viernes, julio 27, 2012

Mamandurrias

Ese empeño continuo en ser menos de quien se podría llegar a ser. Hace falta esfuerzo también para ser mediocre, y no precisamente poco. Quizá la diferencia entre la mediocridad y la genialidad tan solo radique en qué concentramos la atención - y la maña. Y ni siquiera hace falta ir tan lejos como para hablar de genialidades, basta con ver un poco de personalidad.

No conocen la creatividad, lo único que saben hacer es estudiar. Y bien orgullosos que están de ello - tanto como para que les vaya la vida en ello. Estudio (grandes palabras, las de 'carrera con futuro'), trabajo (hablemos de cantidades, en todos sus sentidos), familia (pareja, crisis, boda, crisis, niños, peleas, infelicidad entre alguna y otra infidelidad tácita, miedo, inseguridad, etc), orden que no pudo inventar sino alguien que se odiaba a sí mismo. O a la soledad, que viene a ser lo mismo.

Esa poca prisa por vivir, como si la vida durara siempre, y lo que es peor, fuera la juventud eterna. Pues qué tendrá luego que decir la experiencia frente a la belleza y el vigor del cuerpo joven. Que hablen sobre la justicia de semejante competición. Y si al menos fuera la experiencia tal y no solo una máscara de madurez que lleva detrás deseos, sueños y latidos que a base de represiones y odios se han olvidado de que alguna vez existieron.

La superioridad, por otro lado, del mismo rebaño que a unísono piensa cuán bien está haciendo lo que tiene que hacer, mientras tú, solo tú, eres quien no se entera de nada y te obcecas en ser... ¿qué? ¿qué tanto quieres transigir nada? Si todo está muy bien como está, como tiene que ser, vaya. Y si no, ya cambiará, ¿pero por qué tendrías que participar tú en ello?

Caminando siempre sobre seguro, sin que cuente que un riesgo tomado a tiempo puede marcar la diferencia entre empezar a vivir o seguir tan muerto como se nació. (Ahora que caigo: muchos padres dejan que sus pequeños - sus preciosos pequeños - berreen hasta casi el desmayo. Así aprenderán que no por una rabieta se les va a atender. Llevad eso a las manifestaciones de nuestros días. ¿Tan descabellada es la similitud?) No, volviendo, ir más allá de lo establecido, de lo regulado, de la norma, el deber, de lo que se espera de ellos, está fuera del lecho de Procusto donde se moldean a diario frente a la televisión. 

Son aquellos que después de leer un libro - porque algunos incluso leen -, lo acabarán usando como soporte para esa mesa que cojea. Y en eso se resume su vida entera.

Son, en fin, los otros... no los ni-nis, no los que nunca han pisado biblioteca o las niñas embarazadas a los dieciséis -quince, catorce, trece... -, los que matan, violan, roban -¿exagero al haberlos juntado a todos al mismo saco? -, los que han tirado su vida a la basura de forma más o menos consciente; los que vienen de familias 'conflictivas', de grupos minoritarios más o menos desfavorecidos, lo que a veces les sirve de explicación, otras de excusa...

No. 

Están mucho más cerca. Son nuestros amigos, familiares, conocidos. Ni se han metido en drogas, han mantenido siempre relaciones con control - incluso en el amor, el enamorarse... -, son niños ejemplares, nunca rechistan a sus padres que los llaman siempre que se van de fiesta para preguntarles si están bien,  buenos estudiantes, alabados por los profesores, con alguna matrícula de honor y todo. Joder, no son los que aprueban una de cinco, sino los que sacan dieces y viven con ansiedad la llegada de la nota pensando que no han aprobado. No hay maldades, si acaso alguna pequeña hipocresía - la de su vida entera -, nada que reprocharles. Esos mismos que pasan de todo lo que no sea su camino recto: los que no han pisado una manifestación, aunque solo sea por curiosidad, porque tenían exámenes, deberes, cosas serias, ¡¡serias!! que hacer. Los que ven, si ven, que el mundo anda mal, pero no les afecta. Como si no fuera con ellos. Ya lo arreglarán. Alguien. 

Esa gente no concibe saltarse una norma porque sí. Porque les apetezca pelársela a dos manos o escaparse unos días a algún lugar lejano de todo, de todos. Solo por el hecho de que también pueden hacerlo. No saben aprender nada que no sea lo que tienen que aprender.

Ellos no han perdido la fe, porque nunca la han tenido. 

Ni en Dios, ni en la política, en el amor, la amistad, ni en nada. En absolutamente nada. 

Y duele. Duele verlos, abrasa las entrañas, escuece el alma en el que ellos no creen y tú quizá lo haces tan solo por llevarles la contraria, por despertar en ellos una mínima duda o una disputa. Ah, pero despertad, te dices, vivid un poquito, maldita sea. Duele, porque los quieres. Aunque empieces a odiar, poco a poco, de forma imperceptible, lo escaso que estiman su vida. 


- Si Dios existiera, se suicidaría. Tal vez lo haya hecho ya. Qué sé yo, a mí me daría vergüenza ser Él.

sábado, julio 21, 2012

Juegos de niños

Me preguntan cómo sé tanto de la vida:
es que la vida la inventé yo.


