miércoles, marzo 7

Expiación de la culpa

Quizá porque es una obra de arte, que no considero merecer ni menos guardar exclusivamente para mí, quizá por la estética y no la ética, quizá por aquello de restar importancia llevándolo todo a la misma altura del mar, quizá por pensar más para sentir menos para dejar de pensar y de sentir. Y dejarnos llevar por la forma y no el contenido, no pensar en el aura, tan solo apreciar la belleza de estas letras sin acabar llorando al leerlas. Creo que estarán mejor aquí que a solas conmigo. Quizá... la culpabilidad de haber pecado. El no poder escribirte, pero sí escribir(te), sin bajar avergonzada la mirada. Ingenuos pensar que con el sol volvería la sonrisa.


*

Querida M.,

supongo que te extrañará que te escriba así, tan formal y arcaico como parece un mail escrito como quien aún usa sello y postal –aunque sé que tú lo sigues usando–. Me apetecía darme el lujo, en medio de esta vorágine virtual donde las conversaciones que empezaron nunca terminan, las palabras se reducen a la mínima expresión y las formas orales invadieron los terrenos de la lengua escrita.

     M., sé que estás bien porque hace apenas unas horas que hablamos –bueno, quizás no tan bien después tanta refriega–, pero tengo que preguntarte igualmente qué tal, cómo estás y demás cosas que siempre se preguntan en las cartas. Aunque yo ya sepa que Berlín, que Sheffield –Sssshefffiellddd–, que París, que V. –no tanto él como el recuerdo y el dolor que intentas borrar en cada hombre, de la desilusión de que el amor no fue lo que nos prometieron etecé–, que aviones, que camas con las patas rotas. Y ahora que Sevilla.

     Hace tiempo que me ando buscando, M., me siento tan conejo de pascua en el país de las maravillas, siempre mirando el reloj, siempre con prisa, siempre aterrado del tiempo cuando lo siento apresarme los talones. Quizá por eso el chance este que me doy y nos doy de un correo electrónico con sello de 1902, que como que nos obliga a relajarnos en el sillón, portátil sobre las piernas, y mirar más lentamente la vertiginosa velocidad del secundero. Con tanta celeridad olvidé lo que buscaba y puede que por eso decidiera inmiscuirme en tantos “fregaos”, más por evadirme y sentirme útil que por compromiso.

     Ay, M., ahora que me detengo unos minutos para escribirte siento el corazón acelerarse por pensar que perderé un tren que no para, que he de subirme a ese monstruo del estrés y el trabajo frenético de alto rendimiento. Ahora que me detengo, también, y te pienso entre tanta tinta electrónica y el estómago tan vacío, me ha acorralado una ráfaga de ti, de arena de playa y salitre, de los besos que quién sabe dónde estarán ahora y si acaso volverán. Un aroma de ausencia de ti en las sábanas y la mirada callada. Ahora que me detengo, ahora que me detengo. Podría escribirte los versos más tristes esta noche, ahora que me detengo, y saberte que existes gracias a esos versos. Pero ahora que me detengo se me acumulan las tareas pendientes, una bandeja de entrada con dieciocho correos de reuniones y proyectos, una vida que se me escabulle en el minutero.

     Ahora que me detengo, y más que taquicardia tengo la tensión baja, me doy cuenta de cómo me traicionó mi propio cuerpo. Moralista, moralista Horacio orgulloso y de pronto envidioso demente de Gregorovius. Cómo duele la vida, carajo. Habré repetido vetetúasaber cuántas veces esa frase en las últimas horas. Cómo es posible que duela jodidamente tanto, que sienta los zarpazos desde el cuello al esternón. Cuántas veces me lo habré dicho entre lágrimas, fíjate tú, yo que nunca las suelto y de pronto vienen y me abrasan las entrañas.

     Pero claro, es lo que te dije de las épocas y edades. Resulta que mientras tú andás intentando ahogar el primer gran dolor entre tanto hombre, yo ya ahogué demasiado el primer gran amor entre demasiadas piernas y ahora busco vetetúasaber qué diantres busco ahora. Tras un celibato que empezó precisamente porque los polvos dejaron de significar placer y me dejaban más vacío que lleno, llegaste tú, un pedacito minúsculo en la mano, trayéndome algo de vida que hacía tanto que no tenía porque hacía tanto que no sentía… Pero entonces Horacio, moralista y orgulloso, y la sementera se desangra de desamor nuevamente y entonces los tequieros llegan demasiado tarde aunque ya los hubiera dicho de mil formas distintas mucho antes de Sevilla y de París, incluso de Berlín y en la Valencia de la flor azul, pero sobre todo en cada mirada después de Berlín, de Valencia con una flor azul, de París y en Sevilla.

     Ahora que me detengo, M., cómo cuesta arrancar de nuevo, retomar el camino baldío de una juventud sin futuro. Porque es complicado retomarlo todo cuando un nudo te apresa tan fuertemente la garganta que sólo queda escribir en un papel “estoy afónico” cuando te preguntan compañeros y camaradas que qué te pasa y que te preocupa, vete a dormir compañero y descansa que mañana será otro día.

     Podría seguir escribiendo, ahora que me detengo, mientras me deshilacho entero por dentro, pero entonces no sería más que un repetir de cómo me dueles y me duele la vida, carajo, porque en realidad no me queda mucho más que decir, si obviamos todo cuanto podría decirte con una mirada callada y cogerte las manos para que relajases tus dedos que se agarran unos a otros.

     Ya hablaremos otra noche que me detenga, M.,

un beso

un te quiero y una flor.

F.