lunes, julio 30

Política. Referéndum. Rumanía. Opinión.

Lo he intentado. Primero en los medios por los que suelo tener alguna preferencia, mayor, menor afinidad de pensamiento. Después fui a por los otros, los que de vez en cuando leo para ver cuánta imaginación tienen para la mentira. Incluso he buscado medios que ni sabía que existían. No he logrado encontrar una noticia que guardara un mínimo halo de verdad, que no fuera tan sesgada que se hiciera abominable leerla. He sentido ganas de vomitar varias veces leyendo las noticias estos últimos minutos. Tanta aberración. 

Con horror he leído imbecilidades en periódicos en los que tenía yo un poco de confianza. Lo que me lleva a pensar si puedo seguir fiándome de alguno. Si con todo lo que no conocemos de primera mano actúan como en el tema que a mí me interesaba, empiezo a creer que no sirve de nada leer la prensa.

Así que voy a escribir mi opinión, mi verdad, que no La Verdad, fruto de todo lo que he visto, oído y, ante todo, vivido. Pienso que se lo debo; a alguien, a quien le interese, a mí, quizá. A todo esto, el contexto: Rumanía, presidente suspendido, 'golpe de Estado', Angela Merkel, referéndum, hoy.

Hoy se ha escrito historia, y no son solo palabras bonitas. Aunque parece que pudiera servir para más bien poco. Pero antes de adelantar acontecimientos, convendría hacer más entendible ese contexto, cómo se ha llegado hasta aquí.

Rumanía ha pasado por una dictadura comunista, de la cual puedo decir más bien poco, puesto que no la llegué a vivir. Lo que no me incapacita para poder formarme una opinión de la monstruosidad que supone para el ser humano una dictadura, sea esta de izquierda, derecha, de abajo o de arriba. Tampoco viví la Revolución del '89 ni el fusilamiento de Ceaușescu y su mujer el día de Navidad del mismo año. Lo cual tampoco me impide sentir cierto orgullo por esos pobres infelices de la revolución que murieron por un mundo mejor. Nacería después, en la llamada 'democracia'. La democracia por la que dieron su vida aquéllos. 

Y la 'democracia' que yo conozco... qué puedo decir: es la que ha llevado a mis padres a cambiar de país. Creo que es bastante simple de entender, pero de todas formas, querría darme el gusto de detallarla un poco. Podría hablar de nuestra sorpresa al llegar aquí y ver que no había que pagarle ni darle nada al médico en cada consulta, a pesar de ser este de la sanidad pública. La anécdota es literal. Y es que aun estando ya pagados con nuestros impuestos, allí no se concibe recibir algún servicio público sin soborno. Sea del sanitario, del policía, el juez, el administrativo, ni el cura, vaya.

Llega a tal nivel la corrupción que ni siquiera es sentida por el pueblo. Está a la orden del día, no se cuestiona, es lo que hay e imagino que se da por hecho que es lo que habrá por mucho y mucho tiempo. Es malgastar saliva en vano criticar el sistema. 

No se confía en los políticos, en la justicia. La ley es, llanamente, el dinero. Es el único poder que vale. Se da por supuesto, nuevamente, que el político nunca hará nada por el pueblo, que está donde está sólo en beneficio propio y de los suyos, que hace las leyes que le convienen a él y que a ti sólo harán que empobrecerte más y más. Se burlará de ti en tu cara mientras te estafa, te quita libertades, derechos, vida, en fin. 

Sobre el alcance educativo, artístico, cultural, moral del pueblo llano, o más bien el embrutecimiento o la falta de estos, más tinta gastada en vano. La estupidez es reina, como no podría ser de otra manera. Se intenta imitar a los políticos, si estos mienten, timan, roban, nosotros también. Entre nosotros. Homo homini lupus. Si tenemos un presidente imbécil, nosotros aún lo seremos más. La codicia, la envidia, la hipocresía, el odio, menudas perlas tenemos colgadas.

Y es que a tal esperpéntica situación, democrática, eso sí, y de la que no he dado ni la primera pincelada, la respuesta del pueblo solo puede ser mediante el conformismo a la misma, intentando sacar el máximo provecho posible, el conformismo sin más, sin siquiera poder sacar partido o el deseo del cambio. Cambio que únicamente se ve plausible como mudanza del país. 

PERO, pero... con la decadencia empieza la renovación. Y es lo que parece que ha comenzado a gestarse en los últimos meses, años quizá. Un despertar, algo que haga un poco de justicia al cantar ese himno que dice exactamente eso: ¡Despierta, rumano, del sueño de muerte (en el que te sumieron los bárbaros tiranos!); que tanto hace ensalzarse a esos patriotas que ni siquiera saben qué cantan. 

