sus recuerdos. Por si acaso. Por si se le ocurría buscar entre los cajones.

- ¿Hasta cuándo?
- Shh, no empieces ya con las preguntas. Anda, vive.
- No me convences, Dios, pero por ahora me creeré tus mentiras. Viviré.

viernes, enero 20

Una buena comida

- ¿Sabes? Ahora te veo mucho más alegre, más jovial, desenfadada, espontánea, locuaz e ilusionada, tienes brillo en los ojos, emanas vida, cosa que no vi en todos estos meses desde que nos conocemos.
- Es que esa no era yo. Esa... eso era una sombra, una sombra silenciosa, pensativa, cargada con grandes pesos, triste, melancólica, mendigando su propia lástima. Una sombra que se alimentaba de dolor, aunque pensaba estar justo del lado contrario. Una sombra que llevaba arrastrando años a sus cuestas, años que no sé en qué momento acepté en mi bagaje. Años que no me pertenecían. Ahora he vuelto a mí. Y es curioso que haya sido de la forma que mi sombra nunca hubiera sospechado ni aceptado. Cómo iba a hacerle entender a esa sombra perdidamente enamorada que precisamente ese amor a lo oscuro, al abismo, a las tinieblas, al caos, a la tormenta, me estaba matando a mí. El amor a la destrucción, a la necesidad y el control, el amor a la locura perversa y cruel. Demencia. Me pregunto si yo me hubiera atrevido a escapar si no me hubieran abandonado antes. Tal vez sea ese mi más sincero agradecimiento a mis verdugos, pues de no haber perdonado mi condena, yo me habría encaminado a la destrucción sin oposición. Por más revueltas que en el interior se dieran, silenciadas, una vez más, por una triste esperanza de que esto puede cambiar a mejor, soy el rey de la ciudad, solo puedo reinar de rodillas sin protestar, ya sabes. 
Lo sé, yo también lo he visto. También me he visto feliz, así, siéndolo de verdad, placidez, trivialidad, simpleza. Al principio no podía creérmelo. Qué queda del duelo. Qué queda de la infelicidad profunda que te envuelve tras una pérdida. Pero es que mi caso fue particular. Fue primero la pérdida. Luego vino el reencuentro.
- ...bah, da igual. Vamos a cenar.
 

jueves, enero 19

All or nothing


¡Qué absurda, cruel, injusta, bella y maravillosa es la vida!

- ¿...cómo?
- Calla. Que siga la música.

*

A veces hacemos las cosas tan solo por el hecho de poder hacerlas.

- Por eso el arrepentimiento.
- No, arrepentimiento nunca, bajo ninguna circunstancia. Me gustan los valientes ante sí mismos.

domingo, enero 15

Y sin embargo, ha sido


Uno a uno, todos nos convertiremos en sombras. 
Es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, 
en la plena euforia de una pasión, 
que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad.
Los dublineses

Y cómo las manos no iban a temblar si tocan lo que en la memoria pasó ayer y en estos libros firman fechas de años distancia. Cómo, si puedo tocar recuerdos de cada uno de los momentos que cambiaron una vida. El pulso se acelera y de repente, la revelación de que el camino conduce a Ítaca, la de Kaváfis.


*

Sobre las cosas del pasado, qué importa que hablemos de lo sucedido o de lo soñado. Pienso días atrás. 
Hoy redescubro
¿Es algo más que el día lo que muere esta tarde?
(...)
-Míralo todo bien;
eso que pasa
no volverá jamás
y es ya igual que si nunca hubiese sido

efímera materia de tu vida.
Igual que si nunca
Ángel González
y pienso si mi pensamiento fue mío o de González. 
Pero debajo del poema, una anotación:
y sin embargo, ha sido.
Así que sí importa.

