sábado, junio 30

Mosquitos hofferianos


   
Lo notable es que de verdad amamos a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos:
hacemos a los demás lo que nos hacemos a nosotros. 
Odiamos a los demás cuando nos odiamos a nosotros mismos. 
Somos tolerantes con los demás cuando somos tolerantes con nosotros mismos.



Estamos con nuestros amigos por los aspectos que de nosotros mismos aceptamos en ellos, sean estos buenos o malos.
Odiamos a nuestros enemigos por aquello que de nosotros no aceptamos, sea positivo o negativo.

Así, entre la amistad y la enemistad se tiende la cuerda de la propia identidad, representando cada uno de los extremos nuestros propios límites. 
No reflejan solo lo que somos o dejamos de ser, sino lo que nos gustaría o aborreceríamos llegar a ser. 

Centrándonos en el odio, su ausencia en nuestra vida parece, en principio, algo deseable. Sin embargo, su ausencia implica la pérdida de un suelo firme, sea este distópico. Una barrera que nos decía de aquí no pasas. Y entonces uno puede estar tentado a poner el primer paso. Y ver, probar. Y cuando ya es tarde, darse cuenta de que se ha convertido, finalmente, en su enemigo.

Lo piensa mientras deja el vaso de cerveza a un lado y se dispone a aplaudir por las pocas neuronas que andan sueltas. El mosquito que no paraba de darle vueltas cae entre ovaciones. En el vaso. El bicho había entendido perfectamente lo de los odios y las distopías.