sábado, junio 23

Tedio


Incluso te cansa escribir ahora mismo. Pintas todo lo que te rodea con el color de la estupidez, y así te parece todo. El más nimio detalle, el accidente más inocente, es suficiente para hacerte tachar aquello que lo toca de parodia. De mediocridad, de burla de lo que podría haber sido. Nada ves importante, nadie ante quien te inclinarías y admirarías, no, todos pecan de la peor enfermedad. Es un hastío continuo, y sabes que lo que buscas no lo encontrarás en los libros que te esperan, bien apilados y ordenados en tu estantería, lo que buscas se encuentra en el otro. Ese otro en busca y captura, que falsamente dices no querer perfecto, pero ¿entonces qué quieres? No lo hallas en quienes te rodean, ni en los que rodean a los que te rodean. Ni en los desconocidos que caminan junto a ti en la calle, ni en aquellos tomando café en la terraza o  los otros emborrachándose en el bar. Tampoco en los que van a bailar ni en los que se quedan en la barra. No es quien va paseando a su perro, ni el que odia a los gatos, el que lee o el que escucha Madonna. No es quien esconde dentro de sí un crío malcriado y malherido, ni el que está muerto de tanto hacerse el adulto. No es aquel alto, ni el delgado ni tampoco el gordo, el feucho o el guaperas, el musculitos ni lo sopesamos en la ecuación. Ni el melancólico ni el sonriente, ni el que va de la mano de la novia después de haber hecho correrse a su amiga con esos mismos dedos, ni el que nunca ha pisado hogar. Ni el poeta, ni el rockero, ni el embustero. Ninguno de esos. 
Te ha empezado a aburrir escuchar casi todo, inventarías el Infierno tan solo por aquellos que se las dan de entendidos en tantas cosas de la vida de las que no tienen ni remota idea. Tú tampoco, pero al menos tú lo reconoces. Tan difícil será tomarse de manera literal aquello de De lo que no se puede hablar, es mejor callar. Ahí están, todos pariendo madre hablando de política, y de lo corruptos que son los políticos (como si no les viniera en la definición), y de lo mal que va el mundo y España y sus trabajos y el dinero que escasea. Cháchara, palabrería, palabras inútiles. Pero a ninguno lo ves pidiendo limosna en la calle y eso no les chirría ni un poquito. Y los que no hablan de política, hablan de literatura y de movimientos postmodernos y miratodoloqueyosé (ytúno), como si fueran auténticos titanes en la materia, cuando hace unos añitos aún chupaban de la teta materna. Y siguen chupando. Y empiezan a inventarse palabros como modernos, hipsters y la puta que los parió y tú te preguntas para qué tanto eufemismo cuando sobra con llamarlos gilipollas. No te olvidas, además, de que la palabra friki (o como se escriba) está cada día más de moda, ahora todo el mundo lo es. No lo comprendes. Se te escapa. Por qué todos se esconden tras esa palabra despectiva cuando hablan sobre algo que les gusta. Esa necesidad de justificarse por hacer lo que a uno le apasiona en detrimento de lo que uno debe es algo que no acabas de asimilar; cuando es precisamente el conocer lo que a uno le hace sentir vivo lo que te hace admirar a alguien. Esto, más que fatigarte, te empieza a preocupar, pues ves que el fenómeno cada vez se va extendiendo más y más.
También ves parejas que cuentan los días que llevan juntos más que lo que sucede en esos días, que te miran con cara de superioridad porque lo de ellos lleva ya mucho tiempo, mientras que en una conversación de sexo ella nunca dice nada y él suelta aquello de No, el sexo no es lo más importante en una relaciónGente que solo sirve para dar consejos. Y luego la besa en la frente, la abraza y un Te quiero, cariño. Bostezas. Sientes tedio de quien se quiere tan poco. De quien se quiere demasiado. De quien, directamente, no sabe quererse. A veces no sabes si llorar o reír. 
Hasta los mismísimos de gente que se empeña en no abrir los ojos, o, peor todavía, en pseudoabrirlos. Parece que es mucho más cómodo juzgar por deporte, quedarse con el cerebro empequeñecido, cerrado cuanto más mejor, cuanto menos horizonte seamos capaz de ver, más felices y perdices comeremos.
Ah... todo te hastía. En nada encuentras el más mínimo sentido, la más mínima fe. No hay más que decepción y mucha, mucha estupidez. También por tu parte, como no podría ser menos. Por no conformarte a tiempo. Por pedir demasiado. Por no saber qué buscas. Por tener sueños que sobrepasen el amanecer. Por sentir tan hondo el pesar y el cansancio y la pena y la mediocridad. Por pensar que no formas parte de esa masa anónima de carne humana. Ja. Quién te has creído. Tanto como si estás dentro como si no, te jodes. 
A ellos, al menos, se les ve contentos.