viernes, febrero 10

Un indiscreto final

Salía de las clases y era el momento cuando más mi voz quería seguir cantando. Eran momentos de bienestar, de agradecimiento a la genética y a algún que otro Dios particular por poder jugar así con la voz, por soñarse encima de algún escenario algún día.
Me paraba siempre en la frutería de la esquina y compraba uvas. No, no me des bolsa, me lo llevo puesto en el estómago, gracias. Reconozco que había cierto amor propio satisfecho mientras cantaba bajito, bien poco bajito por la calle y atraía aquélla o esa otra mirada. Me gustaba, me gustaban esos días.

Volvía apresuradamente a casa después de un día que no se decidía a dejarme salir, y he visto esa frutería. No sé con cuántas me habré tropezado en el día, pero a esta la he visto. Iba a no entrar.
Hoy el racimo era/estaba amargo. No ha habido manera de endulzar el alma, ni la voz. Tocaba La Negra. Qué podía hacer. Hacía tiempo que no dejaba que me cantase.

Será eso verdad de que siempre volvemos nuestra mirada sobre los primeros amores cuando ninguno nos ocupa el presente. O no, igual eso solo nos ocurre a algunos. Igual que alguna vez me dijeron que el amor platónico era cobarde; bueno, yo creo que era pura envidia. Y qué si no se ocupaba de la realidad, como si eso fuera importante.
Hacía algún tiempo que no sabía de él y el otro día me lo encontré en sueños. Parece que todos se acaban dando reunión ahí últimamente. Me recomendaba el capítulo 21. Siempre hablando de literatura, ya que nunca pudimos hablar sobre sexo. Qué lástima, verdad.
Hoy me leo el capítulo 21 del libro que me viene en gana.
Hoy me encuentro con noticias suyas, preguntándome si sigo viva. Vivita y coleando, o lo dudábamos, estimado. Mientras, pienso si los sueños tienen algo que ver con la realidad, si de tanta insistencia alguien se apiada de nosotros y nos los trae. Pero antes sonrío. Han pasado tantas cosas desde que ocupaba mis pensamientos por completo y todavía me sigue sacando una sonrisa. Cómo, podría preguntarme/le. Pero para qué. Y siempre ese movimiento de cabeza como negando, como... no, no hay remedio.

Chocolate. Claro. Amarga la uva, dulce el cacao tratado. Entonces, qué tenemos hasta ahora: que el alemán es el idioma de la Filosofía, el castellano de la Literatura, el francés del Amor y el italiano de la Seducción. 

En París conocí a un italiano.

Qué hermosa la voz de Paolo Conte.