miércoles, abril 25

Despertar

Intento, como tú, mantener el río en su cauce, tener la pasión calma, como si esos términos pudieran situarse juntos, racionalizar en todo momento cada sensación que me transmites. Vernos desde lejos, ser consciente, no olvidarme de serlo, prudente con los sueños y los castillos en el aire, aceptar la sonrisa que me provocas sin compromisos. No pensarte demasiado, distraerme de tu lejanía en la cercanía de otros, no traspasar la distancia, tener la paciencia quieta, el ánimo silente y ya el tiempo nos dirá lo que nos tengamos que decir.
Intento también, aunque ya ves que en ello fallo estrepitosamente, no dedicarte mis letras. No así. Ya suficiente nos decimos, no hay razón para que yo escriba teniéndote a ti en mente, no hay motivo para esta fluidez de las palabras, no hay porqué de mi gusto por hacerlo. Mi gusto, mi placer. No, no quiero que seas el destinatario, no quiero que seas el causante. Quiero escribir esto mismo, pero sin ti.

Pero yo de esas cosas nunca he sabido. No sé sino hacer lo que siento a cada momento, en las consecuencias pienso poco, a veces fue un fallo, mi agonía, a veces mi mayor virtud. ¿Quién tiene que juzgarme? Yo me acepto; de vez en cuando me digo que ya podría ser más racional. Me dura poco.

Entonces qué, que me da por escribirte, por pensarte, por imaginarte, por pensar en que afuera llueve y truenos y relámpagos y no, no es amor, cómo podría, pero me gustas, te gusto, también me gustan otros, a ti otras, pero te gusto más que otras, igual que tú a mí me gustas más que otros y he ahí donde fallamos los dos. Que lo sabemos, que es un sinsentido, que me alejo, entonces vienes, que te vas, y entonces te retengo, que la locura y todo eso de lo que pasamos de largo cada vez que no queremos dejar de escuchar la voz del otro. Aunque no entendamos ni papa; ah, y ya que estamos, explícame tú como está esto de que me hables en ninguno de mis idiomas y yo te entienda de igual manera. Verás, es que yo siempre he pensado que para que haya una verdadera y completa comunicación, si es que eso existe, y sobre todo en temas tan espinosos como el que nos traemos entre manos, el primer requisito es que los dos piensen en la misma lengua. Y ya de por sí es difícil que esos dos se comprendan. Pero tú vas y me desmontas mi brillante teoría diciéndome tantas cosas más allá de las palabras, entendiéndonos tan bien más allá, o más acá, del lenguaje. Supongo que era algo más que debía aprender y ha sido contigo. Cada vez pienso más que aprender es desaprender.

(...)

Pero. Pero, pero... ah, me desvanezco nuevamente. La gloria tan cerca, la ilusión que ves en mis ojos se va apagando por dentro tan rápido como se ha encendido. 

Será que lo necesitábamos, pensar en alguien, quien fuera, para distraernos de todo lo demás; sentir que todo, durante unos momentos, iba bien y que, sobre todo, podía ser real. ¡Un sueño! Necesitábamos soñar. Tú, por tus motivos, que alguno ya intuyo, yo, por los míos, que aunque de vez en cuando diga que ya no sé ni entiendo nada, no es más que hartazgo por saber demasiado, por conocerme demasiado, por demasiadas vueltas a tantas cosas del pasado, que ya ves, todo se resume en un par de corazones durante demasiado tiempo tristes que querían aferrarse al primer clavo ardiendo. En ello estábamos, pues, no necesariamente buscando, pero sí felices de habernos encontrado, contentos de la farsa que íbamos formando; nos iba tan bien, aunque el sentido común de vez en cuando nos dijera que eso no tenía ni pies ni cabeza. Por un tiempo, duró.

Pero la realidad siempre nos aplasta y tú con tus neuras y yo con las mías, que no son menores, tú con tu mundo y yo con el mío, y el sueño que cada vez era más apetecible, pero más lejano y resulta que llegó un punto en que o lo hacíamos realidad o volvíamos cada uno a nuestras realidades. La bomba estalló, tocamos el límite y entonces nos alejamos. En el silencio nos perdimos.

Y la lejanía hizo todo lo demás. Pronto la falsa necesidad y el hábito que creamos se desvaneció en el aire y ahora ya no queda nada; nos hemos desilusionado con no poca decepción.

Tú no me importas lo más mínimo. Yo no te importo lo más mínimo. Nos hemos despertado y ya no podemos engañarnos en esos dos aspectos, lo intentamos, pero ya no sabemos volver a acercarnos. Nos hemos despertado, un poco tristes, nuevamente.

Lástima. Lo estábamos haciendo bonito. Y me gustaba escribirte.