domingo, enero 08, 2012

Ciudad de sombras


Berlín me recibió una oscura y lluviosa noche de verano, en una parada de autobús que no era la mía, en unas calles solitarias que trataron con respeto la melodía de mis zapatos de tacón.

Berlín nunca me devolvió a casa a la persona que por vez primera lo pisó. Berlín es el amante que te susurra que, después de haber besado su piel, nunca más podrás besar a tu marido de la misma forma, nunca más volverás a mirar a tus hijos sin sentirte eternamente culpable, y eternamente feliz por tu falta. Es esa inesperada fotografía en blanco y negro de vuelta a casa hecha por aquel excéntrico personaje que decía ser fotógrafo. Era demasiado lejano el alba como para no creerlo. Es un trozo de papel con un nombre y una dirección, una promesa fiel.

Berlín me engañó, me dio lo que no se me habría ocurrido pedirle: me ofreció el exilio, me llamó paria y ese fue el nombre que se me quedó. Paria, sin hogar, sin familia, sin esperanza en lo que antaño formó mi vida.

Berlín me recuerda cada noche que mi cuerpo descansa todavía en esta cama que este no es mi lugar. Que mi lugar es el mar, el mar que esa ciudad no tiene, mi lugar es el viento, el viento que no faltó esa noche de verano ni en la despedida última.

Berlín fue el cierre de un círculo perfectamente imperfecto, dio la voz de alarma sobre el largo camino que me espera como nómada en tierras cada vez más lejanas. Me espera el camino de una vida, y la vida no espera.

Abandoné Berlín con una lágrima que se desvaneció antes de tocar las nubes que el avión pisaba. Su promesa fue que jamás lo olvidaría, aunque incumpliera la mía de volver a verlo. Sus plazas, sus calles, sus monumentos, sus bares, su triste belleza.

Con el primer paso que puse de nuevo en casa, me hundí en el barro. Sentí lo que siempre seré y recordé lo que olvidé que siempre había sido: una extraña. Quise coger el primer avión cuyo destino no me importaba. No quise irme sola, mi corazón lo tenía otra persona, pero mi acompañante me pidió paciencia. Tanta tuve que ahora mi corazón ha querido volver conmigo.

De nuevo juntos, con la paciencia borracha, esperamos el primer avión cuyo destino se llame Lejos. O Berlín.

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