viernes, febrero 10

A todo o nada, siempre

Cómo nos vamos a quemar...

Ah, pero qué maravilloso el fuego, cómo no jugar, cómo no dejarse la piel una y otra vez, apostar con todas las cartas, no guardarse ases ni las mangas, ese noséqué que recorre el cuerpo y la sospecha de que nos vamos ruborizando, pero nunca echarse atrás, hasta el final, hasta bebernos las cenizas del corazón que ya no quedará, pues ¿de qué nos servirá un corazón impoluto en la hora final?

Sabes bien que esa frase se grabó en mí y desde aquel día pocos amaneceres llegan sin que traspase mi mente una vez más: Quiero vivir de tal manera que a la hora de mi muerte pueda decir que mi vida no fue una mierda. Reformulada miles de veces. Para una vez que ella -¡ella!, yo que la tenía en el pedestal de la rectitud, pero era tan humana como tú y yo y...- blasfemaba contra el bien hablar.

Y qué si nos abrasamos. Ya lo hemos hecho tantas veces. Unos se vuelven cada vez más desconfiados, más miedo adquieren con los años y más muros se plantan alrededor. No, no, no, ah... no hay peor maldición que temer los laberintos de la pasión pensando que esconden flechas de Eros, cuando la gracia está en perderse una y otra vez y si acabamos envenenados de nuevo, qué más bello que morir de amor. Si no solo los gatos tienen siete vidas.

Cuánto costarás de criar.

Espero que la vida entera, gracias.