martes, octubre 29

Eterna atracción

Cuando ya no quedan palabras que puedan describir nuestro sentir, cuánto bien hace encontrar un otro que pueda hablar por nosotros. A continuación, esta pequeña maravilla que no pudo caer en mis manos sino hoy. 


"Ella sabía que le atraía, porque él se lo dijo. Él sabía que nunca se produciría el contacto, porque se lo dijo ella. Pero entre ambos aún latía la posibilidad del placer: cada cual atemorizado por el otro, se inhibían de pensarlo. Pero era superior a sus fuerzas; como si entre ambos se creara un campo gravitatorio, como entre la Luna y la Tierra, siempre superado por el efecto centrífugo que evita que el satélite choque con el planeta. Él sabía perfectamente que no podía dejar de darle vueltas, y que, precisamente por eso, jamás podría tocarla. Ella sabía también que su mayor fuerza le había dejado en torno a sí, siempre atraído y siempre alejado, pero siempre en torno a sí. No podían separarse. Tampoco podían unirse.



Obviamente, entre ellos había mucho más que mera atracción. Entre dos personas que se buscan y no quieren encontrarse suele haber algo más. Ninguno se atrevía a llamarlo amor. No era necesario. Les bastaba con sentirse cerca de vez en cuando. Podían pasar sin ello unos días, pero pronto tenían que verse, aunque no se dijesen lo que se habían echado de menos. Querían tenerse cerca de vez en cuando para sentir la viveza del otro. Quererse vivos, vivirse queridos. Y así habría de ser siempre; así lo habían establecido.



Hasta que llegó una noche. Ambos solos, separados y olvidados entre sí, tranquilamente leían sendos libros, que nada tenían que ver con los sentimientos entre dos personas. Pero Cupido o alguna divinidad de esa ralea despertó algo en la mente de ella. Ella, por un momento, desistió de ese impulso, mientras quedaba recostada sobre un sofá, con el libro entreabierto y expectante de seguir siendo leído. Miraba al techo, cerraba los ojos y volvía a mirar al techo buscando el infinito, tratando de recobrar su interés por la lectura. Amagó incorporarse, volvió a echarse, ya con el libro cerrado. Su idea de llamarle no se le iba de la cabeza, por más que cerrara los ojos intentando retomar el argumento del libro. Y él, mientras, seguía leyendo el suyo, en su casa, ajeno totalmente a ella. Y sonó su teléfono, y en la pantalla, el número de ella. Fue antes de contestar: sus pensamientos se sincronizaron, en él como deseo y en ella como hecho. Hablaron y el pensamiento se tornó único y, finalmente, se convirtió en hecho.



Ella, la que siempre se había preocupado de mantener a raya la relación, cuidando esa amistad especial, fue quien le propuso verse en un bar. Necesitaba decírselo, pero temía verse a solas. Él, durante meses supeditado a las matizaciones de ella, quería seguir manteniendo aquella falsa amistad como llamaban a aquella atracción, y le pareció bien verse pero no a solas.



En el bar ambos se encontraron más atractivos que nunca, como si hubieran estado preparando aquel encuentro durante largo tiempo. Al principio sólo comentaron cosas del libro que cada uno había estado leyendo antes de hablarse por teléfono. Pero, poco a poco, el silencio de sus miradas fue llevando el peso de la conversación. Quizá fuera un error haberse refugiado en la multitud de un bar, pues en ésta se diluyeron los reparos al contacto físico: por esa extraña cualidad de desplazamiento que tienen las manos con sus dedos, acabaron entrelazándose; por la extraña manía que tienen en los bares de subir el volumen de la música, sus palabras se acercaron casi hasta rozar sus narices. Hartos de tanta bulla, salieron del bar. Pasearon sin decirse nada, hasta que súbitamente ambos comenzaban a hablar. Así, tres o cuatro veces. Siguieron caminando sin rumbo hasta que él le propuso volver a sus respectivas casas. Ambos asintieron ocultando sus deseos y caminaron hacia la casa de ella, la primera viajera en bajar de aquel tren a ninguna parte. Pero antes de llegar al portal, ella se abrazó a él diciéndole: “Te quiero, te quiero. No puedo dejar de pensar en ti”. Él, completamente desarmado, cerró los brazos para acompañarla y, haciendo acopio de firmeza, le dijo: “Yo también te quiero, pero ahora tenemos que irnos”. No hubo más palabras. Se despidieron con dos besos, ella cruzó la puerta del portal y él se dirigió a su casa.


Desde entonces, han seguido siendo amigos. Han seguido queriéndose, pero jamás fueron capaces de terminar los libros que aquella noche dejaron a medias."


Me encontré esta joya aquí: