lunes, septiembre 3

Pensamientos de última hora y adiós

Teniendo en cuenta la inmensa improbabilidad que existe de haber nacido, creo firmemente en la suerte. 

Por el mismo razonamiento, algunos pensarán en la desgracia que tienen precisamente por estar existiendo.

Yo, como mucho creo que no es suya la desgracia, sino nuestra, la de todos los demás, de que gente que se queja de la vida haya tenido la suerte de nacer. Por tenerlos que aguantar, vaya.


*


Me enamoré hasta la médula de una persona básicamente triste. La tristeza le configuraba hasta el contorno de sus ojos; qué decir de la mirada, que alguna vez fulminó, enloquecida, a la mía. Apasionada, pero tristemente enloquecida. Tan rápido e intenso como nació, murió. O no. Todavía aúllan en mí cada luna llena secuelas de aquello que fue. Yo veía luz en su oscuridad.

Conocí después a una persona básicamente feliz. Enseguida taché de opaca su alegría y no pensé que alguna vez me fuera a enamorar de alguien que siempre me hacía reír. No me enamoré, eso es cierto. Pero nació un cariño que poco a poco - muy poco a poco, qué lento fue esta vez - iba aumentando. Descubrí que tras la felicidad no había ignorancia, y ello me intrigaba y sorprendía gratamente. Quizá si el tiempo me hubiese dado más tiempo, y la partida no llegara tan pronto, quién sabe. 

Así fueron nuestras suertes. Lo que será después, sólo después lo sabremos. Simplemente voy aprendiendo que la vida es demasiado larga para los nunca más o los siempres. Y tal vez sea eso lo que nos empuje a actuar. Por otro lado, qué sé yo, me parece jodidamente bonito que sea así.