sábado, julio 21

Juegos de niños

Me preguntan cómo sé tanto de la vida:
es que la vida la inventé yo.


Somos los niños que crecimos en la calle, nuestra primera posesión,
y nuestra más honesta libertad;
en este único universo que conocíamos,
inventamos la ley, conocimos de primera mano el poder.
Fuimos crueles, despiadados, nos permitimos hacernos tanto daño
y también tanto bien,
malditos niños depravados,
el orgullo de nuestros padres que no nos conocían,
todo el día trabajando, ¿pobres infelices?
La autoridad si acaso eran las abuelas,
tras cuyas faldas corríamos con lágrimas de cocodrilo,
y mientras éstas empezaban a pelearse entre ellas:
¡mira lo que le ha hecho tu nieto al mío!;
¡anda que tu nieta tampoco es un angelito!, etc,
los mismos sujetos de la discusión
volvíamos a la carga en nuestros juegos diarios:
el escondite, el pilla-pilla,
con el pie empujábamos la piedra directa al Cielo,
ahí comprendimos que existía: en este mismo mundo;
ese otro juego a los médicos y enfermeras,
cuando gustábamos de cualquier toque,
fuera este de la mano de un niño o de una niña,
un placer atávico pedía que nos tocaran las tetillas,
que no teníamos,
luego ya aprenderíamos que la atracción venía definida con cada sexo.
La felicidad estaba en el lado más acá del dinero,
aunque este contribuyera a mejorarla un poquito:
a nadie amarga un dulce, ni mucho menos un helado en pleno verano.
Y si a alguno le faltaba, inventamos también el concepto de compartir,
o en su defecto, saquear los bolsillos del abuelo: 
es que ellos no tienen.
Y esa era la justicia;
la amistad, el goce, el amor, el odio,
todo lo definimos en esos primeros años de vida,
más tarde solo aprendimos a reprimirnos. A desfigurarnos.

Alienación, estupidez, números, eso nos enseñaba el colegio.

Después vino el después.
Nos hicimos grandes.
Los abandoné.
No sé qué fue de ellos,
quizá yazcan al borde de una carretera
de manos de juegos más divertidos:
alcohol, drogas, accidentes de tráfico.

Pienso ahora en mis hijos,
en el mundo que les voy a regalar.
Su calle, un ordenador,
los amigos, marionetas que pican teclas a millones de bits distancia,
los juegos, los de rol, los de la mentira y la falsa identidad,
su sexualidad, la última moda que dicten las redes sociales.
No conocerán el odio, o quizá solo conocerán el odio,
el ostracismo, las ganas de matar a sus padres,
la maldad, ¿qué será? ¿ser un matón 2.0 beta?
¿Sabrán de la felicidad?
¿O la confundirán con una noche de sexo sin siquiera un orgasmo?
El poder hace tiempo que estará en manos de gentes que desconocen,
dictando leyes para ayudar en su educación:
currículum para aprender que no tienen el poder.
Ni libertad, más que la supuesta,
Ni amistad más allá del interés,
Ni tiempo libre que perder siendo feliz.

Por eso, durante el hermoso acto de la procreación
no tengo dudas;
si acaso:
entre ayudarle a ponerse el condón
o tragarme, literalmente, sus hijos.