sábado, octubre 06, 2012

Casas viejas, amores de antaño




Hay tantas emociones, mi vida...

Así me gustaría empezar a escribirte, así empiezo a hacerlo en una carta que aún no sé si leerás.

Quizá sea porque en esta hora hace calor, porque desde mi ventana veo calle abajo y encuentro tanta tranquilidad, y miro un poco más acá de mi ventana y hasta hay una pequeña araña que por vez primera no me asusta ni siento deseo de hacerla desaparecer.

Casas viejas, ya sabes, llenas de estudiantes cuya última preocupación es quitar el polvo de las estanterías.

Yo intento mantener un mínimo de orden, el mismo que quiero en mi cabeza, y ya ves que he querido personalizar esta habitación cuanto he podido. Desde las sábanas a la manta, todo rojo, qué me habrá dado por ese color; a las fotos y las postales en la pared.

Pocas de las primeras, llena la pared de las segundas. De tantos lugares que me fueron hogar. Tanta vida vivida encierran esas imágenes. Faltan algunas... Ya sabes, vida mía, que eran otros tiempos y no supimos hacerlo mejor y me negué a tener recuerdo material de alguna ciudad que pisamos; encontrarás en cambio muchos lugares que desconoces, y cuya historia algún día te contaré. Tengo tanto que contarte.

A veces me pregunto si no acumulo historias tan solo para compartírtelas después. Para decirte: mira, aquí estoy, mira cuánto he aprendido, cuánto la vida me ha enseñado, observa cuánto tengo para ti. Todo lo que soy es para ti. Permíteme entregarme en cuerpo y alma. No hay ni un solo deseo que sea mayor que este. Déjate llevar y verás que nunca mis palabras fueron solo palabras.

Quiero enseñarte cuánto sé hacer con mis manos, cuánto, con mi mente. Quiero mostrarte el vaivén de mis emociones, de cuántos matices estoy hecha. Cuántos sueños he logrado y cuántos me despiertan cada día, que son tantos que quiero compartir contigo. Mi alegría y mi pasión, mi punto de maldad, mis incoherencias, mis debilidades y mi vuelta a empezar. 

Quiero que estés orgulloso de mí. Egoístamente quiero ser lo mejor que conozcas, que te consideres afortunado por haberme encontrado. Como yo agradezco, al Dios en quien sólo creo por tu existencia, cada vez que te pienso.
Quiero que todo lo que necesites, lo que te haga falta, lo que desees, puedas encontrarlo en mí. Quiero que no me falte nada de lo que tú puedas querer.

Quiero llenarte la vida en una sonrisa. En una mirada.

Quiero que halles en cada uno de mis besos lo que sentiste en el primero, ése que aún no sé recordar sin perder el sentido de lo que es real y lo que es milagro, quiero que halles lo que sentimos de nuevo, tanto tiempo después, en nuestro reencuentro. Un reencuentro que nunca pude imaginar que podía darse, pues me parecía tan cruel permitirme soñar y desear utopías de ese calibre.

Tal como uno escribe para los demás, aún escribiendo para uno mismo -con la esperanza de que alguien, él mismo, algún día vuelva a sus letras-, uno también vive para los demás. Es esta entrega continua de lo que somos lo que constituye para mí, mi sino. Mi sentido. Mi razón. 

Y sin ser suficiente darnos a tantos como pueblen nuestros días, necesito el amor. Sólo éste es capaz de llenarme, satisfacer al animal eternamente insatisfecho, eternamente deseoso de más. Es en el amor donde acaban las preguntas, donde empieza la vida.

Y el Amor... lo defino con tu nombre. Y no miento si te digo que no tengo temor al caer en la cuenta de qué significa esa frase. Si después de ti, no sé volver a sentir así, qué importa. No le temo al futuro. Porque amo, daría la vida a este instante.

3 comentarios:

  1. me has dado que pensar con lo de vivir para los demás, no sé, me siento tan pequeño y con tan poquito que decir, que me gustaría que fuese así.. pero los lunes son un día horrible para hacerse más grande.

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  2. En el amor acaban las preguntas y empieza la vida... increíble...

    Sentir así es a lo que todo el mundo aspira (y si no deberían aspirar a ello).

    No puedo añadir más porque lo has dejado todo dicho :-)

    Abrazos.

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