viernes, abril 27

Soy todo lo que no soy II (explicación)

Te miras y te dices que sin duda eres alguien, que ese del espejo eres tú. Pero no hay nadie. Lo que hay son médanos apenas, y barrancas, y ramblas secas - todo un vaivén de tendencias, que son huellas, por supuesto, pero que han dejado de llevar a ninguna parte: se retuercen sobre sí mismas mostrando simplemente lo que son, los rasgos de alguien que se mira al espejo y se dice que todo podría haber sido de otra manera.

Quisiera escribirte frente al espejo, como tratando de caligrafiar el laboreo del tiempo en el rostro, para saber de qué habla y qué dice - para saber cuál podría haber sido esa tierra escondida de la que me sé exilado, y cuál mi gente. Pero el espejo es ahora sólo una ventana que se ha helado, y a través de ella no puede verse nada - nada sino el rostro borroso de alguien que intenta ver algo, alguien que tal vez espera ver lo que no puede verse. Emplazado ante esta ventana que no admite viendo alguno soy - sólo soy. Ahora sólo soy una soledad densa, opaca, como la presencia de la noche que no es nada, que es tan solo ausencia de luz, de calor, de colores - apenas un intervalo como el que separa al rayo del trueno, y que se parece tanto al tiempo de una vida.

Quisiera tanto haber sido de los vuestros. Quisiera tanto haber podido saber querer lo que quiero. Haber podido decirte ahora mismo esto, por ejemplo: ¿Sabes lo que quiero? ¿Quieres que te diga lo que quiero? Quiero que me zarandees, ahora, que me empujes, que me tumbes, que me cabalgues, que me cruces la cara. Sin preguntas. A horcajadas sobre mí - así te quiero. Y con tus pulgares clavándose en mi garganta, oírte aullar el grito desbocado de la doma - como el del piel roja, cuando lucha por acompasarse con la furia nueva de un caballo mesteño. Eso quiero. Quiero que sigas con una cuchilla esas nuevas líneas que se han dibujado en mi cuerpo - marcándolas, sajándome. Que cosas mi boca, mis párpados, todos los pliegues de mi piel -hasta acallar por entero mis murmullos. Quiero que claves profundamente miles de astillas en cada una de las islas en las que ahora laten esos pequeños dolores hasta convertirlas en hogares del auténtico dolor, en dolor de verdad. Quiero oírme sangrar sobre tu cama. Quiero que camines sobre mí, clavando la aguja de tus talones en cada una de mis vértebras - que dibujes con el látigo nuevos meridianos en mi espalda, hasta descubrir el punto ciego, insensible, donde debe esconderse la cicatriz del beso de Satán, la huella de aquel impreciso aquelarre que me alejó definitivamente de vosotros, dando comienzo a la travesía por la tundra. Quiero que marques mi cuerpo mi cuerpo con un hierro al rojo - como a una res. Quiero que me arranques con tus dedos desnudos ese nido de angustia que se oculta detrás de mi esternón. Quiero sentir que estoy vivo. Quiero sentir sobre mí una última mirada tuya llena de codicia, aunque sea homicida, carnicera. Quiero sentir, por lo menos, miedo a morir. Quiero que me veas así. Mírame. Cuelgo desnudo sobre tu cama, boca abajo - y mi sexo es un caracol. Imagíname así.

Dices Quiero, y entonces es como si te imaginaras a punto de recobrar tu rostro, a punto de saberte alguien - y tanto más alguien cuanto lo que dices querer señala el camino de tu ruina, tu propia perdición. Siento que es así como ahora quiero escribirte. En cierto modo, también te dije que te quería como buscando un modo de perderme. Y es que es como si sólo esa ruina me perteneciera en propiedad, irrenunciable. Como si yo también me buscara ahí, en la enseñanza del dolor - en lo difícil. Como si sólo allí me cupiera reconocer aquello que propiamente hay en mí de singular, aquello a lo que en ningún modo me será dado escapar: mi única certeza. Mi única certeza es ahora saber que sólo se conoce lo que se ha perdido, lo que ya no está - como el trueno dice la verdad del rayo. Como si sólo fuera posible sentir en las cosas aquello que las hace ausentes, su irremediable distancia. ¿Es esta la razón por la que he sentido y siento la necesidad de escribirte - a ti que ya no estás, que estás tan lejos?

-fragmentos-
Deseo de ser piel roja, Miguel Morey


Uno podría acompañar a estas letras quizá, El perdedor, y escuchar de fondo el disco Desaparecer de Maika Makowski. Y entonces la figura se completaría.