jueves, agosto 30

Habráse visto

Cuando te acabas de dar cuenta de haberle dado a algo una importancia capital, mientras que la otra persona no le daba la más mínima.

Mejor, piensas para consolarte, aunque no puedes evitar sentir como ese virus letal de la estupidez te arranca entrañas por dentro.

Y piensas, ¿y con tanta facilidad lo que a ti te ha costado un medio infarto? Lo siento, me habéis engañado. Me habéis dado una cosaquelate de lo más inservible, quiero mi dinero de vuelta.

Y se te ocurre maldecir agosto. Agosto, que el pobre siempre te ha traído buenos recuerdos y en su saco se ha portado bien también este año, y tú lo maldices. Porque hoy lo maldices todo. Pasado, presente, futuro inmediato. 

Tenías que haber visto tu cara, llevas unos días metiéndote en situaciones de lo más absurdas, que curiosamente para los demás son de lo más normales y llega tu turno y te darían ganas de tirar el tablero -en sus cabezas. Pero tienes que elegir pieza y seguir jugando como si todo siguiera bien. Porque todo está bien. O eso es con lo que tú te encuentras, tú, pobre, preocupada por creerte que todo no estaba tan bien.

Cara de idiota se te está quedando estos días. Así cómo no vas a maldecir agosto. Qué absurdo eres, agosto. En qué berenjenales me metes, agosto, qué te he hecho yo. 

Aunque vuelves a pensar que le estás dando de nuevo más importancia a las cosas de la que tienen, pues mira que maldecir un mes... Qué culpa tendrá el tiempo de todo esto (já).

Pero no pasa nada. Dentro de poco te largas. Llega septiembre, llega el cambio, vida nueva y hasta la vista.

Tendrás tiempo de olvidar toda la incoherencia de agosto mientras te cagas en la mudanza y en el cambio y en todo lo bueno que supuestamente te espera. Que así son todos los cambios, nadie los quiere, aunque los quieran.

En fin, que para seguir en la línea, el texto te parece de lo más disparatado que has escrito últimamente. Pero es que otra cosa no te sale. Porque así te parece la vida ahora mismo. 

Joder, y de repente todos los locos que estaban en tu misma trinchera ahora parecen estar cuerdos, y te ves aquí, sola. Y encima tienes que aguantar las miradas de superioridad del otro lado. Del de los cuerdos de atar.