viernes, marzo 7

Si pudiese contarte todo lo que ya no puedo contarte.

Si pudiese contarte la de veces que he destrozado y la de veces que me han destrozado. 

Y tantas más las que yo misma me he destrozado.

Siempre después de ti. 

Si pudiese decirte. Tanto. Tantas cosas. Tengo tanto que decirte, tanto que en mí pesa. Pero nunca nadie me ha roto nuevamente. No después de ti. 

Y aún así, me han destrozado. 

Esta misma noche. Tengo el pie y el alma dolientes. El pie, de un tropezón. El alma, también de un tropezón. 

Nunca nadie como tú. Y sin embargo duele. 

Aunque es un dolor que no llega a hacerme sentir. No siento. Quiero que duela. Quiero que me rompa. Quiero que acabe conmigo para volver a empezar. Pero no me toca. Tengo la necesidad de caer en el abismo y que todo quede esparcido en miles de pedazos. En miles de lágrimas. Pero ninguna lágrima sale. Lo intento, pero no puedo. Lo intento, pero no tengo fuerzas.

No se pueden forzar las lágrimas, ¿o sí? No se puede forzar el dolor. Sin embargo, aquí lo siento, hundiéndome el pecho, pero sin penetrarme. Aquí en la superficie, sin poder tocarlo. Sin poder agarrarlo, engullirlo y vomitarlo. 

No puedo vomitar.

Siento tanta impotencia. No tengo otros sentimientos. Tan solo impotencia. Ni siquiera la rabia aflora. 

Si pudiese romper todas las cosas de mi habitación ahora mismo sería tan feliz. Pero no tengo aliento. No me quedan fuerzas. No me quedan ganas. 

Tan solo el pensar del absurdo de la vida. Es lo único que se me ocurre. La vida es un absurdo. Cruel, si queremos darle matices. Pero absurda, al fin y al cabo. 

Y nada más. No me salen más palabras, no me salen más acciones. No me sale volver a coger un avión para decir: Te amo. No después de aquella noche. 

¿Ya nunca más podré? Ya nunca más podré.

Duele tanto. Duele tanto que no duela. Duele tanto querer que duela. Duele tanto querer.

Querer y no saber qué se quiere. 

Querer creer. Querer creer en Dios, hasta en Dios. Otra vez en Dios. Si Dios no nos hubiese abandonado. Pero nos dejó. Como nos dejó nuestro amor loco. 

Loca quedo. Loca, sin hogar. Paria, madre de todos e hija de nadie. Paria en mi tierra que no me reconoce. Paria en una tierra que no reconozco. 

Si pudiese. 

Dime, cuándo te olvidaré al fin. Cuándo podré decirte adiós por siempre. Cuándo podré recordar que nunca te he conocido, que nunca entraste en mi vida, que nunca te amé, que nunca te odié. Cuándo llegará ese momento. 

Cuándo podré volver a sentir nuevamente el dolor que me desgarre, las lágrimas corriendo en riachuelos por mis mejillas, libres, sin dueño. Ni siquiera puedo llorar ya por ti. Está seco, estoy seca. Me he quedado seca.

Y me entrego a cualquiera que pienso que puede destrozarme. Y me destrozan... pero no son tú.

(...mátame, me dolerá menos. Pero hazlo en serio esta vez.)