jueves, enero 17

Esperanza

La noche llega con su velo negro y no hace más que realzar la blancura impoluta que ahora la ciudad viste.

Y ya el corazón no vomita dolores, ni lucha contra batallas ya ganadas, ni espera, ni desespera ante silencios que por siempre han ya de quedar.

Se olvidan las cartas no escritas, se rompen las pesadillas del día a día, se perdonan los sinsentidos de un taxi cogido para nada, se refrenan las ganas de correr hacia atrás y decir: No, aun no quiero irme. No, aun no quiero que te vayas.

Se recuerda, sin embargo, que habíamos venido para despedirnos, en la nieve queríamos escribir bien grande: Te olvidé. Pero parece que el otro nos olvidara antes.

Y algo así como un poquito, un poquitito, dolió.

Mas quién podría dejarse llevar por los vaivenes del corazón en horas tan tranquilas, tanta paz traen cada uno de estas estrellas blancas que sin prisa, pero sin pausa, caen pintando las calles, los tejados, los coches, nuestros guantes. 

Ya pedimos perdón y clemencia por tanta contradicción, incoherencia y sin razón: no vale la pena ahora deshacer este manto níveo con la sal de nuestras lágrimas.

Sonreiremos y cobijaremos nuestra rosa roja del frío y la tormenta que se avecina.