Somos los niños que crecimos en la calle, nuestra primera posesión,
y nuestra más honesta libertad;
en este único universo que conocíamos,
inventamos la ley, conocimos de primera mano el poder.
Fuimos crueles, despiadados, nos permitimos hacernos tanto daño
y también tanto bien,
malditos niños depravados,
el orgullo de nuestros padres que no nos conocían,
todo el día trabajando, ¿pobres infelices?
La autoridad si acaso eran las abuelas,
tras cuyas faldas corríamos con lágrimas de cocodrilo,
y mientras éstas empezaban a pelearse entre ellas:
¡mira lo que le ha hecho tu nieto al mío!;
¡anda que tu nieta tampoco es un angelito!, etc,
los mismos sujetos de la discusión
volvíamos a la carga en nuestros juegos diarios:
el escondite, el pilla-pilla,
con el pie empujábamos la piedra directa al Cielo,
ahí comprendimos que existía: en este mismo mundo;
ese otro juego a los médicos y enfermeras,
cuando gustábamos de cualquier toque,
fuera este de la mano de un niño o de una niña,
un placer atávico pedía que nos tocaran las tetillas,
que no teníamos,
luego ya aprenderíamos que la atracción venía definida con cada sexo.
La felicidad estaba en el lado más acá del dinero,
aunque este contribuyera a mejorarla un poquito:
a nadie amarga un dulce, ni mucho menos un helado en pleno verano.
Y si a alguno le faltaba, inventamos también el concepto de compartir,
o en su defecto, saquear los bolsillos del abuelo: 
es que ellos no tienen.
Y esa era la justicia;
la amistad, el goce, el amor, el odio,
todo lo definimos en esos primeros años de vida,
más tarde solo aprendimos a reprimirnos. A desfigurarnos.

Alienación, estupidez, números, eso nos enseñaba el colegio.

Después vino el después.
Nos hicimos grandes.
Los abandoné.
No sé qué fue de ellos,
quizá yazcan al borde de una carretera
de manos de juegos más divertidos:
alcohol, drogas, accidentes de tráfico.

Pienso ahora en mis hijos,
en el mundo que les voy a regalar.
Su calle, un ordenador,
los amigos, marionetas que pican teclas a millones de bits distancia,
los juegos, los de rol, los de la mentira y la falsa identidad,
su sexualidad, la última moda que dicten las redes sociales.
No conocerán el odio, o quizá solo conocerán el odio,
el ostracismo, las ganas de matar a sus padres,
la maldad, ¿qué será? ¿ser un matón 2.0 beta?
¿Sabrán de la felicidad?
¿O la confundirán con una noche de sexo sin siquiera un orgasmo?
El poder hace tiempo que estará en manos de gentes que desconocen,
dictando leyes para ayudar en su educación:
currículum para aprender que no tienen el poder.
Ni libertad, más que la supuesta,
Ni amistad más allá del interés,
Ni tiempo libre que perder siendo feliz.

Por eso, durante el hermoso acto de la procreación
no tengo dudas;
si acaso:
entre ayudarle a ponerse el condón
o tragarme, literalmente, sus hijos.

sábado, julio 14, 2012

De la modernidad

"Me gustaría leer una novela donde la gente no tenga opiniones. Creo que esto sería la mayor autenticidad permitida a la creación literaria: personajes que no tienen opiniones personales - sino que las toman prestadas, las argumentan, las critican, según las circunstancias. Observad bien una persona moderna: para ella las circunstancias cuentan. En un cierto día, en una cierta hora, en una cierta coyuntura, mantiene algo, lo cree, lo aprueba y lo promueve. En otras circunstancias cree y sostiene, si no lo contrario, al menos algo diferente, al lado de lo defendido en otro tiempo.
La gente moderna no tiene opiniones; toman prestadas distintas opiniones o creencias, según las circunstancias. He seguido de cerca unes cuantes de mis contemporánees; he comprobado esta continua adaptación a las circunstancias. No las verdades, ni las opiniones eran las que contaban en una discusión; sino la tensión anímica, la coyuntura 'histórica' (si se me perdona la expresión). La gente habla las más de las veces no para expresar ciertas opiniones o para colaborar en la aclaración de una verdad, sino que habla para expresar la circunstancia del 'suceso' anímico de entonces, sus líneas de fuerza de entonces.
Se dice: la gente cambia. Es una exageración. No cambia - porque no llega a ser nunca. De las decenas de circunstancias por las que pasa - y en las cuales habla, alrededor de las cuales piensa - son unas determinadas las que se repiten, o son más poderosas, más acentuadas. Evidentemente, de estas circunstancias que se repiten, la gente construye cierto esqueleto teórico, un 'sistema' embrionario. El cual abandona fácilmente, es evidente; y entonces se dice que ha cambiado sus ideas, que (elles mismes) "han cambiado"...
Lo que me extraña es el hecho de no haber encontrado, todavía, en la literatura, esta autenticidad humana. No he leído, aún, una novela en la cual un personaje afirme, un día cierta cosa, y el segundo día otra cosa; tal como sucede en la vida. En las novelas las personas son tremendamente consecuentes en lo que respecta sus opiniones. Proust y los que han llegado después de él han ilustrado admirablemente la inconsecuencia, la pluralidad, la ambigüedad de todos los sentimientos, de los orgullos y los ensueños humanos; pero nadie, según lo que sé, ha realizado esta gran autenticidad, escribiendo una novela en la cual se vean los seres humanos tal como son también desde el punto de vista 'racional'; la gente, esto es, sin opiniones, sino solo con reacciones personales ante las circunstancias."

Mircea Eliade, "Fragmente", en "Oceanografie" 1935

Nota 1. Traducción propia y por tanto, bastante libre. Os tendréis que fiar de mí.
Nota 2. Me ha encantado esa visión de la persona moderna y sus firmes creencias.