miércoles, abril 29, 2015

Hace tiempo conocí a una persona igual a mí. A lo largo de mi vida he conocido muchas personas tales, pero él, especialmente, era mi igual. Nos quisimos mucho el tiempo que nuestras vidas coincidieron en ese lugar del Sur. Nos quisimos sin maldad, aunque toda felicidad trae un damnificado. O varios. Nos quisimos más de lo que pudimos, y nos dejamos de querer tan pronto como tuvimos que aceptar que no podíamos seguir queriéndonos. A ninguno nos dolió nuestra pérdida; nos dolieron mucho y un poco otras cosas.

Él abrió el espacio de la renuncia al sufrimiento, de la aceptación, del anhelo por tenerlo todo. Sin embargo, por ello mismo, su vida había de basarse en algunas mentiras capitales. La mentira a cambio de vivir todo lo que el alma anhela. A cambio de exigirle todo a la vida. No se puede culpar nunca a quienes eligen vivirlo todo. 

No lo he echado de menos nunca después de nuestra despedida. Su vida volvió a sus cauces y la mía también. No sería empero hasta un año después, o más -es difícil pensar en años cuando lo que se recuerdan son vidas pasadas- cuando pude entender todo lo que habíamos vivido. Todas nuestras enseñanzas, que fueron suyas, y después de ese otro él, y aún de otro él, cabían ahora en mi ser. Había cambiado -he cambiado. Los sueños son los mismos, los deseos, iguales; no lo son las carencias ni los miedos ni la incertidumbre. 

Gracias a ese él que es igual a mí y de quien nada sé ya, sé hoy lo que vaticinaron sus palabras. Él me conoció bien y conoció bien mi pasado y quién era mi persona, al igual que yo sabía quién era su persona. 'Yo sé con quién estarás en cinco años.' Yo sabía a quién se refería, pero no quise creerlo. No era posible creerlo.

Mas hoy sé cuán ciertas fueron esas palabras. Cuando conoces a alguien con quien sientes desde el primer momento que es la persona de tu vida -¿cuántas personas pueden decir eso y que se les vaya la vida en la verdad de ese sentir?-, pero la has conocido demasiado pronto -tan al principio de la vida-, cuando a pesar de toda la felicidad futura y el amor y el cariño y la ternura y el sexo que llegan de tantos seres a quienes se quieren, pero que no duelen -nunca más ha vuelto a doler una pérdida, nunca más ha vuelto a doler una decepción-, cuando a diario -la eternidad consiste en todos los días de la vida- existe un pensamiento dirigido a la misma persona desde antes, quizá, de conocerla, cuando. 

Quizá todo el amor que le tuve está ahora disperso en millones de seres. Quizá todo el dolor está esparcido ahora en pequeñas dosis de pequeñas discusiones, de pequeñas mentiras y pequeñas falsedades.

Quizá nunca he dejado de quererlo. Quizá nunca deje de hacerlo. Quizá siga temblando cada vez que sé de él; cada vez que uno de los dos vuelve en busca del otro: porque eso también hacemos, como buenos malditos locos; cada cierto tiempo, irrumpimos intempestivamente en la vida del otro y entonces revoloteamos todo, buscando en los cajones si aún quedan recuerdos y deseos, aún sabiendo que nuestras vidas no pueden ir en común. Porque si lo hicieran, nos aniquilaríamos, como tantas otras veces hemos hecho. Pero lo hacemos, porque no sabemos hacer otra cosa. Y ninguno de los dos ha tenido la fuerza hasta la fecha para cerrar la puerta de manera definitiva -¿pero lo único definitivo no es, si acaso, la muerte?.

Así que no sé con quién estaré en tres años -han pasado ya casi dos desde aquél vaticinio de aquél igual a mí-, pero casi podría jurar que sé en quién estaré pensando, todavía, a diario. Y lo acepto. Está bien que sea así. Está bien que la vida me haya dado la maravillosa oportunidad de encontrar a alguien que recorre mi sangre, mi alma y mi mente. Porque si esta vida no pareciera tan irreal como sólo es real la literatura, no valdría la pena vivirla.

