martes, enero 15

Dulce Navidad

Sientes las manos temblar.
Tiemblan ellas por el crimen, tiembla el corazón por el puñal.
Ante tanto No, cuan poderoso se erigió.
Y destrozó.
Y arrancó todo cuanto pudo, todo cuanto quiso permanecer:
quedarse, dar sentido, salvar unas creencias,
unos sentimientos,
promesas,
esperanzas,
etc.

Sientes honda la culpabilidad.
La estupidez.
La debilidad.

Y si al menos se hubiera conseguido algo.

Ni eso.
Ni tan solo eso.

(Y piensas que si, quien sabe, de haberse conseguido algo,
no habría sido peor.
Encontrarnos a la víctima despierta,
¿no habría resultado más mezquino todavía?
¿No vale más haberla matado mientras dormía?
De habernos visto, ¿qué nos habría dicho?
- ¿Has venido a matarme?
¿Y qué podríamos haber contestado?
No cabe la mentira frente al que pronto ha de abandonarnos.
- A matarte vengo, aunque tan solo necesitaba hablarte 
una vez más antes de.
Antes de. ¡Cuánto egoísmo!)

Ni tan solo eso.
Dulces sueños tenía.
Mientras nuestro tormento su corazón apuñalaba.

- Dulces sueños tengas.
Lamento no comprender estos deseos locos de matarte.
Lamento yo seguir con vida.