La gente empezaba a sentir que sentir tanto malestar tampoco era aquello de lo más guay. Encima venía también la crisis esa que estaba asolando Europa entera. Crisis sobre la crisis intermitente que allí siempre se ha vivido. ¡Pero Europa, nuestra salvación, hundiéndose!

Una queja por aquí, otra manifestación por allá, y parecía que la cosa empezaba a arrancar. El vaso hacía tiempo que se había colmado y parece que empezábamos a darnos cuenta de que estábamos inundados hasta arriba. Tan grande dejamos que fuera el vaso. Pero esto ya no podía ser. Tenemos que tomar el poder, no podemos seguir permitiendo que nos roben y quedarnos de brazos cruzados, abajo la corrupción, abajo con nuestros males. 

Yo no podía ver con más escepticismo el supuesto despertar. Si ya aquí, en España, la situación, que estaba mucho mejor, se está yendo a pique y nadie hace nada y si lo hace tampoco sirve para nada, no creía en la posibilidad de un cambio pronto en Rumanía. 

Sin embargo, ver la suspensión del presidente Băsescu, persona deplorable donde las haya, que ha arruinado más, si cabía, su país, que no ha hecho sino seguir los juegos de la canciller germana, no sabiendo ya cómo ni a quién lamer el culo mejor en busca de un poco de atención, mientras, por descontado, iba enriqueciéndose más de lo que ya lo era..., no quisiera extenderme en escupitajos, no me agradan sin piedras; bien, ver su suspensión me devolvió un poco de fe. 

No defiendo que los que le están sustituyendo ahora sean arena de otro costal, todavía no los conozco lo suficiente. Pero por ahora nos están salvando; y el referéndum es la mejor muestra. Por más críticas que hayan recibido incluso de la Merkel, que se preocupaba, vaya por Dios, por la democracia y su respetabilidad en lo que se ha llamado incluso ¡golpe de Estado! 

A veces no sé si tal nivel de imbecilidad puede existir sin ser ficticio. ¿De verdad nos están gobernando tales ignorantes que no se enteran de nada o es que no quieren enterarse? Sea como fuere, yo me empiezo a cansar ya de la señorita Angela y su unión europea, su prepotencia y su control ya no solo sobre la economía (por si esto era poco, desde luego), sino ahora hasta sobre cuánto se está respetando la democracia en tal o cuál país. ¿Y si no se respeta, qué? ¿Y acaso, hasta ahora, se ha respetado? ¿Se está respetando en Grecia, en Portugal, en Irlanda, en España? ¿No supone una falta de democracia no llegar a fin de mes, no encontrar trabajo, los suicidios, estar bajo el yugo alemán? 

Eso no es falta de democracia. Quitar a un presidente corrupto sí. Quitarlo mediante referéndum, parece que también. Pues por la ley del 50+1, si no hay más del 50% de la población rumana que haya votado hoy en el referéndum, lo que hayan dicho el 46, 47.. 50%, ocho, nueve millones de personas, no cuenta. Se limpiarán el culo con nuestro voto y Băsescu volverá a la presidencia. Eso es democracia. Pero que ese mismo señor y sus secuaces estén en campaña electoral diciendo que la gente no fuera a votar no es falta de democracia. 

Y es que resulta que los votos están ahí-ahí. Dícese que la población que ha ejercido su voto supera el 52%.  Dícese que no llega ni al 46%. Dícese muchas cosas. En la prensa española, solo payasadas, mamarrachadas, aberraciones. En la rumana, más de lo mismo. Sólo hay un canal de televisión que se salva, Antena 3. La única que no es pagada por Băsescu y a la que éste aborrece hasta límites insospechables. A veces veo el escándalo y los insultos que el presidente suspendido y su partido hace a tal televisión y sus presentadores y no doy crédito a que sea la vida real lo que ven mis ojos. Amenazas de muerte, a los mismos y a sus familias, llamadas telefónicas por la noche, 'accidentes'... ¿Diplomacía? ¿Jefe de Estado? ¿Vergüenza, respeto? ¿Qué es eso?

Bien, pues sucede que si el número de votos no pasa del 50+1, el referéndum no es válido. Y entonces, me pregunto yo, ¿qué? 

Que haya quien no haya votado o que haya votado en contra es, bueno, el indicador de enfermedad moral y mental que hay en el país. Es el mar de ignorancia en la que nada la masa, esa gran masa de... idiotas. No me merecen más respeto, ¿la inmoralidad? ¡Eso es inmoralidad, señores! Dejar que te pisen, que te meen encima y además agradecerlo. 