sábado, enero 14

Alto en el camino

A pesar de todo, es este alto en el camino el que valida lo que hemos andado y lo que nos queda por andar. Es alzar la copa y brindar por Chris Farlowe y su Miss you fever, como podríamos haber brindado por Patti Smith, y su Because the night, por Howlin' Wolf y su Spoonful, por The Cramps, por I walked all night, por Tom Waits y I hope I don't fall in love with you, o Chicago.
Chicago, sí, como pudo haber sido para otros amantes Montreal. Para amantes de nombres parecidos a los nuestros. Pero no lo fue.
Así que sigo alzando mi copa y no dejo de mirar el cielo desde este balcón, que es mío esta noche, desde esta casa que hoy me pertenece, desde esta ciudad que por estas horas me será hogar. Hay una llamada tanto del cielo como del mar a la lejanía. A escapar de lo conocido, de lo que nos viste, de lo que nos arropa. Pero no esta noche.
Esta noche me dejo llevar por esas voces, que de vez en cuando me apartan del libro que urge ser leído, de las obligaciones que no esperan, pero pueden esperar unas cuantas canciones de Damien Rice. 
Hago un alto en el camino y admiro la belleza de una calle cualquiera, pero es mi calle, por la que transito desde hace algún tiempo, y nunca la he visto más hermosa. Pisos viejos determinan de un lado y del otro su estrechez, viejos como sus habitantes, cuya silenciosa marcha hacia las otras calles de la muerte se ve interrumpida por alguna guitarra de estudiantes que han venido a la ciudad en busca de algo nuevo y han acabado en este barrio. Pero no veo tristeza ni melancolía esta vez. Todo parece estar bien, todo parece estar tranquilo. Y puedo seguir leyendo. Y sigue Elvis Costello, con Spooky girlfriend, o 15 petals. Todo es aleatorio, como los recuerdos que quisieran asomarse. Pero no.
Es por este momento por lo que me reconcilio con la existencia, por la música, por la literatura. Por el cuadro maravilloso que me ofrece mi calle, por poder plasmar estas letras en la hoja trasera de los apuntes. Por Ray Charles. Porque esta etapa de mis días la cantará el rock, el blues, el jazz. Porque la recitará la poesía.
Porque, a pesar de todo, este instante... es puro y embriagador placer.

viernes, enero 13

Sobre falsos héroes

Al final llega la risa. La broma compasiva, el viejo dicho. La vida se puede resumir en unas cuantas frases, en su defecto, en unas cuantas canciones.

Hay formas y formas de sumar años al calendario. Hablan de ciertas crisis que se repiten de década en dos. Resulta que la que me tocaba este año la celebré el pasado. Las crisis son indecorosas. Sobre todo las reiterativas. Sobre todo las deprimentes.

No, la vida no es tan gris, ni tan mala, ni tan cruel. Uno puede sumergirse en el barro, revolcarse en la espesura del marrón y jugar y tragarse su propia mierda. El tiempo que le plazca. Pero uno debería saber que eso no durará para siempre, que se levantará, se limpiará y se pondrá la ropa planchada que lo espera sobre la cama. Igual que uno se cansa de estar bien, también se cansa de estar mal. Y a mí me cansan quienes han tomado por bandera el negro y todo lo tiñen del mismo. Me cansan, porque exageran. Me cansan, porque pierden su tiempo y me hacen perder el mío. Me cansan, porque olvidan que no son tan débiles. Que pueden levantarse, cuando quieran. Que sí, que duele, ya lo sé. Bueno, pues qué le vamos a hacer. Para vivir quejándose, más valdría no vivir. Me cansa la tragedia que han tomado por papel, cerrando así cualquier cambio en sus tristes, miserables vidas. Todo está escrito y todo intento de hacerles ver que, quizá, si quisieran, podrían abandonar el guión es en vano. Si se lo tomaran en serio; pero todo es un juego.
Así que no. Adiós a poetas suicidas, a héroes trágicos, músicos cocainómanos. Me dan risa.

La vida es mucho más que todo eso.

