viernes, marzo 23

Y no nos entendemos

Y no nos entendemos, pero son tantas las ganas.

Las ganas de no dejar el teléfono, de cambiar palabras por risas, los deseos por hechos, las ganas de acercarnos un poco en la lejanía, la única cercana.

Tantas ¡las ganas!, benditas o malditas, de compartir lo que somos, lo que sentimos, lo que pensamos.

De sentirnos un poco, de cualquier manera, las que tenemos, las que podemos, pero sentir.

Aunque no nos entendamos.

Cada uno con su vida, con su día a día diametralmente distinto al del otro, con su propia definición de cada cosa, cada uno con su idioma.

Pero son tantas.

Las ganas de soñar, sueños vacuos, ¡quizá!, nada más que construcción de utopía, ¡tal vez!, mas no importa mientras no despertemos.

No importa porque es el camino lo que por una vez, cuenta. Pues, para bien o para mal, es lo único que tenemos. Pero qué bello camino.

Qué bella la sonrisa tonta y los tontos sonriendo.
 
A veces se necesita salir de la realidad.

Y ah, si no viviera tanto en la realidad... si no supiera de tan buena tinta el significado de cada una de las     l e t r a s  que se me escapan de entre los dedos, si no tuviese tan presente la imposibilidad de dejarse llevar y creerte cada una de las cosas que me dices, que enamorarían al más traicionero de los gatos, si tú fueses menos tú y también menos yo, si yo fuese menos yo y también menos tú; si tantas cosas.

Pero me has traído de vuelta a las musas. Y eso nunca es de despreciar. Quizá, más que el amor, es el deseo el que siempre me ha movido a escribir. Y al que siempre me ha gustado rendirle culto.

Y entonces pronuncias mi nombre. Y lo haces tan seguido, y yo, que tengo especial sensibilidad por cuando me llaman por mi nombre, y tu voz, que produce un sonido tan agradable. Y lo haces tan seguido, que pienso que te lo vas a apropiar. Que pienso que quieres alcanzarme de alguna forma y lo intentas mediante la palabra, esa palabra, y no sé qué encuentras, pero ya no necesitas buscar más.

Que aunque no nos entendamos, me dices, es esta complicidad del sonido de las voces, la música que formamos, la música que nos guía y nos enseña que no importan las palabras, el deseo no las necesita, te digo, todo se remonta mucho antes, el deseo que te llamó con la mirada, el deseo devastador cuando te sentaste a mi lado, el deseo que electrizó todo mi cuerpo cuando me diste la mano, el deseo que quiso tocar tu boca y no tu mejilla, el deseo que se despidió con una última mirada. El deseo que sobrevive todavía y hace estragos cada vez que te pienso. Y recuerdo y sueño. Deseo.