viernes, enero 20

Una buena comida

- ¿Sabes? Ahora te veo mucho más alegre, más jovial, desenfadada, espontánea, locuaz e ilusionada, tienes brillo en los ojos, emanas vida, cosa que no vi en todos estos meses desde que nos conocemos.
- Es que esa no era yo. Esa... eso era una sombra, una sombra silenciosa, pensativa, cargada con grandes pesos, triste, melancólica, mendigando su propia lástima. Una sombra que se alimentaba de dolor, aunque pensaba estar justo del lado contrario. Una sombra que llevaba arrastrando años a sus cuestas, años que no sé en qué momento acepté en mi bagaje. Años que no me pertenecían. Ahora he vuelto a mí. Y es curioso que haya sido de la forma que mi sombra nunca hubiera sospechado ni aceptado. Cómo iba a hacerle entender a esa sombra perdidamente enamorada que precisamente ese amor a lo oscuro, al abismo, a las tinieblas, al caos, a la tormenta, me estaba matando a mí. El amor a la destrucción, a la necesidad y el control, el amor a la locura perversa y cruel. Demencia. Me pregunto si yo me hubiera atrevido a escapar si no me hubieran abandonado antes. Tal vez sea ese mi más sincero agradecimiento a mis verdugos, pues de no haber perdonado mi condena, yo me habría encaminado a la destrucción sin oposición. Por más revueltas que en el interior se dieran, silenciadas, una vez más, por una triste esperanza de que esto puede cambiar a mejor, soy el rey de la ciudad, solo puedo reinar de rodillas sin protestar, ya sabes. 
Lo sé, yo también lo he visto. También me he visto feliz, así, siéndolo de verdad, placidez, trivialidad, simpleza. Al principio no podía creérmelo. Qué queda del duelo. Qué queda de la infelicidad profunda que te envuelve tras una pérdida. Pero es que mi caso fue particular. Fue primero la pérdida. Luego vino el reencuentro.
- ...bah, da igual. Vamos a cenar.