miércoles, diciembre 12, 2012

Cualquiera de estas noches...

La desesperación a ciertas horas de la noche simplemente no es buena.
       La noche, tan poco sutil abriéndonos las puertas de los abismos que el día nos tiene encerrados bajo siete llaves.
              La desesperación, que tanto pide y tan poco tiene, la paciencia, la paciencia, la madre de toda virtud, la paciencia, dónde está la paciencia.
 
Es estúpido pensar que a veces basta con contar hasta diez para dejar de hacer algo que nos quemaba las entrañas por ser llevado a cabo.
 
Cuántas veces pensar aquello de: espera hasta mañana: si en la mañana sigues queriendo hacerlo, lo harás. Pero 'mañana' suena siempre tan lejano. Y las cosas que se quieren ya. Y tras dos segundos de indecisión: no puedo esperar, he de. Ahora o nunca.
 
Así con todo.
 
Y así va todo.
 
Es lo malo -o lo bueno- de la noche. Tan tentadora mostrando cuántos misterios tendría para desvelarme. Yo quisiera que nunca me pillara despierta. Es difícil cuando se vive en una ciudad donde a las tres atardece. Me es díficil negarle algo a la noche. Me es díficil parar en seco pensamientos, sentimientos y acciones hasta que vuelva a ver la luz del día. Cuando la noche me enseña tanto.
 
Tentadora y rastrera. A veces no quiere más que destrozarnos, envidia, tal vez, de ver que todo sigue su rumbo -estabilidad-. Sus encantos son engaños, sus misterios, arenas movedizas. Luego llega el día y qué. La noche se esconde y sólo nos queda ver el desastre que acabamos de provocar. Ver, llevar a cuestas. Cambio, contínuo cambio.

1 comentario:

  1. Contar hasta diez sirve, eso seguro, el problema es que hay que contar hasta diez muchas veces, hasta apilar miles, millones encima de la mesa... Claro, que entonces quizás hasta hayas olvidado lo que eres.

    Pero eso tampoco es malo, ¿no?

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