Que haya quien, aún teniendo hasta las 23h para votar, haya esperado para ir hasta las 22.40h, haciendo colas enormes y corriendo el riesgo de no poder votar, mientras que hasta las 17h había ido apenas el 25% de la gente, me parece de una subnormalidad profunda. Pero bueno, al menos han ido. 

Pero que el señor en cuestión, aún y con ocho o nueve millones de personas en su contra, vaya y decida volver a su cargo... Eso, sólo se merece una revolución. Y que Merkel y compañía se atrevan a decir algo. Que la revolución puede estallar en más sitios (y en España ya tarda).


No sé qué pasará mañana. Tampoco sé que ha pasado en las dos últimas horas que he estado escribiendo esto, y ahora que he querido entrar en la web de Antena 3 (la rumana), me encuentro con que da error. En fin, esto también es democracia. ¡Pues que la disfruten!


PD. Mientras Proverbia me envía la frase de hoy: Nadie puede aterrorizar a toda una nación, a menos que todos nosotros seamos sus cómplices. E. R. Murrow

viernes, julio 27

Mamandurrias

Ese empeño continuo en ser menos de quien se podría llegar a ser. Hace falta esfuerzo también para ser mediocre, y no precisamente poco. Quizá la diferencia entre la mediocridad y la genialidad tan solo radique en qué concentramos la atención - y la maña. Y ni siquiera hace falta ir tan lejos como para hablar de genialidades, basta con ver un poco de personalidad.

No conocen la creatividad, lo único que saben hacer es estudiar. Y bien orgullosos que están de ello - tanto como para que les vaya la vida en ello. Estudio (grandes palabras, las de 'carrera con futuro'), trabajo (hablemos de cantidades, en todos sus sentidos), familia (pareja, crisis, boda, crisis, niños, peleas, infelicidad entre alguna y otra infidelidad tácita, miedo, inseguridad, etc), orden que no pudo inventar sino alguien que se odiaba a sí mismo. O a la soledad, que viene a ser lo mismo.

Esa poca prisa por vivir, como si la vida durara siempre, y lo que es peor, fuera la juventud eterna. Pues qué tendrá luego que decir la experiencia frente a la belleza y el vigor del cuerpo joven. Que hablen sobre la justicia de semejante competición. Y si al menos fuera la experiencia tal y no solo una máscara de madurez que lleva detrás deseos, sueños y latidos que a base de represiones y odios se han olvidado de que alguna vez existieron.

La superioridad, por otro lado, del mismo rebaño que a unísono piensa cuán bien está haciendo lo que tiene que hacer, mientras tú, solo tú, eres quien no se entera de nada y te obcecas en ser... ¿qué? ¿qué tanto quieres transigir nada? Si todo está muy bien como está, como tiene que ser, vaya. Y si no, ya cambiará, ¿pero por qué tendrías que participar tú en ello?

Caminando siempre sobre seguro, sin que cuente que un riesgo tomado a tiempo puede marcar la diferencia entre empezar a vivir o seguir tan muerto como se nació. (Ahora que caigo: muchos padres dejan que sus pequeños - sus preciosos pequeños - berreen hasta casi el desmayo. Así aprenderán que no por una rabieta se les va a atender. Llevad eso a las manifestaciones de nuestros días. ¿Tan descabellada es la similitud?) No, volviendo, ir más allá de lo establecido, de lo regulado, de la norma, el deber, de lo que se espera de ellos, está fuera del lecho de Procusto donde se moldean a diario frente a la televisión. 

Son aquellos que después de leer un libro - porque algunos incluso leen -, lo acabarán usando como soporte para esa mesa que cojea. Y en eso se resume su vida entera.

Son, en fin, los otros... no los ni-nis, no los que nunca han pisado biblioteca o las niñas embarazadas a los dieciséis -quince, catorce, trece... -, los que matan, violan, roban -¿exagero al haberlos juntado a todos al mismo saco? -, los que han tirado su vida a la basura de forma más o menos consciente; los que vienen de familias 'conflictivas', de grupos minoritarios más o menos desfavorecidos, lo que a veces les sirve de explicación, otras de excusa...

No. 

