martes, septiembre 10

Tres cigarros - dos - no darán para aguantarme esta noche.

Escribo con desesperación.

Yo criticaba ferozmente el fumar -¡mata!, ¡pero la vida mata!- y ya se acaba el paquete. Nunca aspiré llegar a vieja de todas formas - de qué sirve la experiencia, la madurez, si se acaba la belleza, si el cuerpo envejece, se arruga, se pudre - no... lo atractivo es mezclar la juventud y la inteligencia - que la mente tenga muchos años, el cuerpo que esté bien joven - inteligencia digo, y acabo de escribir una de las frases más estúpidas que se puedan imaginar.

Se acaba el paquete y la música no salva. No salva en esta noche, la maldita noche. Subo el volumen, quiero dejar de escucharme, quiero confundirme en la música hasta desaparecer.

La irracionalidad clama, el cuerpo pide, desea, anhela, desespera, arrebata el sentido común. El maldito deseo.

Me pregunto si alguna vez aprendí algo que no fuera a través de las personas que me enseñaron. No, por supuesto: el conocimiento... sí, amo conocer - mediante las personas que amo. De otra forma se vuelve inútil, solo teoría. Vano, vacío. Ésa es mi debilidad. Que no sé aprender de otra forma. Ah, ¡y entonces aprendo tanto! 

La impotencia. 

Cómo luchar contra la impotencia - todo lo que dependa de uno mismo es posible, lo que escapa del control de uno mismo - y es tanto - es lo más cercano que encuentro a lo imposible

Esperar. ¿Esperar? 

Matar la esperanza. 

¿Cómo? 

Ojalá supiera.

Ojalá supiera ser más racional - pero en la noche me es imposible serlo. La lógica no es posible en el campo de lo humano - en el campo del sentir. ¡Ojalá! Mas ése es el conocimiento que siempre se me ha escapado. 

Ya he sentido este arrebato tantas veces - demasiadas - siempre dije que sería la última vez. Pero nuevamente llega, de sorpresa - o no - y entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo controlarlo? 

Escribir, escribir, vomitar todo el sentir, todo el deseo de lo imposible, matar el deseo en la escritura. Al menos esta noche. El día, el Sol, llegarán - pero queda todavía tanto. 

Dedicarse al estudio para olvidar el sentir. 

Sí, cuando es posible la concentración. Cuando el cuerpo se calme. Al final, llega. Pero tras tanta decepción, desolación, tristeza - tristeza infinita de no poder. Si se pudiera gritar lo que se siente - pero en medio de tanta locura, aún queda un resquicio que sabe demasiado bien que el grito es un sinsentido - ¿de qué serviría?, cuando la respuesta ya se conoce. En medio de tanta locura, hay un poco de razón que aplaca el sentimiento. Razón que calla. Razón que encuentra salida a la desesperación en las letras.

Desesperación que encuentra salida en la razón, mediante las letras.

Hay tanto por lo que alegrarse - el resto del tiempo todo es felicidad - menos en la noche. 

Y aún conociendo tan bien, tan dolorosamente la respuesta - No. - no ceso de insistir. Tal vez... tal vez quede una mínima posibilidad. Quién sabe, cómo dejar de intentarlo - arrepentirse por las cosas que se han hecho, aunque lleven al peor de los abismos, pues el dolor que produce el arrepentimiento de no haberlas hecho todavía es mayor. Sí, pero.

Sí, pero.

Pero cuántas fuerzas quedarán tras estrellarse nuevamente. 

¿Pero quedarse con la duda de no haberlo intentado? Uff, nunca lo he logrado conseguir. No he podido quedarme en la duda, en el silencio. Hay todavía demasiada locura de juventud en mí como para poder hacerlo. 

Sin embargo, todavía callo. Todavía no ha estallado el grito. Y en cada oportunidad, cada noche que vuelvo nuevamente a casa tras acallar mi sentir una vez más, la desesperación se hace cada vez mayor. Pero - he de - por sentido común - y este absurdo, esta contradicción tan honda. ¡Hazlo!, ¡No lo hagas! ¿Cómo dormir con tales fuerzas antagónicas que tan alto claman? Tiran de mí hasta sus extremos, y siento romperme. 

No puedo más - quisiera no poder más - pero puedo. Ése es el dilema - que uno no muere por un deseo imposible, pero tampoco puede vivir así. 

Estómago revuelto, corazón desbocado y dicen: no, esto no puede quedarse así. No, tanto sentir no puede ser para nada. Es demasiado como para que acabe en nada. Pero - agh... 

No se puede hacer nada.

¡Qué locura! ¡No poder hacer nada! ¡Y querer hacerlo todo!

 Dios, si existieras, podrías entenderme tan bien.