martes, septiembre 25

Necesidades básicas


Mi vida carecería de sentido sin esta sed continua de conocer al otro, a los otros, y sin embargo, pienso en mi peor prisión y no la encuentro sino en la falta de soledad.

domingo, septiembre 16

Cambios

Leo lo último que he escrito y apenas si puedo creerme que lo escribí yo. Podría imaginar en esta publicación un diálogo con mi yo de hace no más de diez días y mi ser de ahora y podría asegurar que parecería una conversación entre dos personas totalmente diferentes.

No es por cómo haya cambiado yo, que sí, también [y por consecuencia de], sino por los acontecimientos que, uno tras otro, día tras día, se han sucedido, sin pausa y ¿sin prisa?. 

Tan sencillo como es comprender que si me hubiesen desvelado un cuarto del futuro inmediato hace diez días, no habría dado crédito a lo que escuchaba.

No estoy creando un halo de misterio, simplemente es que no sé explicarme de otra manera.

Nueve meses es lo que tarda en llegar al mundo una vida humana. 

Nueve meses es lo que, según Saramago, tarda un muerto en irse del mundo de los vivos, en ser olvidado poco a poco.

En nueve meses la vida puede dar mil vueltas con la única meta de llegar al mismo punto de partida. Ahora con más experiencias, con más vivencias, con más vida, con más olvido, con más calma, con menos dolor, con más amor, con. O sin.

Nueve meses es mucho tiempo y tan poco a la vez. El tiempo es relativo. El tiempo es relativo. 

Desde que tengo uso de razón he tenido fechas marcadas en el calendario. A los nueve o diez años supe que quería irme a otro país; que a los dieciocho me iba a sacar el carné del coche; que a esa edad sería libre y no viviría más con mis padres; a los quince o dieciséis supe que haría la carrera que me viese en gana hacer; que me iría de Erasmus pasara lo que pasara [amores, amistades, familia]; a los diecisiete supe que estudiaría Filosofía por imposible que en ese momento me pareciera; a los dieciocho... tantas cosas.

Lo último que he sabido, hace nueve meses, era que ya no iba a tener tiempo para el amor en un tiempo; que me esperaba un tiempo de duelo que poco a poco tenía que mezclarse con el olvido. Perdiéndome mientras en tantas camas como quisieran alojarme, para dar finalmente el gran paso hacia el extravío total en otro país, en otra cultura, en ninguno de mis idiomas, en total soledad. Y empezar de cero; otra vez.

Mantengo una buena relación con mis sueños. Los de día me guían hacia mi futuro, los de noche me cuentan qué anda mal en mi pasado. Y no cesan hasta darles una respuesta. 

Lo único que me pedían últimamente era que pensara sobre el significado de 'Nunca más'. Tan simple como eso. Y entre todas las despedidas, de los amigos, de la familia, de los profesores, de los conocidos en general, una más. 

Una más, de una persona de la que hacía nueve meses que no sabía siquiera si seguía viva. 

No debe ser difícil, hola, qué tal, cuánto tiempo, cómo te ha ido, me alegro mucho, ya nos veremos, que vaya bien, hasta la próxima; lo que no debe ser difícil suponía para mí medio infarto. Sudores fríos, mareos, nudos en el estómago, aproximación al Parkinson, corazón desbocado, pérdida del sentido de la realidad, etc, para qué seguir. 

Claro, la cuestión que no me atrevía a hacer era el porqué de todo esto, qué razón había para sentirse así y no poder remediarlo; si todo estaba olvidado y somos personas adultas y como tal hemos de actuar y estupideces por el estilo.

No sé si como persona adulta que hace lo correcto o porque simplemente no podía irme del país sin despedirme de él, pero le escribí. Entonces desaparecieron los sueños, las pesadillas, pude volver a dormir bien de noche, el peso invisible de veinte kilos que arrastraba encima de mi cabeza desapareció, etc.

Y entonces volvió a mi vida, y los nueve meses parecieron no haber pasado nunca, y me desvestí de tantos vestidos y máscaras bajo los que me había escondido en estos meses, y volvió a mí la fe, la fe en el amor, el respeto, la lealtad, la honestidad, la bondad, la humanidad. La inocencia. La niñez. Me quité el abrigo del cinismo, la chaqueta de la ironía, el vestido de la 'adulta' que ni siente ni padece, ni le importa no hacerlo.

