miércoles, marzo 21

Gracias, Cernuda

Más allá del amor, 
Quiero decírtelo con el olvido.

Un Te quiero era lo que quería decirle Cernuda a quienquiera que fuese dirigido el poema; qué amor más grande que el que aun se siente en la última de sus verdades, el olvido. El que sobrevive aun muerto; pues se es capaz en el presente de tener, quizá, nuevos amores, o llanamente el amor a la soledad, sin repudiar el pasado, sin arrepentimientos, sin rencores, sin si quiera melancolía. Tan solo alegría por el amor que fue y que siempre guardaremos. Para que, más allá de la vida, querer decir todavía un Te quiero, con la muerte.

He ahí que, con dos versos, el sevillano que antaño me conquistara con su Si el hombre pudiera decir, me definió mi visión sobre el amor. Y me permitió volver a nombrarlo, volver a pensarlo, reconciliarme de nuevo con el único sentimiento que, directa o indirectamente, me ha movido a actuar desde que tengo uso de razón.

Que quien se burla del amor que los niños dicen sentir, no sabe lo que dice ni sabe lo que es el amor. Recuerdo haber borrado una foto de tanto besarla, eran los amores no correspondidos de la juventud de los doce, trece años. Recuerdo haber hecho tantas locuras tan solo por ver a la otra persona, cuando era la mayor aspiración a la que podía optar, en los amores platónicos de los dieciséis, diecisiete.

Hasta los dieciocho no degusté el otro amor. Y diría que las locuras todavía crecieron, exponencialmente además. Hasta tender a darlo todo.
Y ya en vísperas de los veinte sobrevino el primer gran dolor ¿...real?, ¿debería decir?. Que extrañamente fue el que mejor supe llevar, el que... menos dolió. Recuerdo un verano trágico de dolor inestimado -y lo peor de todo es que no necesito exagerar- a causa de los tres meses que iba a pasar sin ver-lo, a él, primer amor platónico; y puedo asegurar que fue infinitamente más duro que en las primeras semanas de este último desamor. Era puro sentimiento en aquellos tiempos; ahora mi ánimo se dejó llevar por la razón, en exclusiva y, a más inri, en primicia.

Una razón que durante lo que duró el invierno se ha permitido llevar por vez primera las riendas, amordazando y encerrando en una jaula a su oponente más fiel. Pero llegó el equinoccio y la primera lluvia en mínimo tres meses. San José, la Cremà y la purificación mediante el fuego, atracción atávica, de todos los males. Fue hermoso ver como todo ardía. Más bello todavía que la lluvia comenzara pocos momentos después. Y todavía sigue. 

Y me paro en la ventana y veo las gotas caer, me dejo llevar y por vez primera asoman sin miedo, otras gotas; al fin, me permito volver a pensar y recordar cuánta hermosura había en aquello de hacer el amor con la lluvia de fondo, estética, siempre la estética. Unas lágrimas asoman y ya no sé si de dolor o de felicidad, la locura es más probable y es que seguramente sean ambos sentimientos abrazándose, y me permito nuevamente un poco de romanticismo en estos días de calles mojadas, hagamos las paces y reconsideremos el amor como lo más bello y lo mejor. Volvamos a creer, aunque nos cueste todavía tanto tiempo encontrar a alguien a quien amar, pero volvamos a creer, volvamos a creer que es el amor lo único en lo que siempre creeremos.

Muchas gracias, Cernuda, allá donde estés, por ser tu poesía la llave que me faltaba, la llave que la razón me escondió; aunque lo hiciera, bien lo sé, por mi bien. Muchas gracias por permitirme la reconciliación.

Y si hoy pudiera hablarte, te diría que con tanto gusto te abrazaría, 
sin más porqués que el cariño sincero que ahora sí puedo guardarte, 
y que... ya sabes, seas feliz.