martes, febrero 14

Una de cal y otra de arena

Ayer fue un día maravilloso. Uno de esos días que, de existir el Paraíso, y menos probable todavía, de acabar en él, estoy segura que disfrutaría a diario. No sabía yo explicarme la sonrisa en la cara mientras acudía a su encuentro ni la que guardé horas después recordándolo. Y siempre lo mismo, no falla, cuando estoy con ella y con él, soy irremediablemente feliz. Y si da la casualidad -oh, dioses, qué caro habré de pagar semejante regalo- de tenerlos a los dos a la vez, ya no sé qué más pedirle a la vida. ¡Pero moriría ahora, no después! En el pleno éxtasis, no en la sombra que se queda al siguiente amanecer.

Una vez me reprocharon que mi amor al conocimiento era impuro. Que no amaba el conocimiento en cuanto tal, sino por las personas que me lo habían descubierto. Que amaba a las personas, no a la sabiduría, habráse visto, menudo despropósito. ¡Impura! No supe qué decir. Ahora sé que si es este mi peor pecado, firmo hoy mismo la sentencia. Qué bella mi culpa. Qué feliz me hace tener semejante vicio. 

Claro. Si no hubiera sido por ella ni por él, seguramente yo no me habría dado al amor a la sabiduría. O sí, eso ya nunca lo sabré. 
Si no hubiese sido por ella, mi gran maestra, que solo fue tal cuando empecé a conocerla como persona, pues la tenía tan alto en mi pedestal, tan inaccesible, tan poco humana, tan perfecta -y aún los dos la vemos así de vez en cuando-, y todo empezó cuando le conté que...
Si no hubiese sido por él, el gran amor de juventud, siempre en el terreno de lo platónico, pues así lo idealicé, que sé hoy que quizá no fuera tan buen profesor, pero a mí la Filosofía me la enseñó lo suficientemente bien como para querer entregarle el resto de mis días.

Qué años aquellos. Quién me hubiese dicho que acabaría tomando cafés con los dos, no ya hablando de autores ni teorías, sino de la vida misma. Quién, que un día ese amor platónico se acabaría convirtiendo en amistad, que me brindaría y llenaría tanto, tanto. Tanto. Quién, que aún hoy siguen sacándome esa sonrisa cada vez que pienso en ellos y tengo que agradecerles la bendita existencia.

Sí, mi vocación es intolerablemente sesgada e impura. Pero es que nunca pretendí defender lo contrario.

*

Hoy, en cambio, ha sido un día feo. Muy feo. Día de cama, de mocos, de voz que no te tengo, garganta que me dueles y maldita enfermedad.
Día de ausencias, de excusas baratas, de no comprometer lo serio por lo fugaz, que uno ya tiene una edad "y te saco diez años, me gustas, eres guapa e inteligente, pero", mas los "peros" nunca traen nada bueno detrás e invalidan lo que hay delante, y "te comprendo, lo tuyo ya es edad para otras cosas y yo huyo justamente de esas cosas", qué manía con querer amor y no solo sexo que tienen algunos, ahora que yo ya... Qué importa.

En fin. Una lástima. O no. Mañana lo sabré.

Ni siquiera ha habido noticias de Italia. O de un poco más cerca. Nada. Hoy me siento despechada.

Y no sé por qué me entra la risa. Maldita bipolaridad.