martes, marzo 11, 2014

La vida es tan cambiante. Nos sentimos siempre les mismes y siempre distintes. Nos ven igual y nos ven otres. El mismo cuerpo, que ahora es joven y el mismo cuerpo el que después se vestirá de arrugas y senilidad. 

Las ganas de cambiar el mundo, de ser alguien para el mundo. Un mundo que nos recuerde, lleno de muertxs y de vives. Un mundo cruel y maravilloso a partes iguales e indivisibles. No hay bien y no hay mal y sin embargo ambos extremos los sentimos tan adentro, tan profundo. No hay esencia y no hay diferencia.

La sonrisa en la boca en el mismo lugar en el que en otro tiempo hubo una lágrima, donde en otro tiempo hubo un abrazo. Tiempo que son tiempos.

Un 'me conmueve usted, señorita' con los ojos húmedos. Don Arturo Cepeda, que también se escribe con Z, pero que usted escribe con C. Si yo le contara don Arturo que mi ilusión es tan irreal como su escepticismo, que mi juventud es tan solo la máscara de su vejez. Le conmovió mi fe, a mí su ternura. No le mentí en las ganas que tengo, pero le oculté que no sé de qué son las ganas. Yo sé que la corrupción, que la crueldad, que la decadencia, la muerte, todo nos acecha. Usted sabe que yo lo sé, que no era tal la ingenuidad ni mucho menos la inocencia. Pero le intenté convencer, don Arturo, convencerle de que creía en las palabras que le dije. Y a quien intentaba convencer era a mí. Por eso mis ojos también lloraron al compás de los suyos. Y me inspiró usted tanto amor en esa mañana loca de niños corriendo, de viejos que no se paraban a saludar, de jóvenes hambrientos de vida, sexo y locura. Yo le dije una frase que una vez me dijeron a mí y es que sí, si no se cree cuando se es joven, cuándo si no. Si no luchamos cuando tenemos la fuerza de los años, cómo podremos luchar cuando apenas podamos sujetar el papel entre las manos. 

Me conmovió también usted a mí, don Arturo. Esa mañana de domingo en el parque del Retiro no fuimos a retirarnos. Fuimos a luchar y a convencer. Fuimos a enseñar que somos jóvenes, a enseñar que hay esperanza. Queda esperanza, mi querido señor. Hay personas que creen. Hay personas que hacen. Hay personas que mueven los pequeños mundos en los que se encuentran. Yo moví un poco su mundo cuando le hice tener que quitarse las gafas y secarse los ojos, sin premeditación ni consciencia. Usted movió un poco el mío y me llenó de alegría. 

Ya no importaba a qué había venido a pararle. Ni a usted le importaba ya la conversación primera. Fuimos cercanos, seres que venían de mundos tan dispares, de tiempos límites, de lenguajes intraducibles. 

Le prometo recordarle siempre,