viernes, abril 6

Noche

Todo fue tan triste.

Todo en esa noche fue triste, la felicidad fue triste, los abrazos fueron tristes, las sonrisas lo fueron, las risas estaban apagadas, manchadas, sucias, sucios ellos de tristeza. La lluvia los acompañó, algún relámpago, un trueno ayudaron a asustarles, a recordarles el adiós presente desde el principio, no sirvieron de nada las palabras, ni los silencios, ni las miradas, todo tenía ese olor a final amargamente esperado, el olor de las cosas que se saben hechas por última vez. Se vistieron de desnudez, se separaron juntando los cuerpos y el vacío los unió. 

Todo fue tan triste.

Pidieron a Dios que el alba no llegase, que él no se tuviese que ir, que ella no se tuviese que tirar al mar del olvido. Dios, que no existía, rió lágrimas de tanta lástima que lo envolvía; quiso cambiar el destino que les había preparado, pero ya estaba escrito. No hay más que una libreta divina, y se mantiene impoluta hasta que el oscuro la mancha de tachones de alguno que le vendió su alma. Pero ellos, santos, tristes santos, estúpidos santos, confiaron que la eternidad de la noche pudiese existir y les fuese regalada en esas terroríficas horas de luna llena. 

Todo fue tan triste.

Las lágrimas últimas que se intercambiaron, la canción que no quería llegar al principio, el astro asomaba, la duda cubrió sus miradas y después la seguridad de que la partida sería definitiva, pero ya lo sabían, siempre lo supieron, quién los entenderá, quién entenderá que no quisieron saberlo. El barco esperaba. Embarcó. Ella no pudo despedirse. Corrió atrás, lejos, cuanto más lejos del mar más corrió, no quiso verlo alejarse. Se tiró a las vías del tren.

Días después el barco se hundiría de tristeza.