miércoles, enero 23, 2013

Idílico, dice

¿Has oído decir que era bueno ganar la jornada? 
Yo también afirmo que es bueno perderla . . . las batallas
se pierden con el mismo espíritu con que se ganan.
No hay más noches que esta noche. No existe lo que fue, lo que será, existe esto... y apenas si dura un momento.
La jornada acaba, el sueño se escapa por la ventana, dolores y amores nos abrazan por igual.
Empieza nuevamente a nevar, a dos mil kilómetros un padre da el biberón a su renacuajo,
el renacuajo desconoce todavía la existencia de la nieve,
de los dolores de la mente y del corazón,
tan solo tiene hambre, sed, sueño y ganas de cagar.
Aunque ya empieza a intuir el miedo a la soledad.
Quisimos tanto a ese padre alguna vez.
El amor de una vida;
y luego vinieron otros,
amores de otras vidas, o de toda una noche - que no es poco.
Noches como esta y otras que ya ni recordamos,
y hay tan poca diferencia entre la felicidad del niño en trineo y la felicidad de los amantes jugando a besarse, a acariciarse. A amarse.
La niña no olvidará jamás al abuelo paseándola en trineo,
jamás al chico de la rosa en la boca;
lo quisiera ella como abuelo de sus nietos.
Pero no sabe, no sé, no sabes,
querer tan solo una cosa.
Amores y dolores llegan con la noche y el sueño no nos salva,
quisiéramos tantos besos, de tantas bocas,
pero cada una clama exclusividad.
Y tan solo tenemos una boca.
Tan solo un corazón.
Tan solo una vida.
Y tanto deseo y pasión. Tanto amor.
Y tan fuerte se siente la unión con su alma,
ahora indistinguible de la nuestra,
como desnuda la mano se encontraría ya sin su anillo.
Como rápidos se aceleran los latidos al encontrarnos a aquel otro, que no es él.
Y el sexo humedecido por tantos, múltiples caras de él.
¿Me contradigo?
Muy bien pues . . . me contradigo;
soy grande . . . contengo multitudes.
Pero ya se acaba la jornada, la batalla se perdió, persisten los dolores, los amores de distinta índole,
y nos envidia el padre con el biberón por ver nevar y leer a Whitman.
Idílico, dice.
Idilios, desde luego, que nunca falten.

jueves, enero 17, 2013

Esperanza

La noche llega con su velo negro y no hace más que realzar la blancura impoluta que ahora la ciudad viste.

Y ya el corazón no vomita dolores, ni lucha contra batallas ya ganadas, ni espera, ni desespera ante silencios que por siempre han ya de quedar.

Se olvidan las cartas no escritas, se rompen las pesadillas del día a día, se perdonan los sinsentidos de un taxi cogido para nada, se refrenan las ganas de correr hacia atrás y decir: No, aún no quiero irme. No, aún no quiero que te vayas.

Se recuerda, sin embargo, que habíamos venido para despedirnos, en la nieve queríamos escribir bien grande: Te olvidé. Pero parece que el otro nos olvidara antes.

Y algo así como un poquito, un poquitito, dolió.

Mas quién podría dejarse llevar por los vaivenes del corazón en horas tan tranquilas, tanta paz traen cada uno de estas estrellas blancas que sin prisa, pero sin pausa, caen pintando las calles, los tejados, los coches, nuestros guantes. 

Ya pedimos perdón y clemencia por tanta contradicción, incoherencia y sin razón: no vale la pena ahora deshacer este manto níveo con la sal de nuestras lágrimas.

Sonreiremos y cobijaremos nuestra rosa roja del frío y la tormenta que se avecina.

martes, enero 15, 2013

Dulce Navidad

Sientes las manos temblar.
Tiemblan ellas por el crimen, tiembla el corazón por el puñal.
Ante tanto No, cuan poderoso se erigió.
Y destrozó.
Y arrancó todo cuanto pudo, todo cuanto quiso permanecer:
quedarse, dar sentido, salvar unas creencias,
unos sentimientos,
promesas,
esperanzas,
etc.

Sientes honda la culpabilidad.
La estupidez.
La debilidad.

Y si al menos se hubiera conseguido algo.

Ni eso.
Ni tan solo eso.

(Y piensas que si, quien sabe, de haberse conseguido algo,
no habría sido peor.
Encontrarnos a la víctima despierta,
¿no habría resultado más mezquino todavía?
¿No vale más haberla matado mientras dormía?
De habernos visto, ¿qué nos habría dicho?
- ¿Has venido a matarme?
¿Y qué podríamos haber contestado?
No cabe la mentira frente a quien pronto ha de abandonarnos.
- A matarte vengo, aunque tan solo necesitaba hablarte 
una vez más antes de.
Antes de. ¡Cuánto egoísmo!)

Ni tan solo eso.
Dulces sueños tenía.
Mientras nuestro tormento su corazón apuñalaba.

- Dulces sueños tengas.
Lamento no comprender estos deseos locos de matarte.
Lamento yo seguir con vida.