Están mucho más cerca. Son nuestros amigos, familiares, conocidos. Ni se han metido en drogas, han mantenido siempre relaciones con control - incluso en el amor, el enamorarse... -, son niños ejemplares, nunca rechistan a sus padres que los llaman siempre que se van de fiesta para preguntarles si están bien,  buenos estudiantes, alabados por los profesores, con alguna matrícula de honor y todo. Joder, no son los que aprueban una de cinco, sino los que sacan dieces y viven con ansiedad la llegada de la nota pensando que no han aprobado. No hay maldades, si acaso alguna pequeña hipocresía - la de su vida entera -, nada que reprocharles. Esos mismos que pasan de todo lo que no sea su camino recto: los que no han pisado una manifestación, aunque solo sea por curiosidad, porque tenían exámenes, deberes, cosas serias, ¡¡serias!! que hacer. Los que ven, si ven, que el mundo anda mal, pero no les afecta. Como si no fuera con ellos. Ya lo arreglarán. Alguien. 

Esa gente no concibe saltarse una norma porque sí. Porque les apetezca pelársela a dos manos o escaparse unos días a algún lugar lejano de todo, de todos. Solo por el hecho de que también pueden hacerlo. No saben aprender nada que no sea lo que tienen que aprender.

Ellos no han perdido la fe, porque nunca la han tenido. 

Ni en Dios, ni en la política, en el amor, la amistad, ni en nada. En absolutamente nada. 

Y duele. Duele verlos, abrasa las entrañas, escuece el alma en el que ellos no creen y tú quizá lo haces tan solo por llevarles la contraria, por despertar en ellos una mínima duda o una disputa. Ah, pero despertad, te dices, vivid un poquito, maldita sea. Duele, porque los quieres. Aunque empieces a odiar, poco a poco, de forma imperceptible, lo escaso que estiman su vida. 


- Si Dios existiera, se suicidaría. Tal vez lo haya hecho ya. Qué sé yo, a mí me daría vergüenza ser Él.

sábado, julio 21

Juegos de niños

Me preguntan cómo sé tanto de la vida:
es que la vida la inventé yo.


Somos los niños que crecimos en la calle, nuestra primera posesión,
y nuestra más honesta libertad;
en este único universo que conocíamos,
inventamos la ley, conocimos de primera mano el poder.
Fuimos crueles, despiadados, nos permitimos hacernos tanto daño
y también tanto bien,
malditos niños depravados,
el orgullo de nuestros padres que no nos conocían,
todo el día trabajando, ¿pobres infelices?
La autoridad si acaso eran las abuelas,
tras cuyas faldas corríamos con lágrimas de cocodrilo,
y mientras éstas empezaban a pelearse entre ellas:
¡mira lo que le ha hecho tu nieto al mío!;
¡anda que tu nieta tampoco es un angelito!, etc,
los mismos sujetos de la discusión
volvíamos a la carga en nuestros juegos diarios:
el escondite, el pilla-pilla,
con el pie empujábamos la piedra directa al Cielo,
ahí comprendimos que existía: en este mismo mundo;
ese otro juego a los médicos y enfermeras,
cuando gustábamos de cualquier toque,
fuera este de la mano de un niño o de una niña,
un placer atávico pedía que nos tocaran las tetillas,
que no teníamos,
luego ya aprenderíamos que la atracción venía definida con cada sexo.
La felicidad estaba en el lado más acá del dinero,
aunque este contribuyera a mejorarla un poquito:
a nadie amarga un dulce, ni mucho menos un helado en pleno verano.
Y si a alguno le faltaba, inventamos también el concepto de compartir,
o en su defecto, saquear los bolsillos del abuelo: 
es que ellos no tienen.
Y esa era la justicia;
la amistad, el goce, el amor, el odio,
todo lo definimos en esos primeros años de vida,
más tarde solo aprendimos a reprimirnos. A desfigurarnos.

Alienación, estupidez, números, eso nos enseñaba el colegio.

Después vino el después.
Nos hicimos grandes.
Los abandoné.
No sé qué fue de ellos,
quizá yazcan al borde de una carretera
de manos de juegos más divertidos:
alcohol, drogas, accidentes de tráfico.

Pienso ahora en mis hijos,
en el mundo que les voy a regalar.
Su calle, un ordenador,
los amigos, marionetas que pican teclas a millones de bits distancia,
los juegos, los de rol, los de la mentira y la falsa identidad,
su sexualidad, la última moda que dicten las redes sociales.
No conocerán el odio, o quizá solo conocerán el odio,
el ostracismo, las ganas de matar a sus padres,
la maldad, ¿qué será? ¿ser un matón 2.0 beta?
¿Sabrán de la felicidad?
¿O la confundirán con una noche de sexo sin siquiera un orgasmo?
El poder hace tiempo que estará en manos de gentes que desconocen,
dictando leyes para ayudar en su educación:
currículum para aprender que no tienen el poder.
Ni libertad, más que la supuesta,
Ni amistad más allá del interés,
Ni tiempo libre que perder siendo feliz.