Y volví a encontrar un hogar en el que ya no creía, un hueco tan naturalmente mío en sus besos, sus abrazos, su ternura. Sus caricias y sus palabras de amor que en ninguna boca han significado lo mismo. Y me he perdido durante minutos y horas en su mirada, sin poder separarnos, sin poder dormir si no era enlazado mi cuerpo, sin ninguna prenda del diablo de por medio, al suyo, también desnudo. Y guardar esos momentos entre los más felices de mi vida. 

Cuando entró en mi vida, sentí que era mi compañero en el camino, esa persona que uno quiere para compartir el resto de sus días con ella; como también supe que lo había conocido demasiado pronto. Que no me había dado tiempo apenas a vivir, a conocer mundo, a tener experiencia. Y tan hondo sentía que nos íbamos a separar, como fuerte siento ahora que no va a volver a salir de mi vida. Aunque pasen diez años en volver a vernos; ahora que nos separan tantos kilómetros. Como si nos importara. Soy feliz.

lunes, septiembre 3

Pensamientos de última hora y adiós

Teniendo en cuenta la inmensa improbabilidad que existe de haber nacido, creo firmemente en la suerte. 

Por el mismo razonamiento, algunos pensarán en la desgracia que tienen precisamente por estar existiendo.

Yo, como mucho creo que no es suya la desgracia, sino nuestra, la de todos los demás, de que gente que se queja de la vida haya tenido la suerte de nacer. Por tenerlos que aguantar, vaya.


*


Me enamoré hasta la médula de una persona básicamente triste. La tristeza le configuraba hasta el contorno de sus ojos; qué decir de la mirada, que alguna vez fulminó, enloquecida, a la mía. Apasionada, pero tristemente enloquecida. Tan rápido e intenso como nació, murió. O no. Todavía aúllan en mí cada luna llena secuelas de aquello que fue. Yo veía luz en su oscuridad.

Conocí después a una persona básicamente feliz. Enseguida taché de opaca su alegría y no pensé que alguna vez me fuera a enamorar de alguien que siempre me hacía reír. No me enamoré, eso es cierto. Pero nació un cariño que poco a poco - muy poco a poco, qué lento fue esta vez - iba aumentando. Descubrí que tras la felicidad no había ignorancia, y ello me intrigaba y sorprendía gratamente. Quizá si el tiempo me hubiese dado más tiempo, y la partida no llegara tan pronto, quién sabe. 

Así fueron nuestras suertes. Lo que será después, sólo después lo sabremos. Simplemente voy aprendiendo que la vida es demasiado larga para los nunca más o los siempres. Y tal vez sea eso lo que nos empuje a actuar. Por otro lado, qué sé yo, me parece jodidamente bonito que sea así.

domingo, septiembre 2

III

Cuelgo desnudo sobre tu cama, suspendido boca abajo. Han sellado con cera mis ojos, mis oídos - la mordaza casi me impide respirar. Cuelgo atado sobre tu cama, y no siento nada. Soy sólo un péndulo que marca el compás de las horas vacías. Y nadie, nadie sabe lo que aguardo. Tal vez no aguardo nada. Tal vez sólo quiera saber de tu ausencia, saber dónde estás y quién eres - qué sueños guían tu mano mientras te acaricias. O por qué lloras cuando lloras, con el rostro hundido en la almohada. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera sé si ésa es tu cama.

*

Y te sientes tan amparada cuando te digo que los monstruos que has visto en sueños no existen que, luego, cuando ya duermes, fumando un cigarrillo en la ventana, las lágrimas me castigan por haberte mentido.

*

Quisiera tanto haber sabido decirte quiero, cuando aún era tiempo - haber sabido acabar de decirte la verdad. Haber sabido hablarte hasta el final de mi horror y de mis miedos - y de esa ciega rabia contra mi tiempo, cuando aún la rabia era tan sólo rabia y no esta fatigada convicción de ahora que me empuja sin retorno, que me lleva a desertar de todas esas palabras que siempre parecen darnos la razón.

Deseo de ser piel roja,
Miguel Morey