viernes, febrero 17

Presas

Esta vez los roles habían cambiado. Empiezo a estar del otro lado. Y la cuestión principal es que me gusta estarlo.

Cuéntame más, me dijo. Yo tan solo me reí. Era divertido ver cómo me iba admirando más y más con cada chorrada que le contaba sobre mi vida. Que si fui a esto, que si vi aquello o hice eso otro. Si te impresiona esto... Sus miradas furtivas mientras yo miraba a otros. Otros que sí podrían llevarte al orgasmo jugando con tu mente. A veces intentaba aguantarme la mirada, y yo, como una niña buena, la quitaba al rato, quévergüenza, quévergüenza. Lo nervioso que se puso cuando hicieron de tal manera que nos sentáramos juntos para ver la película. Cómo se iba arrinconando cada vez más, dudando, dudando siempre, de si... o de si no. Mientras yo, con toda la normalidad del mundo, hacía que sintiera el calor de mi cuerpo, mepuedesalcanzarelmando, ayperdonanoquisedarte, tuvo que pasarlo mal el pobre. Tanta timidez no es buena, chiquillo. Pero me estás haciendo pasar un buen rato.

Aunque al final me cansé. Y quien me llevó en brazos a la cama fue el amigo. El camino era largo del comedor a la habitación, en fin.

La película, exquisita. Qué si no podríamos esperar de Monsieur Verdoux.

Supongo que empaticé con él porque me recordaba a mí, hace no tanto tiempo. Pero de tanto andar con lobos, Caperucita se convierte. Tanto querer ir tras la experiencia, chupando cual vampiros, al final algo se nos pega. Y si a eso le añadimos que tras cada amor truncado nos volvemos más canallas...