martes, febrero 28

Destapando cartas

Ayer pensaba en mi futuro más próximo, el único en el que aún guardo algún atisbo de esperanza. Dentro de un año yo podía estar en al menos diez lugares diferentes, eso sin contar con los que el destino podría traernos como regalo exprés. 
Anoche, quizá por demasiada cantidad de vino, quizá por nervios que anuncian todavía restos de inocencia, me desperté en mitad de la madrugada y ya no hubo quien durmiera. Hoy iba a ser un día decisivo. 
Desde un tiempo ha que los días importantes pasan sin pena ni gloria, las horas nos acercan al momento que cambiará el rumbo de nuestras vidas como si... como si fuera un triste día más. Esperaba más expectación, si he de ser sincera. Que los nervios se hubieran intensificado, que el aire fuera cortante, en fin, ambiente.
Sheffield. Lo pronunció sin más, dando por hecho que esa era mi plaza, al fin y al cabo era la que había escogido, por qué iba a haber asombro en su voz. 
Berlín se aleja un poco de mí, es cierto. Pero hace tiempo que ello no constituye un pilar fundamental en mi día a día, al fin y al cabo, eso era un sueño conjunto, no solo mío. O mío, pero quisiera que hubiera sido conjunto. Lo que no quita que algún día viva en Berlín. Si ese llegara a ser mi deseo.

Pero el año que viene estaré en Sheffield. Así de sencillo fue todo. Una frase ha cambiado mi futuro. Mi madre contesta el teléfono y se le quiebra la voz a medida que me va escuchando. Pero mamá, no nos pongamos melodramáticas, pásame a papá, la niña se nos va, la niña hace un par de años ya que se os fue, qué importan los kilómetros, felicidades, oh, no, no esperaba que fuera tan fácil, si supiérais lo poco que me ha costado daros esta noticia, no vayas mañana a la manifestación, no empecemos, te acuerdas del examen que iba a suspender, claro que iré, sobresaliente, como lo oyes, no llores más, qué necesidad hay, pero niña... te nos has hecho mayor. 

Hace tiempo, mamá, hace tiempo.

Ella siempre me dice que tengo mucha suerte, alguien me dijo que había nacido con una flor en el culo. Pero ella no sabe que mi suerte me costó cara, todavía la pago y por siempre tendré este lastre. Continuos cambios significan continuas pérdidas. Distanciamiento, lazos debilitados, rotos, renuncié a los niños de mi juventud por un nuevo país, hay cosas que nunca volverán a ser igual, míranos qué diferentes somos, las amistades que se forman en la adolescencia también sufrieron a causa del nuevo cambio, y mira que esta vez no fueron ni cien kilómetros. Claro, que el ir recorriendo la costa semana sí, semana no... En el fondo, eso de la distancia tenía su qué, qué se yo, conocías lugares, sabes. Me pregunto si habría escogido mi carrera de no haber supuesto el cambio de ciudad. Quizá en ese momento sí. Ahora... Y de nuevo, cambio de país. El eterno retorno. Ahora, los amigos de la juventud, la carrera, el piso, ahora que nos llevábamos como hermanos y mañana todos estaremos esparcidos por Europa. Iremos a visitarnos, visitaremos los países de cada uno, cómo nos gusta soñar, más lazos truncados, pero soñemos todavía, antes de que el futuro llegue y nos vuelva a separar. Italia, Francia, Inglaterra, Irlanda y todos los que se quedan en España...

Y pensar que el paraíso no es más que tenerlos a todos juntos.

Con nueve o diez años, mi mayor sueño era cumplir los dieciocho para sacarme el carné y ser totalmente libre para irme de casa. 

Resulta que mi suerte consiste en que siempre acabo cumpliendo mis sueños. Por ello mi madre me admira y está tan orgullosa de mí que incluso se le saltan las lágrimas.
Resulta que el precio a pagar fue conocer demasiado pronto la soledad. Tener que perderle el miedo, tratarla de cerca, convertirla en amiga fiel. Empezar a pensar por uno mismo, pensar, pensar, pensar, ansia de conocer, odio a la ignorancia, a la mediocridad. La soledad, mamá, tú no la conoces, ni te dejaron conocerla ni te atreviste. Y ojalá no tuvieras que conocerla nunca. O tal vez la conozcas mejor que yo y por eso lloras.