miércoles, marzo 28

Desaparecer.

Sí, volví.

La primera vez fue el último día en la Gran Ciudad, antes del gran vacío que a la vuelta de esa otra gran ciudad, segunda B que pisé ese verano, me esperaría. Recuerdo que esa tarde llovió. A cántaros. Llovió como nunca. Tormenta. A veces no sé si el tiempo es susceptible a nuestros ánimos o somos nosotros. ¿Demasiado egocentrismo si me inclino por lo primero? 

La segunda vez fue medio año después. Viajé sesenta km que, en fin, tampoco son tantos, pero las circunstancias de la soledad y de no conocer la ciudad ni saber dónde iba a dormir aquella noche supongo que suman puntos; tan solo por volver a esa primera experiencia.

Claro, por supuesto que no fue lo mismo. Estaba más que claro, pero qué sé yo qué buscaba volviendo de nuevo. Buscaba algo, que ahora, con un poco de perspectiva, no sé si encontré. O quizá encontré otra cosa de lo que andaba buscando, aunque no supiera en absoluto con qué pretendía toparme. ¿Tal vez con quién? Pero fantasmas... no sé si andaba buscando fantasmas. 

La primera vez me estremeció. Me dejó sin habla durante varios minutos. Si no hubiese controlado mis lágrimas en su nacimiento, cuánta agua se habría sumado a la lluvia de fuera. Entonces yo supe que esos versos los asumía a él. Pero también supe que si aceptaba ese hecho, él y yo no podíamos estar juntos. Después intenté aceptar ambas cosas y seguir como si nada. Entonces... ja, entonces tan solo vino el derrumbe.

La segunda vez, todo había cambiado. Estaba en una ciudad que acababa de pisar por vez primera, no tenía compañía, ni la suya, ni la de nadie, mis ánimos ya no estaban revueltos, todo era un mar de tranquilidad. Pero había vuelto para buscar de nuevo la locura, la locura que me enamoró de Echanove, Makowski, y por ende, de Poe. La Locura. La misma que vi en sus ojos esas primeras noches de fingido amor. La misma que amé y odié a partes iguales. La misma que me enseñó y me destrozó. Bendita y maldita locura. 

Pero no la encontré. No la encontré esa segunda vez en la obra Desaparecer, allí, en Gandía. No estaba. Mi ánimo entró en escena, sufrió y vivió con el teatro, pero. Pero. Sabiendo que tan solo... era teatro. Ahora me permitía llorar y no asomaban. ¿Qué quedaba de la primera vez? Nada. Cenizas, nada más. Nada. No quedaba nada. 

Salí feliz por haber vuelto a disfrutar a Bieito, pero he de reconocer mi decepción. ¿Fantasmas? Quizá esperé encontrarme un cadáver, algo más tangible. Algo que poder tocar, algo que poder, tal vez, apuñalar. Algo, alguien. Nada.

Y mira que yo desde ya la primera vez quise haber plasmado algo por escrito sobre aquella maravilla del arte, obra no sé si tanto de los dioses como de los ángeles oscuros, por aquello de malditaseaandáaverlaya, pero el tiempo fue pasando y. Mi propósito era el mismo la segunda vez, pero también el tiempo fue pasando y.

Hasta que, así, hoy, ahora, me encuentro por pura casualidad con el nombre de Maika Makowski y entonces vuelvo a recordarlo todo. Y hoy, así, ahora, he querido al fin escribir. Sacar esa experiencia de mí. Demasiados meses dentro. Es la mejor obra de teatro que he visto y que puedo afirmar que de las mejores que veré a lo largo de mi vida. La que más me ha permitido fijar definiciones. Sentimientos, todo va de eso.

El otro día me puse una chaqueta que por lo visto hacía tiempo que no me ponía. Encontré en sus bolsillos dos entradas de Melancolía. Otra obra de arte que alguno renombró como El Árbol de la Muerte y que por supuesto, amé mucho más que El Árbol de la Vida. La mano empezó a temblarme. Por momentos pensé que iba a caracterizar la típica escena dramática del desmayo y la caída en el suelo y demás. Pero como ya dije una vez, y muy a mi pesar, de amor -¿ya?- no se muere. Ni desmayo ni caída. Nada. Cenizas, nada más. Una mano temblorosa. Qué queda de todo. Nada. 

Final 1. No he tirado las entradas. Por aquello de lo tangible.

Final 2. ¿Y qué queda dentro de las cenizas?