Por eso, durante el hermoso acto de la procreación
no tengo dudas;
si acaso:
entre ayudarle a ponerse el condón
o tragarme, literalmente, sus hijos.

miércoles, julio 18

crónica absurda


26/06 - Prólogo a la nada

Quizá sea hora de empezar a escribir. Uno lee y lee y nunca se atreve a dar el paso más allá, hay tantos libros y una sola vida, quién puede pensar en escribir con semejante desafío.
Pero los dedos aclaman, piden vida propia, quieren decidirse sobre el papel. Protagonistas de historias rotas, cuentos de brujas, que no de hadas, de hazañas fracasadas de héroes cobardes o quizá con un toque de más de mala fortuna, eso es lo que los dedos quieren describir. De tantos finales felices, las perdices están en camino de desaparición, hay que cambiar de presa o dejar de creer en tales finales. Hay un mundo, otro mundo más cercano que el de los cuentos de hadas, donde el sufrimiento es la base, el desamor lleva la corona y la crueldad es el arma. El mundo que nos rodea a diario, el mundo de nuestros padres, hermanos, amigos, enemigos, y toda esa patraña de conocidos y parientes lejanos que en las redes sociales se agrupan todos bajo la misma categoría de amistad. Sí, ese mundo que nos toca, que nos acaricia y araña el alma instante a instante desde el momento que inventamos una sociedad, y que ahora obedece a un único Dios que cada uno llama a su gusto, pero cuyo nombre no es sino Dinero, y la felicidad y la familia y la vocación, todo se entiende bajo su único código... moral. Código degradado, estúpido, hipócrita y ante todo, inmoral. En ese mundo sobra el principio tan aventurado del ‘había una vez’ cambiándose por noticias que asaltan minuto a minuto provenientes de todo el globo, de tanta masa anónima que la mayoría de las veces no hace más que dar su opinión mediocre sobre el asunto a tratar, y así es como comienzan las historias de este mundo, amanecer tras amanecer... manos a la obra, pues. Bienvenidos a la gran farsa, el teatro de lo estúpido y absurdo, la broma macabra, la parodia de la humanidad, sea lo que fuere que ese nombre signifique ya a día de hoy.



29/06 - Desespero

Tantos años. Tantos años y qué está siendo de mí. ¿Qué rumbo está tomando mi vida? ¿A dónde, dónde, dónde se supone que voy? Tantos años... quién lo diría. ¿Cuándo he llegado aquí? Últimamente no me entero de cuándo pasa el tiempo y poco a poco están pasando años enteros. Tantos años... y sin rumbo. No sé qué me espera. No me sirve la estabilidad que da la continuación de unos estudios, una casa, que no hogar, donde dormir y comer. No me sirve la estabilidad de la familia, la de los amigos, ni siquiera la de quienes nos odian. Lo intentamos, lo sé, una y otra vez, crear esa estabilidad, esa seguridad, algo sobre lo que poner los pies y tener la certeza de que no temblará bajo ellos. Pero no existe tal firmeza en el suelo.
Ni siquiera es que piense en el futuro que me espera dentro de unos años, cuando ya los estudios habrán terminado y me toque verme frente al vacío laboral, frente a la etiqueta de juventud sin futuro, sin nada. No es eso lo que me aterra.
Lo que me atemora está mucho más cerca y cala más hondo, no es la inestabilidad que está por llegar, sino la que ya existe. La que convive a diario conmigo. La de no saber siquiera qué sucederá mañana. Es ese sentimiento nuevamente de saber que algo falla, que algo está por llegar, o la necesidad de que llegue para salvarnos. Pero el qué, la gran incertidumbre, la que me impide hacer mejor otra cosa que esperar. Esperar, esperar, esperar. Así me siento. Como esperando algo. Qué sé yo qué. Pero en espera.
Y por supuesto que uno siempre tiene una mínima idea de aquello que espera, pero mi duda es si no estoy mirando hacia el lado del horizonte incorrecto. Que una cosa es aguardar que llegue algo y otra muy distinta que sea algo que deseamos. Y que puede no llegar nunca.
Pero es que ni tan siquiera sé si realmente estoy deseando algo. Hay cosas que no me atrevo a desear. Tengo mucho miedo de desearlas. De dejarme llevar por un deseo que puede acabar con mi estabilidad. Y será que en el fondo la locura me da tanto miedo como me atrae. Pero no la quiero. No quiero pensar en que estoy esperando a alguien. ... No sé si no estoy haciendo más que negar lo evidente porque no me atrevo a reconocer una verdad que considero una derrota.