Y mirad qué bien me queda el vestido que acabo de estrenar. Rojo.


y todo fue resultado de:

Lo verdaderamente trágico, triste, cruel no es que las cosas acaben, no es la muerte, con su no retorno, el final de una vida, el final de un amor, la impotencia de no volver a disfrutar de los buenos momentos que jamás volverán, el desespero, el desasosiego. No es el dolor del duelo que llega sin avisar y se instala sin preguntar como amo del lugar, el duelo de lo perdido. El sentimiento de vacío, el sentimiento de querer morir también nosotros, y más palpable todavía, el sentimiento de desgarro, el sentir que algo nos han quitado de nuestro ser y se nos rompe el alma a pedazos de nostalgia y lástima por nosotros mismos. Lo verdaderamente trágico, triste, cruel de la naturaleza humana es justamente aquello en lo que radica su grandeza: el poder salir adelante. El poder superar la muerte y que sigamos teniendo una vida que querer vivir. El hecho físico, sí, empírico, de que nadie muere por amor. Nadie muere por algo que muere. Siempre acabamos levantándonos. He ahí la tragedia del ser humano. He ahí su heroicidad.
Y quien no se levanta... está exagerando su cruz. No se nos dio una más pesada de la que podamos soportar. Quien no se levanta, olvida que somos demasiado fuertes.

miércoles, enero 11

Cuerpos, nada más

Buscas, y solo encuentras cuerpos,
cuerpos vacíos, cuerpos nada más,
buscas, sin saber qué quieres encontrar,
y lo que obtienes no es lo que buscabas.
Otra noche perdida,
otro condón malgastado,
otro cuerpo muerto, sin vida;
y latiendo.

No es sangre lo que bombea,
no es alma lo que corre por las venas;
tanto amor fingido:
un abrazo, una caricia,
un gemido que te arranca sin permiso;
no entiendes por qué el esfuerzo,
si todo es falso,
si la mañana llegará para los dos,
el que duerme,
el que no entiende cómo podría dormir en esa cama
donde sobra la mitad de entre los dos.

Mas no caben preguntas,
ni tan solo un ¿por qué?:
y ¡por qué no!

Por qué no seguir buscando,
destrozando,
erradicando cada trocito del ser que queda,
cada recuerdo que susurra tu nombre,
el suyo: palabras malditas.

Seguimos buscando,
noche tras noche,
hasta perdernos en medio de tantos muertos,
hasta ser un cuerpo más.

domingo, enero 8

Ciudad de sombras


Berlín me recibió una oscura y lluviosa noche de verano, en una parada de autobús que no era la mía, en unas calles solitarias que trataron con respeto la melodía de mis zapatos de tacón.

Berlín nunca me devolvió a casa a la persona que por vez primera lo pisó. Berlín es el amante que te susurra que, después de haber besado su piel, nunca más podrás besar a tu marido de la misma forma, nunca más volverás a mirar a tus hijos sin sentirte eternamente culpable, y eternamente feliz por tu falta. Es esa inesperada fotografía en blanco y negro de vuelta a casa hecha por aquel excéntrico personaje que decía ser fotógrafo. Era demasiado lejano el alba como para no creerlo. Es un trozo de papel con un nombre y una dirección, una promesa fiel.

Berlín me engañó, me dio lo que no se me habría ocurrido pedirle: me ofreció el exilio, me llamó paria y ese fue el nombre que se me quedó. Paria, sin hogar, sin familia, sin esperanza en lo que antaño formó mi vida.

Berlín me recuerda cada noche que mi cuerpo descansa todavía en esta cama que este no es mi lugar. Que mi lugar es el mar, el mar que esa ciudad no tiene, mi lugar es el viento, el viento que no faltó esa noche de verano ni en la despedida última.

Berlín fue el cierre de un círculo perfectamente imperfecto, dio la voz de alarma sobre el largo camino que me espera como nómada en tierras cada vez más lejanas. Me espera el camino de una vida, y la vida no espera.

Abandoné Berlín con una lágrima que se desvaneció antes de tocar las nubes que el avión pisaba. Su promesa fue que jamás lo olvidaría, aunque incumpliera la mía de volver a verlo. Sus plazas, sus calles, sus monumentos, sus bares, su triste belleza.

