jueves, marzo 15

Biorritmos

Resulta que es la primera vez en no sé cuánto tiempo que tengo el título antes de tener el texto. De hecho, creo que con el título se podría decir todo, así que podría dejar de escribir a la de ya.




...sí, bueno. Casi.

-he hecho un parón de varios minutos perdida en pensamientos sobre los pensamientos que iba a escribir. De repente he caído en la cuenta de que me había puesto a escribir esto. Y debería seguir. Pero ahora no sé por dónde.-

Quizá se trate de perder el norte.

Que no es que existe un norte, ojo, pero al menos antes -antes- creíamos que había uno. Y con esa creencia íbamos tirando, haciendo las cosas que había que hacer porque había que hacerlas y porque así seguiríamos el camino que la brújula nos iba indicando.

Y cuando Dios -siendo Dios cualquiera de los nortes en los que cada uno podía haber escogido para seguir- no solo murió -pues si hubiese muerto, al menos habríamos tenido la seguridad de que había existido- sino que se ha desvanecido de repente y por completo, como si nunca hubiese habido nada, como si realmente no hubiera nada más que nuestra imaginación y nuestra voluntad de creer en que hay algo -algo- más allá de lo que vemos, olemos, tocamos, un sentido, un lavidaesmásquenacervivirmorir, entonces, pues, cuando eso sucedió... oh, Satán, estamos solos.

Toca pues, construirse un norte, un norte artificial, dotarlo de simbolismo y olvidar que fue hecho por nuestras manos. Ver la nueva brújula e intentar volver a creer en la magia.

Pero no funciona. Porque no podemos olvidar, no eso. Entonces pasa que llegan días en que nos cansamos de lo que inventamos y volvemos a caer en la cuenta de que la magia tiene mucho de ciencia, que es todo truco, que las casualidades sí existen y todo se vuelve tan insoportablemente aburrido porque ya conocemos la respuesta, venía en el mismo kit de la pregunta que prefabricamos. Siempre que se fabrica veneno, se hace a su lado también su antídoto.

Biorritmos.

Estamos arriba y la vida nos sonríe y vamos canturreando por la calle, brillando de felicidad. Que todavía aumenta más al llegar a casa, encontrar medio tirado la mitad de un porro de cuando la noche no dio más de sí y pensar oh, maravilla, no hay nadie en casa, it's all mine, bob marley de fondo y empezar a bailar con la luna, cómo me gustan las grandes ventanas, el narcisismo está en sus niveles más altos, pienso mientras me enamoro de mi reflejo y qué buena está esta mierda, pero yo no fumaba -ni bebía, ni, era tan buena chica...

Y el día anterior fue esa joya de La kermesse heroica y al día siguiente fue ese tandem que se alargó por horas y horas y no acabo de entender cuándo el intercambio de idiomas se convirtió en intercambio de lenguas, pero el interés es puro etnológico, hay que conocer otras culturas, no, y joder, te das cuenta de que llevamos más de quince horas juntos y no hemos parado de hablar, me caigo de sueño, mañana me iré y pasado te irás tú, seguramente no volveremos a vernos, pero ha sido un placer.

Entonces llega la mañana y la vida vuelve a su normalidad, la normalidad de la rememoración y las ondas están bajas y me quedo sin fuerzas, toca descansar y pensar si realmente lo que pasó pasó realmente -cómo me gustan estos juegos tontos de palabras, aunque me los he visto mejores- y ah... si me pongo el pijama puedo casi prometer que el día tocó a su fin, pero me resisto todavía unos minutos que aprovecho para escribir estas letras y si me diera por cambiar de canción estoy segura de que las ondas volverían a estar en lo alto, pero no... esta noche toca esto.