26/06 - Decíamos...

Tengo miedo. ¿No queríais sinceridad? Pues ahí la tenéis: tengo un miedo atroz. Eso es lo único que compartimos incondicionalmente todos, ese feroz y culpable por maldito y maldito por culpable terror en lo más profundo de nuestro ser.



Hoy

Hoy no se me ocurre qué decir. No recuerdo esa tormenta. No recuerdo nada.


sábado, julio 14

De la modernidad

"Me gustaría leer una novela donde los hombres no tengan opiniones. Creo que esto sería la mayor autenticidad permitida a la creación literaria: personajes que no tienen opiniones personales - sino que las toman prestadas, las argumentan, las critican, según las circunstancias. Observad bien un hombre moderno: para él las circunstancias cuentan. En un cierto día, en una cierta hora, en una cierta coyuntura, mantiene algo, lo cree, lo aprueba y lo promueve. En otras circunstancias cree y sostiene, si no lo contrario, al menos algo diferente, al lado de lo defendido en otro tiempo.
Los hombres modernos no tienen opiniones; toman prestadas distintas opiniones o creencias, según las circunstancias. He seguido de cerca unos cuantos de mis contemporáneos; he comprobado esta continua adaptación a las circunstancias. No las verdades, ni las opiniones eran las que contaban en una discusión; sino la tensión anímica, la coyuntura 'histórica' (si se me perdona la expresión). Los hombres hablan las más de las veces no para expresar ciertas opiniones o para colaborar en la aclaración de una verdad, sino que hablan para expresar la circunstancia del 'suceso' anímico de entonces, sus líneas de fuerza de entonces.
Se dice: los hombres cambian. Es una exageración. No cambian - porque no son nunca. De las decenas de circunstancias por las que pasan - y en las cuales hablan, alrededor de las cuales piensan - son unas determinadas las que se repiten, o son más poderosas, más acentuadas. Evidentemente, de estas circunstancias que se repiten, los hombres construyen cierto esqueleto teórico, un 'sistema' embrionario. El cual abandonan fácilmente, es evidente; y entonces se dice que han cambiado sus ideas, que (ellos mismos) "han cambiado"...
Lo que me extraña es el hecho de no haber encontrado, todavía, en la literatura, esta autenticidad humana. No he leído, aún, una novela en la cual un personaje afirme, un día cierta cosa, y el segundo día otra cosa; tal como sucede en la vida. En las novelas los hombres son tremendamente consecuentes en lo que respecta sus opiniones. Proust y los que han llegado después de él han ilustrado admirablemente la inconsecuencia, la pluralidad, la ambigüedad de todos los sentimientos, de los orgullos y los ensueños humanos; pero ninguno, según lo que sé, no ha realizado esta gran autenticidad, escribiendo una novela en la cual se vean los hombres tal como son también desde el punto de vista 'racional'; los hombres, esto es, sin opiniones, sino solo con reacciones personales ante las circunstancias."

Mircea Eliade, "Fragmente", en "Oceanografie" 1935

Nota 1. Traducción propia y por tanto, bastante libre. Os tendréis que fiar de mí.
Nota 2. Qué jodido es esto de traducir e intentar que quede mínimamente entendible, pues claro, hay que añadir el factor interpretación.
Nota 3. Me ha encantado esa visión del hombre moderno y sus firmes creencias.

jueves, julio 12

El tiempo corre

La costumbre es echar la vista atrás cuando se acerca el fin de año. Para quienes se paran a esos menesteres, claro. Hacer recuento, analizar, nuevos propósitos, ilusiones, sueños, arrepentimientos. Para que todo acabe olvidado con la llegada de cada 1 de enero en mitad de una cogorza.

Para mí es ahora, en pleno verano, cuando más razón de ser tendría esa reflexión. Si bien es cierto que precisamente con la llegada del fin de año fue cuando toda la estructura base (exagero, aunque exagero menos de lo que debería) de mi 'yo' (dejo a cada uno que dé significado a ese concepto) ha cambiado (ha transmutado, [se] ha jodido, [se] ha renovado), es ahora, siete meses que llevamos ya de año, que yo pienso en echar la vista atrás.

En aquel raro diciembre envié todo lo que más me importaba (o eso creía/creo [¿sí? ¿lo creo? vaya]) a tomar por culo. Luego me arrepentí, por supuesto, pero ya era tarde. Uno no puede jugar con la pieza de dominó, ahora que la empujo un poquito, ahora que la hago temblar, ahora que ¡mierda, ha caído! y se ha llevado a todas las demás detrás y pretender luego ¿qué? ¿Remontar todas las piezas? Ja.

