viernes, marzo 21, 2014

Por primera vez en ¿años? - no sabría decir medir contar el tiempo - siento que no quiero irme. Sé que cualquier sentimiento de pertenencia es falso. Sé que me queda aún tanto mundo por descubrir recorrer andar nadar bailar. 

Pero me siento tan a gusto aquí, como si fuera de aquí. De nuevo, el sentido de pertenencia.

El significado de hogar.

¿Pero cuánto hacía que no tenía en mí esta sensación? Me lo he pasado bien - a gusto - en muchos lugares. Pero sabía que era por poco tiempo. Temporal idad. Por más que me gustaran esos lugares, en ninguno pensé que me iba a quedar viviendo por más tiempo del previsto. Conocía, aceptaba el fin. 

Ahora mismo, aquí, me siento arropada.

¿Es eso lo que debería estar buscando? 

¿No se trata de huir del conformismo, de la seguridad que frena y aniquila la libertad? Ser un espíritu libre, como hace tiempo me definieron. 

¿No debería cumplir con mi definición? 

Hay tantas personas atadas a las máscaras que deben ser. A lo que una vez definieron que eran. Dijeron - y acto seguido - cumplieron. Palabra es acción. Qué peligroso pensamiento.

Pero tal vez quiera sentirme arropada. Sentirme dentro de. Dejar de andar huyendo. Dejar de buscar afuera lo que todavía no se ha buscado adentro. Olvidar las prisas.

Olvidar las prisas.

Las cosas llegarán a su tiempo. No adelantar acontecimientos. No precipitar glorias que se conviertan en desastres. Dejar que las penas se diluyan en el agua del tiempo. En el mar. La sal que cristaliza y que nos endulza lo agrio.

Sí, no quiero irme. Tal vez porque sé que también aquí, ahora se acerca el fin. El año que viene muchxs no estaremos aquí. Yo no sé dónde estaré. Quisiera seguir aquí. Pero no puedo ¿puedo? dejar de seguir caminando por mor al sentido de pertenencia. A unas gentes, a unos lugares, a aquello que nos hace felices. ¿Pero no es felicidad la respuesta?

¿Pero no es aburrida la felicidad cuando se puede tener a cualquier hora?

¿Y luego? 

Alargar un año, dos este estado de bienestar ficticio, para después ir ¿a dónde? ¿Hacer qué? ¿Parar un año, dos y luego qué? ¿Habrá un luego si paramos ahora?

¿Habrá el luego que quiero, más bien? siempre hay un luego

pero si no sé todavía qué luego quiero

Sé lo que quiero ahora. Pero no puedo asentar las bases del futuro en este ahora. Porque el lugar desaparecerá - la crisis existe y va a peor aquí no hay futuro - las personas se irán - a buscar su sino - todo se irá al traste sooner or later. Hay que ser consciente de eso: el mundo se va a la mierda. 

Quedan pocos meses y el tiempo pasa deprisa. Dentro de todos los errores cometidos, graves, horrorosos, sufridos, sufrientes, el balance es positivo. Lo bueno está siendo muy bueno. La intensidad no ha variado.

Aunque cada vez juego más con la perdición. Con el concepto. ¿morir? A veces vivo como si me fuera a dar igual morir al instante siguiente.

Aunque tal vez eso sea la clave de todo esto del vivir.

en momentos como estos me preocupa - o debería preocuparme (y ese es precisamente el problema) - la indiferencia con que puedo tratar ciertos asuntos que se pueden considerar vitales. La despreocupación por casi todo. No es en los discursos con el Otrx - donde tomo la posición que me venga en gana en ese momento y la defiendo acaloradamente - donde me defino. Es en la indiferencia. El saber que no hay Verdad. Aceptar que siempre hay más que nunca sabremos de manera tan sencilla.

Dudar. 

De la propia mente. De la propia locura - que a veces considero exageración -, de la propia cordura - que a veces considero soberbia. 

Dudar, saber que no hay nada. Y reír, sin embargo, reír.

martes, marzo 11, 2014

La vida es tan cambiante. Nos sentimos siempre les mismes y siempre distintes. Nos ven igual y nos ven otres. El mismo cuerpo, que ahora es joven y el mismo cuerpo el que después se vestirá de arrugas y senilidad. 

Las ganas de cambiar el mundo, de ser alguien para el mundo. Un mundo que nos recuerde, lleno de muertxs y de vives. Un mundo cruel y maravilloso a partes iguales e indivisibles. No hay bien y no hay mal y sin embargo ambos extremos los sentimos tan adentro, tan profundo. No hay esencia y no hay diferencia.

La sonrisa en la boca en el mismo lugar en el que en otro tiempo hubo una lágrima, donde en otro tiempo hubo un abrazo. Tiempo que son tiempos.

