miércoles, febrero 1

Por esas cartas que ya no leerás

No recuerdo si llegué a prometerme que jamás usaría este espacio para nombrarte, al menos no de forma tan directa, pero si lo hice, esto solo es una contradicción más, una trasgresión más de las bases que me había construido a lo largo de estos últimos años, desde que empecé a usar la razón de forma más o menos consciente; bases que estas últimas semanas me he dedicado a arrancar, una tras otra, y si pudiera contarte lo divertido que ha sido. Bueno, sigo llevándome bien con la ironía.
Estaba pensando en esa ciudad que al principio era una de las Grandes Ciudades, las que visitas de vez en cuando, con ese respeto que impone una ciudad con la que nunca has convivido. Esa ciudad que llegó a serme hogar, punto de salvación, de huida de lo conocido. Aquello era otro mundo. 
Claro, que luego conocí otras Grandes Ciudades que convirtieron a aquella en pequeña y de repente el punto de huida se encontraba ya no detrás de la frontera de las provincias, sino que estaba más allá del país. Y pronto iba a estar más allá del continente, aunque menos mal que no hicimos esa locura. Menos mal, de verdad. 
Y mira que yo pensaba que nunca más podría volver a esta mi pequeña ciudad, que una vez conocidas las Grandes, uno no puede volver y ya está, pero resulta que sí, que el ser humano es ser de costumbres y la rutina es lo que tiene.
Así que pienso en esa ciudad que me enseñaste y pienso si en algún futuro próximo podré volverla a pisar sin gastarme un billete de tren tan solo para, una vez pisada esa estación y ver que no hay nada más que el pasado que me ate a ella, me compre el primer billete de vuelta. Aunque también creo que eso es una soberana gilipollez. Pero es que... no quisiera volver a encontrarte, porque... tal vez me dé miedo mi reacción, no sé qué sucedería. 
Y sin embargo, te sigo soñando casi a diario y no sé si eso es signo de cordura o de locura, cada noche nos vemos y te cuento todo lo que me quedó pendiente contarte y no sé si amar u odiar a mi subconsciente por hacerlo. A plena luz del día he sido yo quien decidió que era mejor que no volviéramos a hablar, y luego llega la noche y no sé si mi sueño se rebela contra mi radical -porque sí, fue radical, lo reconozco, pero es que ya no quería sufrir- y racional decisión o simplemente es un mecanismo más de aceptación de la pérdida o como quiera que fueran a llamarlo esos psicólogos en los que no creo. ¿O sí creo? 

En fin, que estoy mejor sin ti, eso ha quedado claro; igual que tú estás mejor sin mí. Ahora bien, que eso signifique también que estoy y estás del todo bien, bueno... ahí estamos presuponiendo muchas cosas. 
Supongo que uno no puede decir Adiós de un día para otro y pretender así arrancar la hoja y empezar de cero. No es que yo pretendiese eso... yo aceptaba pasar por todas las fases de la pérdida sin rechistar, si había que llorar, lloraba, si había que gritar, gritaba, la desesperación, el dolor, incluso el pensarte. Lo único que no acepté fue seguir teniendo contacto contigo, eso ya era sufrimiento innecesario. Era demasiado.
Pero te sueño. Casi a diario. Contándote cosas como a un buen amigo. Siempre soy yo la que hablo. Tú a veces no dices nada y a veces te conviertes en juez. Al principio soñé que volvíamos juntos. Cuando me despertaba, me maldecía, bueno, a ti más que a mí, pero era a mí más que a ti. Después soñé la pesadilla que eso significaba, la pesadilla que vivimos. Cuando me despertaba, sonreía. Hasta mi subconsciente lo ha comprendido, pensaba. Y ahora, amigos. Ahora ya no sé qué pensar cuando me despierto. Yo lo que quisiera, si no es mucho pedir, es dejar de soñarte. O crees que es mucho pedir, al menos por el momento.

Lo dicho, que siempre me quedará Berlín, a ti Montreal, y a los dos, Barcelona. Por lo pronto, en menos de 48 horas estaré pisando la ciudad del amor, trasgrediendo una base más: ir a la ciudad del amor sin amor. Y con la única compañía de una rayuela que dibujaré en las nubes. ¿Te acuerdas cuando me asemejaban a la Maga? ¿Fuiste tu Horacio?