Y hecho lo más grave, también decidí resolver ciertos asuntos pendientes del mundo del Internet. Me llena de gozo buscar mi nombre en google y ver que no aparece nada. Las redes sociales tan solo facilitan el contacto superficial entre conocidos de desconocidos. El correo sirve perfectamente para mantener el contacto con la gente que realmente te importa/interesa/aprecias/quieres/admiras/etc. Aunque estén a no sé cuántos océanos de distancia. ¿Y el chat? Bueno, yo es que nunca lo he usado en las redes sociales. Sigo con mi msn, aunque nadie se conecte ya nunca.

Pero no quería hablar de Redes sociales: ¿sí/no?, ¿por qué?, aunque sí quería soltarlo y meterlo a presión por algún lado (¿?), pero ya puestos a mezclar temas que ya se han alejado del motivo principal (no sé muy bien cuál es), diré que también tenía un blog. Que también cerré ese último mes del año, y cuya dirección de vez en cuando escribo y blogger ya me dice que la puedo registrar. Acabé con él porque 'demasiada' gente me leía. No se me malinterprete: demasiada gente de mi día a día, más conocidos que amigos y más cotillas que otra cosa. Aunque ahora que lo pienso, eso es una gilipollez. No lo quité por eso, fueron otros muchos más motivos.

Había guardado una copia... por si la melancolía. Pero la relación de amor/odio entre mi ordenador y yo y sus rabietas de tirar la ropa por el balcón acabaron fundiendo el disco duro llevando al limbo años de fotos y de escritos y mi querido blog y... tantas cosas. Porque todavía no aprendo a hacer copias de seguridad. 
Añado: unos pocos restos de aquellos tiempos, quedan todavía en la sección llamada Pretérito (im)perfecto.

En cuanto a Internet, creo que esos fueron los cambios principales. Luego abrí este blog, cuya existencia desconocen el noventa por ciento de quienes me rodean a diario. 

Fuera de Internet, los cambios fueron jodidamente mayores y más acelerados. Puedo meter la mano en el fuego porque no sé cuándo cojones ha pasado tanto tiempo, cuando aún me parece que fuera ayer cuando... Y cuando, aún a pesar de tantos cambios, hay momentos en los que parece que todo sigue igual (esos momentos son desesperantes [desesperante en sentido de: ¿pero tú eres gilipollas? espabila, joder] cuando te das cuenta de que la misma idea vuelve cada mes, y cada vez suman más).

También el mundo ha hecho su cambio. A peor; bueno, eso, especialmente este país. Supongo que saldremos de esta también, algún día lejano, con sus consecuencias terribles y demás. Consecuencias que ya palpamos. Pero ahora no me apetece hablar del mundo, con las noticias (las que informan y las que no) tengo suficiente.

Ahora mismo me siento en medio de la nada. No sé si realmente lo estoy (no, no lo estoy exactamente). Lo que sé es que dentro de un año habrá habido muchos (más) cambios en mi estructura base. Y si no, espero como mínimo, hablar inglés decentemente.

Pero ah, disfrutemos del verano. ¡Buen verano, señoras, señoritas, señores y señoritos! Por si no se habían dado cuenta, ¡ya estamos en julio, a día 12! Y el tiempo corre.

martes, julio 10

Prueba

Hagamos una prueba. Tienes la hoja en blanco, el destinatario y tus dedos preparados. Tienes tiempo, también, cosa de la que no muchos pueden alardear. Tienes una oportunidad. No dos ni tres ni veinte mil. Una. Piensas. Te das el lujo de pensar. Puedes escribir lo que te venga en gana en ese espacio inmaculado, pero con la condición de que contará cada palabra, cada frase, cada signo de menos o de más reflejará el terror, la inseguridad, o la calma y un mínimo de salud mental - términos ambiguos donde los haya. No has empezado todavía y piensas en ponerte alguna canción de fondo. Que quizá te ayude. Quizá te dé la clave. Sabes de antemano que sólo estás haciendo tiempo, sabes que sabes algunas cosas que podrían servirte de ayuda en esto, pero decides olvidarte de todo eso y bueno, hacer algo así como dejarse llevar. Ya has cambiado más de diez tipos de música distintos y no han pasado ni cinco minutos. Por un momento se te ha encendido una lucecita sobre cómo empezar. Te has enganchado con el principio y has conseguido unos tres párrafos... basura. Tachas, borras, a la mierda con todo. Cuanto más lo intentas, menos claro lo ves. ¿Era la prueba, no? Pues he ahí los resultados: no es el momento. No ahora. Quizá nunca. Pero desde luego, no ahora. Y por supuesto que cuanto más corra el tiempo, más tarde será - ¿podría ser de otra manera?. Pero es que ya es bastante tarde, ¿no ves que es la luna quien te alumbra desde hace unas buenas horas ya? Tu problema es que tampoco sabes qué quieres. No es suficiente con saber que quieres escribir. Hace falta tener algo que decir. Y un propósito. ¿Solo escribir por escribir? ¿Y luego qué? Ah, y luego qué...


viernes, julio 6

¿Y bien?