A V., 
que seguramente no me leerá,
 porque todas mis letras le duelen


sábado, abril 11, 2015

Es curioso. A mí has podido enseñarme. He crecido mucho gracias a todo lo que me has revelado. Mediante explicaciones, exposiciones y actos -práxis!-, ya no puedo volver atrás a quien era. Soy una mejor persona gracias a tus enseñanzas. Sin embargo, a ti, tus conocimientos, no te han servido para nada. No te sirven para nada. A ti mismo no has sabido aplicarlos. El intento costaba esfuerzo: cuando te cansaste, te quitaste la máscara. Lo que había detrás de la máscara era bastante patético. Quizá tuvieses razón: las personas sólo pasan por tu vida porque necesitan sanar. Una vez se cura la herida, se marchan.

Aún tengo heridas y llagas que supuran de vez en cuando. Son viejas batallas, guerras ancestrales. Pero muchas han cicatrizado gracias a ti. Ya no puedo abrirlas ahora: la sangre ha cuajado. Tu veneno no provoca efectos en mi piel. 

Es curioso, en efecto. Que sin embargo, al Otrx sí puedas enseñarle. Aunque a ti no puedas ayudarte. Curioso y tal vez triste. Pero quisiera no juzgarte, no caer en tus mismos juegos. Podría haber sido diferente. Podría haber sido una historia feliz. Porque mi amor no es incompatible con todo lo que te conté. Pero no supiste entenderlo.

Te cansaste.

Voy a juzgarte, en esto solamente. Es triste lo que hiciste. Supone una gran decepción. No puedo ocultar que esperaba más con todo lo que me enseñaste. Tu última lección fue pésima. Y en esto solamente, voy a ser cruel: no eres digno de tus conocimientos. No estás a la altura; no has sabido enseñar mediante el ejemplo. 

Yo, sí; soy el ejemplo vivo de tus enseñanzas. Tú, que has querido romperme en la batalla final, te dedicaste todo el tiempo anterior a volverme invencible. Ay.

lunes, abril 06, 2015

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Podría ser que en el pasado nos creyéramos las mentiras que nos contaron. Podría darse que incluso les hiciéramos caso a nuestros asesinos de ilusiones. Que ante la fuerza de nuestra vitalidad, viniera alguien a arrancarla de un hachazo, mortífero miedo a la luz que nuestras ganas emanaban. Hay quien teme y hay quien envidia tal intensidad. Hay quien no soporta ni mirarla, incapaz, como es, de sentirla.

Es posible, vamos a darle la condición de quizá, que dejáramos de hacer cosas gracias a nuestros verdugos. O que, al menos, las pospusiéramos. Tal vez, podríamos estar en otro lugar si no hubiese sido por tanto poder destructivo. Si no nos hubiésemos creído que la verdad no es bandera de todas las personas. O no, quizá sólo fue nuestro miedo a emociones que no entendíamos y a la violencia que nos disparaba a movernos, a seguir, seguir siempre soñando; soñando, luchando, haciendo realidad los sueños. Quizá creímos a nuestros carniceros porque no éramos capaces de creer que lo que teníamos adentro era real. Y dejar-nos llevar por ello hasta las últimas consecuencias. Intentamos apagar el fuego que nos abrasaba como pudimos. Quizá nos venía grande y nos enseñaron a que éramos pequeñxs. 

Todo tiene la misma condición plausible. Sin embargo, hay algunas cosas que hemos aprendido a lo largo del tiempo. Que ya iba siendo hora de dejar de vivir contínuamente sin llevarse algo de aprendizaje también de lo experienciado. Y ya no creemos nada de lo que nos cuentan quienes vienen a masacrar nuestras ilusiones. No hay peor asesino que aquél que no soporta una sonrisa. No hay mayor enemigo de la vida y mayor necrófilo que aquél que odia la risa e intenta aniquilarla. No hay peores personas que ésas. He ahí la definición de bajeza moral. Y vital.

Pero ya no pueden vendernos sus miserias. Sabemos quienes somos, y que lo que nos recorre más acá de la piel es inmenso. Sabemos que queremos dejar libre todo lo que podemos llegar a ser y queremos convertirnos en aquello que nuestra alma anhela. Porque seguimos creyendo en el alma; porque volvemos a creer en ella. Porque ya hemos vivido la decadencia y nuestra destrucción y conocemos nuestro infierno. 

Y ya no nos vamos a, ya no podemos, ya no sabemos, conformarnos con menos que lo mejor que podemos ser. Digan lo que digan; intente desgastarnos e intente clavarnos puñaladas sin previos avisos quien sea: ni nuestro Dios podría quitarnos de nuestro camino. 

Menos unos pobres diablos.

Y vamos a lograrlo. Se nos vaya la vida en ello.