jueves, febrero 2

Aviso: buenas noches

Llueve. Bueno, al menos hace veinte minutos llovía. Llovía en las calles no tan desiertas, cuyo sueño interrumpía algún que otro estudiante con unos grados de alcohol de más en el cuerpo. Suena Beirut. Y su música me parece tan, tan, tan triste. Igual que la lluvía. 
Pero tanto Beirut como la lluvia son unas creaciones tan bellas que si me diera por llorar sería por lo de sublime que encierran en medio de tanta tristeza y melancolía y, repetiré esa palabra una vez más, saudade. Saudade, ah, otra maravilla del mundo. No sé describir con palabras las emociones que me produce, es éxtasis en lo doloroso, es pedir que me apuñalen porque me gusta el sabor dulce de la sangre que acaba vistiendo el suelo. Beirut me mata. Me mata, pero me mantiene viva. Llega tan hondo, cuidándose de destrozar todo lo posible, pero sin llegar al punto de dejar de sentir placer. Herbert Read, tomando a Erich Fromm, hablaba de las pulsiones sadomasoquistas que llevamos dentro y que nos acaban llevando a buscar sistemas totalitarios. Supongo que será algo así. Es curioso que haya empezado a leer Al infierno con la cultura hace unos meses, lo haya dejado y ahora, ahora, al retomarlo, es cuando realmente lo he empezado a leer. Los libros llegan cuando los necesitamos, no antes. Es inútil intentar leerse un libro porque hay que leerlo. Todo llega a su momento, cuando estamos preparados para recibirlo. Y a esto cabría añadirle aquello de que las cosas llegan cuando dejas de esperarlas, pero ese es otro tema del cual mejor no hablar. No es momento.
Me da rabia, mucha rabia haber amado tanto a Hesse y su Demian -tanto que he llegado a amar el nombre de Demian-, como su lobo estepario, y ahora sea incapaz de comprar un libro suyo. Nunca veo el momento. Y lo amaba, de verdad, pero siempre acabo dejando el libro de vuelta en la librería antes de llegar a la caja. Quiero seguir leyendo a Hesse, aun me queda tanto por descubrir de él, pero algo me lo impide. Y sí, eso me da mucha rabia. Igual me sucede con Nietzsche. Y algunos autores más, pero no quisiera hacer apología aquí de todo lo que me he leído. 
Vi hace unos días La mujer pantera, lo recomendaban en cierta revista -Jot Down- y el artículo era tan bueno que no pude evitar bajarme -ahora, que aún se puede- la película. Después de verla vi cierta referencia a cierta película de mujeres que se convertían en panteras en otro blog -La morada de los existencialistas errantes- y me pareció curioso que lo nombrara. Joder, The flying Clup Cup, escuchad esa canción, por favor. No es que la sangre hierva, es todo lo contrario, el corazón no arranca, no acaba de sentir adrenalina, pero siente tan bien lo poco que siente.
Vi esa película por la distinción que se hacía entre la chica del este, pasional y atávica, y el chico occidental, racional, pragmático. Y no me equivoqué: me sentí totalmente identificada. Y volví a maldecir y a reírme en cara de la estúpida razón y su lógica aplastante. Qué va a saber ella de lo que mueve al ser humano. Hace algún tiempo llegué a odiar a aquellos que se regían por la razón. La verdadera putada llega cuando quieres y odias a la vez a la misma persona por motivos igual de poderosos.
Diría que ya no llueve, pero no quiero comprobarlo asomándome a la ventana. Prefiero pensar que sigue lloviendo. Es más triste y más hermoso. He prometido tomarme la vida en serio estos meses y hacer las cosas bien. Cosa que una vez hice e incluso me fue bien por un tiempo. Pero lo siento, es que no sé estar muerta durante demasiado tiempo. Necesito saber que tengo sangre en el cuerpo, la horchata solo me gusta para beber, y que las cosas me toquen y me hagan temblar todos los pilares del mundo que me voy formando. Que si estoy equivocada no lo sé, pero sigo concibiendo que el placer va de la mano del dolor, que los extremos al final pueden tocarse, que si uno siente la plenitud más excelsa, también sentirá las cimas de la desesperación -ahora, por ejemplo, no podría volver a leer a Cioran, al menos por un tiempo. Básicamente porque no me lo creería, porque ya no sabría de qué estaba hablando. Si es llegué a saberlo en su momento. 
Beirut, Beirut, Beirut, maldita sea. Cómo puede la música envolverme de esa manera.
No sé qué me espera en París. No sé si yo espero a París. Lo cierto es que llevo un tiempo llegando a la cama con la misma conclusión: cada vez sé menos de la vida, cada vez la entiendo menos y cada vez me comprendo menos a mí. No sé qué es lo que quiero, pero al menos voy aprendiendo poco a poco lo que no quiero. Y que hay cosas que no quiero pero que sigo haciéndolas una y otra vez porque hay cosas que bueno... no, no cambian. Será la esencia de la persona, si tuviera que definir de alguna manera la esencia, el ser. Por otro lado, el continuo cambio es también una esencia de inmutabilidad, hace falta que todo cambie para que todo siga igual.
Yo he dicho que iba a tomarme la vida en serio y aquí estoy. Perdiéndome entre palabras, una sarta de sinsentidos que no me llevan a ningún sitio y a ti, lector que me lees, menos todavía. Te estoy haciendo perder el tiempo. Esto es ego. El ego desatado en la era del internet.

Cualquier tiempo pasado fue mejor, he pensado más de una y más de dos veces, pero de qué manera tan hermosa me lo arrebató Woody Allen en su Midnight in Paris. París, ah, París... que esta vez voy a pisarte en serio.

Buenas noches.