Si sabes que lo que quieres hacer es una locura [1) gran desacierto, 2) acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa, 3) exaltación del ánimo, 4) demencia], si sabes que tomar esa decisión puede suponer uno de los peores arrepentimientos que vayas a sentir a lo largo de tu vida, si sabes que no debes (por física y por lógica), que solo el pensarlo hace que tu estómago se revuelva y tu vista se nuble, que te entre nosequé en el pecho que crees que te acabará estallando...
Pero si al mismo tiempo sabes que tampoco encontrarás la tranquilidad hasta que lo hagas, que sí, que el tiempo puede silenciar todo atisbo de deseo, pero no sabes cuánto puede ser eso de 'más tarde o más temprano', si necesitas hacerlo, dar el paso, si sientes dentro que la voz no callará hasta que le hagas caso, y cada vez está aumentando más el volumen, y cada vez tiene más cosas que decir...
Si sabes que esto puede cambiar tu vida y también deshacértela en veinte mil pedazos, para siempre o por un tiempo que intuyes jodidamente largo, si es el único tema que te hace temblar de pies a cabeza y sientes cómo tus dedos vacilan solo con picar teclas (también es miedo, tanto miedo que podría hacerte mojar los pantalones)...
Si la razón definitivamente te dice que NO, pues ha tomado en consideración los pros y contras y todavía no tiene muy claro si hay de lo primero y de lo segundo hay demasiado (sabiendo, además, que no has sabido ver más que el 5 o 10% de lo malo), y la idea sólo prende en mitad de la noche, no atreviéndose a salir de día, pero cada vez ilumina más, y la cosaquelate no se decide por haber metido demasiadas veces la pata, pero... y ya hay un pero...
¿Lo harías?

¿Cómo estás?

Dicen que has cambiado. Que eres una persona totalmente diferente a quien eras, pongamos, medio año atrás. Irreconocible.
Dicen que no nombras nunca el pasado, que ya ni te acuerdas, que ahora solo vives por y para el presente. Y soñando todo lo bueno que el futuro te traerá. Incluso hay quien, con aparente inocencia y buena fe, te felicita por lo rápido que has retomado el camino. Así se hace, dice, las piedras son solo piedras, la sangre en la rodilla no es nada, una rozadura de nada, no te dará tiempo ni a verla cicatrizar. Aunque en voz baja, y de nuevo con presunta candidez, añade: Pensaba que la herida era mayor; donde tú entiendes que por lo visto no has sufrido demasiado.
Claro, es que se te ve muy bien, dicen, mejor que nunca. Jovial, alegre, el alma de las fiestas. ¿Ah, pero que se había caído? Ni cuenta nos habíamos dado.
Si hicieras la cuenta de todas esas opiniones, te saldría a devolver tanta felicidad que te rodea.
No se les olvida añadir que no te arrepientes de nada. Que atrás se han quedado lastres como la seriedad (la rectitud), la corrección (la buena compostura), la sensiblería (romanticismo barato), la monogamia (la fidelidad, entienden ellos), el amor (dependencia, dolor, estupidez). Qué envidia, rebuznan, tanta libertad, independencia. Quién pudiera.

Pero nadie pregunta.
Nadie ha hecho ni un solo gesto que diera a pensar que lo siguiente que iba a pronunciar es un ¿Cómo estás?. Solo eso. Nadie.

Mientras tú, bueno, tú nada. Te dedicas a jugar con las maldiciones al tiempo que los observas. A ellos, al mundo, a ti. Alguien nos maldijo. Maldijo la polis, gobernada por idiotas regidos por el dios monetario. La ética no tardó en desaparecer (como todas las farsas), y la hipocresía ya no pudo esconderse en las cuestiones personales. Un caos. Qué despropósito, sueltas en medio de una carcajada. 

Y ahora eres tú quien dices, o maldices, esos maravillosos y antiguos anhelos chinos:


Ojalá te toque vivir tiempos interesantes.

Ojalá llames la atención a las autoridades.

Ojalá consigas lo que estés buscando.