viernes, julio 27

Mamandurrias

Ese empeño continuo en ser menos de quien se podría llegar a ser. Hace falta esfuerzo también para ser mediocre, y no precisamente poco. Quizá la diferencia entre la mediocridad y la genialidad tan solo radique en qué concentramos la atención - y la maña. Y ni siquiera hace falta ir tan lejos como para hablar de genialidades, basta con ver un poco de personalidad.

No conocen la creatividad, lo único que saben hacer es estudiar. Y bien orgullosos que están de ello - tanto como para que les vaya la vida en ello. Estudio (grandes palabras, las de 'carrera con futuro'), trabajo (hablemos de cantidades, en todos sus sentidos), familia (pareja, crisis, boda, crisis, niños, peleas, infelicidad entre alguna y otra infidelidad tácita, miedo, inseguridad, etc), orden que no pudo inventar sino alguien que se odiaba a sí mismo. O a la soledad, que viene a ser lo mismo.

Esa poca prisa por vivir, como si la vida durara siempre, y lo que es peor, fuera la juventud eterna. Pues qué tendrá luego que decir la experiencia frente a la belleza y el vigor del cuerpo joven. Que hablen sobre la justicia de semejante competición. Y si al menos fuera la experiencia tal y no solo una máscara de madurez que lleva detrás deseos, sueños y latidos que a base de represiones y odios se han olvidado de que alguna vez existieron.

La superioridad, por otro lado, del mismo rebaño que a unísono piensa cuán bien está haciendo lo que tiene que hacer, mientras tú, solo tú, eres quien no se entera de nada y te obcecas en ser... ¿qué? ¿qué tanto quieres transigir nada? Si todo está muy bien como está, como tiene que ser, vaya. Y si no, ya cambiará, ¿pero por qué tendrías que participar tú en ello?

Caminando siempre sobre seguro, sin que cuente que un riesgo tomado a tiempo puede marcar la diferencia entre empezar a vivir o seguir tan muerto como se nació. (Ahora que caigo: muchos padres dejan que sus pequeños - sus preciosos pequeños - berreen hasta casi el desmayo. Así aprenderán que no por una rabieta se les va a atender. Llevad eso a las manifestaciones de nuestros días. ¿Tan descabellada es la similitud?) No, volviendo, ir más allá de lo establecido, de lo regulado, de la norma, el deber, de lo que se espera de ellos, está fuera del lecho de Procusto donde se moldean a diario frente a la televisión. 

Son aquellos que después de leer un libro - porque algunos incluso leen -, lo acabarán usando como soporte para esa mesa que cojea. Y en eso se resume su vida entera.

Son, en fin, los otros... no los ni-nis, no los que nunca han pisado biblioteca o las niñas embarazadas a los dieciséis -quince, catorce, trece... -, los que matan, violan, roban -¿exagero al haberlos juntado a todos al mismo saco? -, los que han tirado su vida a la basura de forma más o menos consciente; los que vienen de familias 'conflictivas', de grupos minoritarios más o menos desfavorecidos, lo que a veces les sirve de explicación, otras de excusa...

No. 

Están mucho más cerca. Son nuestros amigos, familiares, conocidos. Ni se han metido en drogas, han mantenido siempre relaciones con control - incluso en el amor, el enamorarse... -, son niños ejemplares, nunca rechistan a sus padres que los llaman siempre que se van de fiesta para preguntarles si están bien,  buenos estudiantes, alabados por los profesores, con alguna matrícula de honor y todo. Joder, no son los que aprueban una de cinco, sino los que sacan dieces y viven con ansiedad la llegada de la nota pensando que no han aprobado. No hay maldades, si acaso alguna pequeña hipocresía - la de su vida entera -, nada que reprocharles. Esos mismos que pasan de todo lo que no sea su camino recto: los que no han pisado una manifestación, aunque solo sea por curiosidad, porque tenían exámenes, deberes, cosas serias, ¡¡serias!! que hacer. Los que ven, si ven, que el mundo anda mal, pero no les afecta. Como si no fuera con ellos. Ya lo arreglarán. Alguien. 

Esa gente no concibe saltarse una norma porque sí. Porque les apetezca pelársela a dos manos o escaparse unos días a algún lugar lejano de todo, de todos. Solo por el hecho de que también pueden hacerlo. No saben aprender nada que no sea lo que tienen que aprender.

Ellos no han perdido la fe, porque nunca la han tenido. 

Ni en Dios, ni en la política, en el amor, la amistad, ni en nada. En absolutamente nada. 

Y duele. Duele verlos, abrasa las entrañas, escuece el alma en el que ellos no creen y tú quizá lo haces tan solo por llevarles la contraria, por despertar en ellos una mínima duda o una disputa. Ah, pero despertad, te dices, vivid un poquito, maldita sea. Duele, porque los quieres. Aunque empieces a odiar, poco a poco, de forma imperceptible, lo escaso que estiman su vida. 


- Si Dios existiera, se suicidaría. Tal vez lo haya hecho ya. Qué sé yo, a mí me daría vergüenza ser Él.