sábado, enero 5

Día cinco

Que ya ha cambiado el doce al trece, y tiempo para descansar no hemos encontrado todavía. Para dormir, sí, mucho, alguno diría que demasiado.

No sabemos hacer las cosas bien. No sabemos sino tomar las riendas de la vida a saco unos meses y otros tantos olvidarnos en el letargo. No hacer nada. Nada, nada, nada. Y el tiempo pasa. Oh, el glorioso tiempo que pasa.

Día cinco, y hace seis que hubiésemos querido levantarnos y preguntarle a la vida qué tal, cómo se encuentra, cómo ve la llegada del nuevo año, qué sorpresas nos tiene, si nos pedirá valor, si nos tentará, si le fallaremos -¿a ella, o a nosotros?- si qué. Si algo. O si simplemente como siempre. Como siempre, cambiaremos de piel cada tres meses, o algo parecido.

Día cinco y aquí andamos. Hogar, dulce hogar. Dijimos que no lo pisaríamos en meses, o años, pero la tempestad vino fuerte y tocó refugiarse. O algo así, que aún no sabemos por qué extrañas razones, si las hubiera, estamos donde estamos en vez de estar en cualquier otra parte del mundo. 

Día cinco y en seis días cambiarán otros números. En siete cambiarán distancias, y nuevos ciclos comenzarán. 

Hace años, aunque yo sé que no tantos por más que parezcan vidas enteras pasadas, pensábamos en propósitos de año nuevo. El final del doce nos pilló haciendo cosas más interesantes que pensar en cosas que realmente no deseábamos pero que querríamos -o dicen que deberíamos- desear cumplir.

Cada vez importan menos cosas. Cada vez juzgamos menos el mundo. Aunque aun importan demasiadas cosas. Aunque aun juzgamos mucho, demasiado, el mundo. Ni tan bueno, ni tan malo. Solo acontecimientos.   Contextos. Sentimientos. Irracionalidad.