domingo, enero 8

Palabras que me acompañan

Vuelvo a las letras porque las necesito, pues son mi recurso último en esta soledad que lo cubre todo, como la nieve que hace demasiados años no veo cubrir cada mañana aquello que solía llamar hogar.
Una soledad buscada a medias, encontrada a cuartos, en los cuartos de final donde un gol ya es mucho y apenas es nada.
Vuelvo a las letras para pedirles que me amparen, que sean testigo de que el comenzar de nuevo es posible, de que los tropiezos son interesantes cicatrices mañana, puntos en el anecdotario de la vida, vuelvo, porque han vuelto a mí las musas, sean quienes sean, me han traído de vuelta las palabras, ansiadas desde hace más que la tierra dio la vuelta completa a su astro.
Necesito -no digo quiero, no digo deseo- que en la recta final me quede claro que valió la pena la carrera.

En un susurro grito que he vuelto atrás en el tiempo el tiempo que había avanzado demasiado deprisa. Vuelvo a sentirme joven, casi tanto como al principio, ese que mi memoria ya ha falseado. Me quedan unas pocas frases que resumen lo que no habría sido capaz de expresar en diez libretas de páginas infinitas. Me queda pues, un trocito que clama bien en silencio que los amores tan solo deberían permanecer en nuestras vidas mientras nos sirvan como musas. Es señal de que han de salir cuando nos acostumbramos en una plácida y sosegada felicidad tras la cual ni un verso nace. Es señal de salir pitando cuando nuestras musas se convierten en nuestros demonios.
Me quedan otras palabras que rezan que las cosas que pasan no son ni tristes ni felices, ni buenas ni malas. Tan solo son cosas que pasan.
Y algunas otras que idolatran a falsos dioses, letras paganas que quisieran no volver a pisar las ciudades que les han sido hogar nunca más, que han dejado de creer en las personas maravillosas, que tan solo ven ahora a personas normales, con sus defectos y sus virtudes, pero simples mortales, letras que conjuran que tal vez nuestros ídolos solo sean héroes.

Palabras que me acompañan, que sirven de sostén hasta poder volver a quitarme las muletas. Pues a veces, cuando ya no creo necesitarlas, allá en lo alto de la montaña, una piedra me hace retroceder de nuevo cerca del abismo.