lunes, febrero 20

Fin de la partida

¿Y ahora qué? ¿Ahora qué? El juego ha acabado, hemos ganado la partida. Maldita sea, por qué eso es tan aburrido. 
Conseguimos lo que queremos y he ahí que es justo en la satisfacción del deseo cuando empieza de nuevo el aburrimiento. Dos momentos, tan solo dos momentos de gloria y luego todo se lo lleva el mar del hastío. 
Queríamos ganar. 
Hemos ganado.
¿Ahora qué? 
Qué hacer ahora.
El juego era divertido. Estimulaba. Nos ponía de los nervios cuando veíamos que podíamos perder la partida o cuando su curso dejaba de ser claro. Pero eso, eso nos movía a seguir moviendo piezas. Nos mantenía en vilo, nos robaba pensamientos. Aprendíamos nuevas estrategias, queríamos mejorar, queríamos ser mejor que nuestro oponente. Tan divertido. Apasionante. Excitante, oh, sí. 
Ahora qué, ¿nos masturbamos en palabras amatorias?
Qué decepción. Y mira que lo sabíamos, por eso no queríamos acabar la partida. Pero se nos fue de las manos y al final pusimos todas las cartas sobre la mesa. Confiaba que guardaras un puto as en la manga. Pero no. Lo que se ve es lo que hay. ¿Cómo se te ocurrió hacer eso? Me aburro. 
No podemos hacer nada ya. Ni siquiera podemos retomar la partida, ya nos conocemos el final y no podemos cambiarlo.

En fin. Felicidades, hemos ganado. Pero se acabó el juego. Qué mal hemos hecho.