domingo, septiembre 2

III

Cuelgo desnudo sobre tu cama, suspendido boca abajo. Han sellado con cera mis ojos, mis oídos - la mordaza casi me impide respirar. Cuelgo atado sobre tu cama, y no siento nada. Soy sólo un péndulo que marca el compás de las horas vacías. Y nadie, nadie sabe lo que aguardo. Tal vez no aguardo nada. Tal vez sólo quiera saber de tu ausencia, saber dónde estás y quién eres - qué sueños guían tu mano mientras te acaricias. O por qué lloras cuando lloras, con el rostro hundido en la almohada. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera sé si ésa es tu cama.

*

Y te sientes tan amparada cuando te digo que los monstruos que has visto en sueños no existen que, luego, cuando ya duermes, fumando un cigarrillo en la ventana, las lágrimas me castigan por haberte mentido.

*

Quisiera tanto haber sabido decirte quiero, cuando aún era tiempo - haber sabido acabar de decirte la verdad. Haber sabido hablarte hasta el final de mi horror y de mis miedos - y de esa ciega rabia contra mi tiempo, cuando aún la rabia era tan sólo rabia y no esta fatigada convicción de ahora que me empuja sin retorno, que me lleva a desertar de todas esas palabras que siempre parecen darnos la razón.

Deseo de ser piel roja,
Miguel Morey