martes, septiembre 25, 2012

Necesidades básicas


Mi vida carecería de sentido sin esta sed continua de conocer al Otrx, a les otres, y sin embargo, pienso en mi peor prisión y no la encuentro sino en la falta de soledad.

lunes, septiembre 03, 2012

Pensamientos de última hora y adiós

Teniendo en cuenta la inmensa improbabilidad que existe de haber nacido, creo firmemente en la suerte. 

Por el mismo razonamiento, algunes pensarán en la desgracia que tienen precisamente por estar existiendo.

Yo, como mucho creo que no es suya la desgracia, sino nuestra, la de todes les demás, de que gente que se queja de la vida haya tenido la suerte de nacer. Por tenerlxs que aguantar, vaya.

[Habría que leer este texto siempre en el contexto de un primer mundo - estas líneas no pueden ni tienen el derecho a hablar a los otros mundos.]

*


Me enamoré hasta la médula de una persona básicamente triste. La tristeza le configuraba hasta el contorno de sus ojos; qué decir de la mirada, que alguna vez fulminó, enloquecida, a la mía. Apasionada, pero tristemente enloquecida. Tan rápido e intenso como nació, murió. O no. Todavía aúllan en mí cada luna llena secuelas de aquello que fue. Yo veía luz en su oscuridad.

Conocí después a una persona básicamente feliz. Enseguida taché de opaca su alegría y no pensé que alguna vez me fuera a enamorar de alguien que siempre me hacía reír. No me enamoré, eso es cierto. Pero nació un cariño que poco a poco - muy poco a poco - iba aumentando. Descubrí que tras la felicidad no había ignorancia, y ello me intrigaba y sorprendía gratamente. Quizá si el tiempo me hubiese dado más tiempo, y la partida no llegara tan pronto, quién sabe. 

Así fueron nuestras suertes. Lo que será después, sólo después lo sabremos. Simplemente voy aprendiendo que la vida es demasiado larga para los nunca más o los siempres. Y tal vez sea eso lo que nos empuje a actuar. Por otro lado, qué sé yo, me parece jodidamente bonito que sea así.

domingo, septiembre 02, 2012

III

Cuelgo desnudo sobre tu cama, suspendido boca abajo. Han sellado con cera mis ojos, mis oídos - la mordaza casi me impide respirar. Cuelgo atado sobre tu cama, y no siento nada. Soy sólo un péndulo que marca el compás de las horas vacías. Y nadie, nadie sabe lo que aguardo. Tal vez no aguardo nada. Tal vez sólo quiera saber de tu ausencia, saber dónde estás y quién eres - qué sueños guían tu mano mientras te acaricias. O por qué lloras cuando lloras, con el rostro hundido en la almohada. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera sé si ésa es tu cama.

*

Y te sientes tan amparada cuando te digo que los monstruos que has visto en sueños no existen que, luego, cuando ya duermes, fumando un cigarrillo en la ventana, las lágrimas me castigan por haberte mentido.

*

Quisiera tanto haber sabido decirte quiero, cuando aún era tiempo - haber sabido acabar de decirte la verdad. Haber sabido hablarte hasta el final de mi horror y de mis miedos - y de esa ciega rabia contra mi tiempo, cuando aún la rabia era tan sólo rabia y no esta fatigada convicción de ahora que me empuja sin retorno, que me lleva a desertar de todas esas palabras que siempre parecen darnos la razón.

Deseo de ser piel roja,
Miguel Morey