viernes, marzo 21

Yo firmé una especie de contrato hace unos meses. Las cláusulas las escribí yo misma: eran una serie de objetivos que quería cumplir en el plazo de un año (hasta que volviéramos a vernos). El contrato lo firmábamos yo y otra persona (sí, ya sé que se escribe otra persona y yo). Él, a su vez, tenía su propio contrato con sus propias cláusulas. 

Eran diez.

Recuerdo que escribí propósitos no imposibles, pero sí difíciles de conseguir. Propósitos en los que creía en esos momentos.

Hoy, sin ton ni son, me doy cuenta que estoy cumpliendo con mi parte. Que lo estoy consiguiendo (no es que creyera que no lo lograría, pero sí pensaba que seguramente me quedaría cerca de mis metas). Sin saberlo, sin estar siguiendo ningún contrato. Otros propósitos, he de decir, no lograré, por no creer ya en ellos.

Pero lo miro y veo que la letra se hace acción. La letra olvidada. 

Dentro de un año (menos los meses que ya han pasado, que ya vamos casi por la mitad, ¿casi?)  cuatro ¡cuatro! meses joder, han pasado ya ocho, joder... 

(esto ha venido de imprevisto: no esperaba que hubiera pasado ya tanto tiempo. Pero es real, el tiempo ha pasado, rápido, rápido, rápido)

... dentro de esos cuatro meses yo miraré nuevamente mi contrato y supongo que me alegraré de ver lo que he conseguido. La cuestión era encontrarme con esa otra persona, vernos, re-descubrirnos, mostrarnos qué hemos hecho, ser, ser nuevamente en el otro. 

Pero eso ya no va a pasar.

Así que dentro de cuatro meses yo miraré a solas mi contrato desde el lugar del mundo en el que me encuentre (que hace poco dije que me encantaría que siguiera siendo éste en el que me encuentro). Y me alegraré de ver lo que he conseguido. Y seguiré adelante.

Tal vez escriba otro contrato - y le proponga al primero que me cruce en el camino que me firme como testigo.