jueves, junio 28

Variado

Me da que abogar bien por una misantropía, bien por una filantropía, es no conocer lo suficiente todavía a la humanidad. Esta muchas veces decepciona hasta en su maldad.

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Los filósofos, independientemente del idioma en el que escriban, independientemente también de su nacionalidad, están todos locos. Y ver que mantienen esa característica en común me alegra sobremanera. (Los que no están locos, son unos aburridos, por otro lado.)

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A veces, el dilema vital de una persona puede resumirse en una tilde. ¿Que no? Se me ocurre pensar en un nombre, que en un idioma se escribe con acento, mientras que en el otro sin, siendo esa la única diferencia. Decidir quién es uno haciendo o no esa insignificante rayita cuando hace mucho que no se siente de donde nació, pero tampoco de donde vive, y cuando cualquiera de las opciones le hacen sentir de alguna manera desleal e ingrato (¿con quién? ¿hacia qué? ¿por qué?; uno se puede creer libre de nacionalismos y patriotismos, pero resulta que esos sentimentalismos nos son inculcados muy hondo en el subconsciente y afloran cuando menos cabe esperarlos), puede acabar llevándole a la desesperación. Esquizofrenia y demás, exagerando no tanto.


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Hay otra patria de la que se habla menos en el día a día, aunque sea la preferida de los poetas. No, no es el amor. Me abruma pensar en cuántos versos se han escrito en su nombre. El desamor. Uno lee historias y va viendo como incluso dura más que el amor. Hay personas que se condenan a vivir en el pasado vidas enteras. (Será que es más fácil sufrir.) Aterra pensarlo. A mí me aterra. Echar a perder así una vida por alguien que nos tiene como un capítulo concluido más. Terrible.