lunes, febrero 17

Nunca la cerveza me había sabido tan mal. Pero si esta es la cerveza de siempre, seré yo quien habrá cambiado.

En verdad lo entiendo, en el fondo su elección fue honesta. Lo malo conocido frente a un incierto posible, inseguro bueno por conocer. Y es que también lo malo constituye el hogar. Y la seguridad de lo que siempre ha sido es poderosa razón. Pero yo me habría atrevido.

Yo me atreví. De hecho.

Claro que también en mí se encuentra esa poderosa razón que es el pasado. El pasado que aúlla todavía en noches demasiado largas, demasiado negras, demasiado silenciosas. Mucho ruido no es diferente de un silencio aplastante. Mucho ruido no salva tampoco. En el fondo, pocas cosas salvan.

Volver a los viejos lugares donde uno amó la vida, aunque esos lugares tan solo existan en la memoria que inventó el cuento de nuestro pasado feliz. No sé si es más duro querer volver atrás o que ese punto de comienzo nunca haya existido.

Es como echar de menos a los muertos. A los muertos que siguen vivos.

Definitivamente la cerveza está asquerosa combinada con el resfriado. Pero no podemos tirar la cerveza ni deshacernos del resfriado. Ni mezclar alcohol con aspirinas. Ni jugar dobles vidas.

Ya no quiero irme. Ya no quiero querer buscar. Ya no encontraré. Porque ya no hay nada que no quiera encontrar.

Porque el futuro, en el fondo, es predecible. Llegarán más cambios, más personas; llegarán enfermedades; llegará la muerte con el cáncer. O la muerte natural. O la muerte programada. Porque las posibilidades son infinitas, pero no inimaginables. Todo lo que pasará puede ser pensado. No hay sorpresa. No hay novedad. Lo extraordinario coexiste con lo ordinario. Con la mediocridad. Lo bueno con lo malo. Lo peor con lo mejor. Excelencia y estupidez, amigas íntimas.

No queda nada que esperar en el momento en que el mejor día de nuestros días ya lo hemos vivido. Ese momento de plenitud, ese momento de sentir que ya no hay nada más que puedas pedirle a la vida. Tienes todo lo que has querido, todo lo que puedas querer alguna vez. Sólo por un momento, pero ese mismo instante aborta cualquier otra futura felicidad.

Alina tiene en su memoria ese momento. Sabe que lo tuvo todo. Después también lo perdió todo; pero lo tuvo. Tuvo lo que quiso. Y ahora ya no queda nada que esperar.