domingo, septiembre 16

Cambios

Leo lo último que he escrito y apenas si puedo creerme que lo escribí yo. Podría imaginar en esta publicación un diálogo con mi yo de hace no más de diez días y mi ser de ahora y podría asegurar que parecería una conversación entre dos personas totalmente diferentes.

No es por cómo haya cambiado yo, que sí, también [y por consecuencia de], sino por los acontecimientos que, uno tras otro, día tras día, se han sucedido, sin pausa y ¿sin prisa?. 

Tan sencillo como es comprender que si me hubiesen desvelado un cuarto del futuro inmediato hace diez días, no habría dado crédito a lo que escuchaba.

No estoy creando un halo de misterio, simplemente es que no sé explicarme de otra manera.

Nueve meses es lo que tarda en llegar al mundo una vida humana. 

Nueve meses es lo que, según Saramago, tarda un muerto en irse del mundo de los vivos, en ser olvidado poco a poco.

En nueve meses la vida puede dar mil vueltas con la única meta de llegar al mismo punto de partida. Ahora con más experiencias, con más vivencias, con más vida, con más olvido, con más calma, con menos dolor, con más amor, con. O sin.

Nueve meses es mucho tiempo y tan poco a la vez. El tiempo es relativo. El tiempo es relativo. 

Desde que tengo uso de razón he tenido fechas marcadas en el calendario. A los nueve o diez años supe que quería irme a otro país; que a los dieciocho me iba a sacar el carné del coche; que a esa edad sería libre y no viviría más con mis padres; a los quince o dieciséis supe que haría la carrera que me viese en gana hacer; que me iría de Erasmus pasara lo que pasara [amores, amistades, familia]; a los diecisiete supe que estudiaría Filosofía por imposible que en ese momento me pareciera; a los dieciocho... tantas cosas.

Lo último que he sabido, hace nueve meses, era que ya no iba a tener tiempo para el amor en un tiempo; que me esperaba un tiempo de duelo que poco a poco tenía que mezclarse con el olvido. Perdiéndome mientras en tantas camas como quisieran alojarme, para dar finalmente el gran paso hacia el extravío total en otro país, en otra cultura, en ninguno de mis idiomas, en total soledad. Y empezar de cero; otra vez.

Mantengo una buena relación con mis sueños. Los de día me guían hacia mi futuro, los de noche me cuentan qué anda mal en mi pasado. Y no cesan hasta darles una respuesta. 

Lo único que me pedían últimamente era que pensara sobre el significado de 'Nunca más'. Tan simple como eso. Y entre todas las despedidas, de los amigos, de la familia, de los profesores, de los conocidos en general, una más. 

Una más, de una persona de la que hacía nueve meses que no sabía siquiera si seguía viva. 

No debe ser difícil, hola, qué tal, cuánto tiempo, cómo te ha ido, me alegro mucho, ya nos veremos, que vaya bien, hasta la próxima; lo que no debe ser difícil suponía para mí medio infarto. Sudores fríos, mareos, nudos en el estómago, aproximación al Parkinson, corazón desbocado, pérdida del sentido de la realidad, etc, para qué seguir. 

Claro, la cuestión que no me atrevía a hacer era el porqué de todo esto, qué razón había para sentirse así y no poder remediarlo; si todo estaba olvidado y somos personas adultas y como tal hemos de actuar y estupideces por el estilo.

No sé si como persona adulta que hace lo correcto o porque simplemente no podía irme del país sin despedirme de él, pero le escribí. Entonces desaparecieron los sueños, las pesadillas, pude volver a dormir bien de noche, el peso invisible de veinte kilos que arrastraba encima de mi cabeza desapareció, etc.

Y entonces volvió a mi vida, y los nueve meses parecieron no haber pasado nunca, y me desvestí de tantos vestidos y máscaras bajo los que me había escondido en estos meses, y volvió a mí la fe, la fe en el amor, el respeto, la lealtad, la honestidad, la bondad, la humanidad. La inocencia. La niñez. Me quité el abrigo del cinismo, la chaqueta de la ironía, el vestido de la 'adulta' que ni siente ni padece, ni le importa no hacerlo.

Y volví a encontrar un hogar en el que ya no creía, un hueco tan naturalmente mío en sus besos, sus abrazos, su ternura. Sus caricias y sus palabras de amor que en ninguna boca han significado lo mismo. Y me he perdido durante minutos y horas en su mirada, sin poder separarnos, sin poder dormir si no era enlazado mi cuerpo, sin ninguna prenda del diablo de por medio, al suyo, también desnudo. Y guardar esos momentos entre los más felices de mi vida. 

Cuando entró en mi vida, sentí que era mi compañero en el camino, esa persona que uno quiere para compartir el resto de sus días con ella; como también supe que lo había conocido demasiado pronto. Que no me había dado tiempo apenas a vivir, a conocer mundo, a tener experiencia. Y tan hondo sentía que nos íbamos a separar, como fuerte siento ahora que no va a volver a salir de mi vida. Aunque pasen diez años en volver a vernos; ahora que nos separan tantos kilómetros. Como si nos importara. Soy feliz.