lunes, julio 29, 2013

Dicen que soñar con un volcán es signo de cambios bruscos en la vida de la persona, sentimientos, pasiones a punto de estallar. Mas no dicen nada sobre aquellos que tienen el volcán delante y lo miran tranquiles, deslumbrades, casi se diría contentes -expectantes- por la explosión que está a punto de suceder.

En el fondo incluso podría tener sentido. Si tantas veces se ha vivido la vida al borde del abismo; o en la cima de al lado, esperando a que el volcán diese rienda suelta a su deseo. Y el caos reinó. Reina. Y reinará. Caos, fuego, destrucción. 

En medio de tanto calor. En medio de tantos besos.

No se comprende el sentir si no es por medio de altibajos que llevan del cielo al infierno en segundos. En lo que tardan los cuerpos en acomodarse, en volver a acercarse, en dejar -de nuevo- de odiarse, y saciarse de nuevo en el -y del- otro. 

Es una locura, no más diferente ni especial que cualquiera que hayamos podido leer ya a lo largo de tantos siglos de literatura, pero una locura con nombre y apellido en los diccionarios de los estudiosos de la psique. ¿Pero no perderíamos toda la literatura, la filosofía y el arte por entero si hubiésemos encerrado -o nos diera por encerrar- en el manicomio a tantx locx sueltx? 

En fin, qué más da. Si todxs estamos locxs. 

O no.

Lo que sí sé es que concuerdo con mis sueños -o con los significados que se les da a ciertos sueños-. Que el cambio brusco acecha, pues sí, no en vano me encuentro escribiendo esto desde un aeropuerto a las 3.21 de la mañana huyendo del sueño que viene a matar.

Que Inglaterra no fue tanto; aquí no hay pasión. Tan solo lluvia. 

Bien.

¿Pero en qué momento pensó esta cabeza que acabaría marchando a México? ¿En qué momento la locura, que es dueña y reina, dijo bien, cuanto más lejos, mejor, para eso estamos

Para eso estamos. ¿Lo estamos? 

Qué va. No sentía tanto miedo en el cuerpo desde que.. desde que nunca, tal vez. Desde tanto ya que ni recuerdo. - Claro, ahora el corazón que no sabe si llorar o reír, que no sabe siquiera qué siente ya, quisiera no irse. Pero no hay opciones. Tampoco podríamos quedarnos. No hay lugar para el fracaso -y el fracaso es el único que queda en esta casa, si nos quedamos.

Así que entre libros y bragas y pesos y bolis y vaqueros, entra también el corazón en una cajita. Una cajita no muy colorida, no vaya a ser que llame demasiado la atención. Y entran también en las maletas el miedo, la esperanza, lágrimas y risas por igual. Y ya veremos qué hacemos con todo eso. 

Los recuerdos se quedan en casa por un año, no vaya a ser que esta lluvia y la noche nos vaya a matar de melancolía antes de subir al avión que nos salve. Y quién quiere pensar en qué será dentro de un año. 

Hay gente que conoce la estabilidad. Los días, las semanas, los meses, los años, la vida. Estable. A mí también me gustaría conocer de eso alguna que otra vez. 

O no.

En un año lo sabremos...

2 comentarios:

  1. la normalidad y la rutina es esa cosa que tan sólo apreciamos cuando nuestra vida se vuelve un carrusel sin sentido...

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  2. Diossssss... cómo te he echado de menos... Me encanta este texto. Besos, donde siempre.

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