Un 'me conmueve usted, señorita' con los ojos húmedos. Don Arturo Cepeda, que también se escribe con Z, pero que usted escribe con C. Si yo le contara don Arturo que mi ilusión es tan irreal como su escepticismo, que mi juventud es tan solo la máscara de su vejez. Le conmovió mi fe, a mí su ternura. No le mentí en las ganas que tengo, pero le oculté que no sé de qué son las ganas. Yo sé que la corrupción, que la crueldad, que la decadencia, la muerte, todo nos acecha. Usted sabe que yo lo sé, que no era tal la ingenuidad ni mucho menos la inocencia. Pero le intenté convencer, don Arturo, convencerle de que creía en las palabras que le dije. Y a quien intentaba convencer era a mí. Por eso mis ojos también lloraron al compás de los suyos. Y me inspiró usted tanto amor en esa mañana loca de niños corriendo, de viejos que no se paraban a saludar, de jóvenes hambrientos de vida, sexo y locura. Yo le dije una frase que una vez me dijeron a mí y es que sí, si no se cree cuando se es joven, cuándo si no. Si no luchamos cuando tenemos la fuerza de los años, cómo podremos luchar cuando apenas podamos sujetar el papel entre las manos. 

Me conmovió también usted a mí, don Arturo. Esa mañana de domingo en el parque del Retiro no fuimos a retirarnos. Fuimos a luchar y a convencer. Fuimos a enseñar que somos jóvenes, a enseñar que hay esperanza. Queda esperanza, mi querido señor. Hay personas que creen. Hay personas que hacen. Hay personas que mueven los pequeños mundos en los que se encuentran. Yo moví un poco su mundo cuando le hice tener que quitarse las gafas y secarse los ojos, sin premeditación ni consciencia. Usted movió un poco el mío y me llenó de alegría. 

Ya no importaba a qué había venido a pararle. Ni a usted le importaba ya la conversación primera. Fuimos cercanos, seres que venían de mundos tan dispares, de tiempos límites, de lenguajes intraducibles. 

Le prometo recordarle siempre, 

viernes, marzo 07, 2014

Si pudiese contarte todo lo que ya no puedo contarte.

Si pudiese contarte la de veces que he destrozado y la de veces que me han destrozado. 

Y tantas más las que yo misma me he destrozado.

Siempre después de ti. 

Si pudiese decirte. Tanto. Tantas cosas. Tengo tanto que decirte, tanto que en mí pesa. Pero nunca nadie me ha roto nuevamente. No después de ti. 

Y aún así, me han destrozado. 

Esta misma noche. Tengo el pie y el alma dolientes. El pie, de un tropezón. El alma, también de un tropezón. 

Nunca nadie como tú. Y sin embargo duele. 

Aunque es un dolor que no llega a hacerme sentir. No siento. Quiero que duela. Quiero que me rompa. Quiero que acabe conmigo para volver a empezar. Pero no me toca. Tengo la necesidad de caer en el abismo y que todo quede esparcido en miles de pedazos. En miles de lágrimas. Pero ninguna lágrima sale. Lo intento, pero no puedo. Lo intento, pero no tengo fuerzas.

No se pueden forzar las lágrimas, ¿o sí? No se puede forzar el dolor. Sin embargo, aquí lo siento, hundiéndome el pecho, pero sin penetrarme. Aquí en la superficie, sin poder tocarlo. Sin poder agarrarlo, engullirlo y vomitarlo. 

No puedo vomitar.

Siento tanta impotencia. No tengo otros sentimientos. Tan solo impotencia. Ni siquiera la rabia aflora. 

Si pudiese romper todas las cosas de mi habitación ahora mismo sería tan feliz. Pero no tengo aliento. No me quedan fuerzas. No me quedan ganas. 

Tan solo el pensar el absurdo de la vida. Es lo único que se me ocurre. La vida es un absurdo. Cruel, si queremos darle matices. Pero absurda, al fin y al cabo. 

Y nada más. No me salen más palabras, no me salen más acciones. No me sale volver a coger un avión para decir: Te amo. No después de aquella noche. 

¿Ya nunca más podré? Ya nunca más podré.

Duele tanto. Duele tanto que no duela. Duele tanto querer que duela. Duele tanto querer.

Querer y no saber qué se quiere. 

Querer creer. Querer creer en Dios, hasta en Dios. Otra vez en Dios. Si Dios no nos hubiese abandonado. Pero nos dejó. Como nos dejó nuestro amor loco. 

Loca quedo. Loca, sin hogar. Paria, madre de todos e hija de nadie. Paria en mi tierra que no me reconoce. Paria en una tierra que no reconozco. 

Si pudiese. 

Dime, cuándo te olvidaré al fin. Cuándo podré decirte adiós por siempre. Cuándo podré recordar que nunca te he conocido, que nunca entraste en mi vida, que nunca te amé, que nunca te odié. Cuándo llegará ese momento. 

Cuándo podré volver a sentir nuevamente el dolor que me desgarre, las lágrimas corriendo en riachuelos por mis mejillas, libres, sin dueño. Ni siquiera puedo llorar ya por ti. Está seco, estoy seca. Me he quedado seca.

Y me entrego a cualquiera que pienso que puede destrozarme. Y me destrozan... pero no son tú.

(...mátame, me dolerá menos. Pero hazlo en serio esta vez.)