Con el primer paso que puse de nuevo en casa, me hundí en el barro. Sentí lo que siempre seré y recordé lo que olvidé que siempre había sido: una extraña. Quise coger el primer avión cuyo destino no me importaba. No quise irme sola, mi corazón lo tenía otra persona, pero mi acompañante me pidió paciencia. Tanta tuve que ahora mi corazón ha querido volver conmigo.

De nuevo juntos, con la paciencia borracha, esperamos el primer avión cuyo destino se llame Lejos. O Berlín.

Palabras que me acompañan

Vuelvo a las letras porque las necesito, pues son mi recurso último en esta soledad que lo cubre todo, como la nieve que hace demasiados años no veo cubrir cada mañana aquello que solía llamar hogar.
Una soledad buscada a medias, encontrada a cuartos, en los cuartos de final donde un gol ya es mucho y apenas es nada.
Vuelvo a las letras para pedirles que me amparen, que sean testigo de que el comenzar de nuevo es posible, de que los tropiezos son interesantes cicatrices mañana, puntos en el anecdotario de la vida, vuelvo, porque han vuelto a mí las musas, sean quienes sean, me han traído de vuelta las palabras, ansiadas desde hace más que la tierra dio la vuelta completa a su astro.
Necesito -no digo quiero, no digo deseo- que en la recta final me quede claro que valió la pena la carrera.

En un susurro grito que he vuelto atrás en el tiempo el tiempo que había avanzado demasiado deprisa. Vuelvo a sentirme joven, casi tanto como al principio, ese que mi memoria ya ha falseado. Me quedan unas pocas frases que resumen lo que no habría sido capaz de expresar en diez libretas de páginas infinitas. Me queda pues, un trocito que clama bien en silencio que los amores tan solo deberían permanecer en nuestras vidas mientras nos sirvan como musas. Es señal de que han de salir cuando nos acostumbramos en una plácida y sosegada felicidad tras la cual ni un verso nace. Es señal de salir pitando cuando nuestras musas se convierten en nuestros demonios.
Me quedan otras palabras que rezan que las cosas que pasan no son ni tristes ni felices, ni buenas ni malas. Tan solo son cosas que pasan.
Y algunas otras que idolatran a falsos dioses, letras paganas que quisieran no volver a pisar las ciudades que les han sido hogar nunca más, que han dejado de creer en las personas maravillosas, que tan solo ven ahora a personas normales, con sus defectos y sus virtudes, pero simples mortales, letras que conjuran que tal vez nuestros ídolos solo sean héroes.

Palabras que me acompañan, que sirven de sostén hasta poder volver a quitarme las muletas. Pues a veces, cuando ya no creo necesitarlas, allá en lo alto de la montaña, una piedra me hace retroceder de nuevo cerca del abismo.

viernes, enero 6

Vuelvo a pisar

A veces no es tan fácil volver a empezar, escribir una nueva página después de haber arrancado casi media libreta. Aun cuando solo hay que arrancar una página, ya no queda bonito en el cuaderno que acabamos de estrenar. Algo falta; y si nos diera por guardar la hoja llena de tachones, de letra escrita de madrugada, de manchas de café o tequila o lágrimas... No queda bonito, no. Pero pasa; libretas inmaculadas no han visto mis ojos, aunque dicen que haberlas haylas. Como todo.

Y yo, que hace tiempo escribí en una libreta de estas como ahora teclean mis dedos y se me escaparon las palabras, e intenté reencontrarlas arrancando hoja tras hoja... acabé tirando la libreta, le quedaban apenas tres páginas y la última de ellas tenía el final escrito ya desde el principio.

No es fácil volver a empezar cuando el folio se presenta blanco, puro, otra vez en espera, quién sabe, de un texto perfecto. Tampoco lo será este, todos lo sabemos, pero al menos demos un hermoso inicio, que no se noten todos los intentos fracasados que lo preceden.

Y sin más, confieso, no solo que he vivido, además, qué derecho tendría a apropiarme así de Neruda, sino que me queda mucho aún por viv...