domingo, mayo 31

Echo de menos cosas muy tontas.

Cosas tontas, básicas del día a día. Me faltan como si me faltara el oxígeno para respirar en medio de tanto aire contaminado.

Echo de menos decir te quiero. Más que escucharlo; siendo realistas, ahora mismo podría escuchar un te quiero si lo quisiera -y es que, en verdad, cualquiera puede decírnoslo, y/mas jamás sabremos si sus palabras son ciertas. En cambio, cómo dudar de aquello que sale de adentro. Aquello que nos reventaría por dentro de no salir afuera. Aquello que no podemos no decir; que está más allá de cuanto podemos controlar. Aquello que, si silenciamos, nos estamos traicionando a nosotrxs mismxs.
Además, no se trata del Otrx. No se trata del desamparo de quien se siente solx y necesita sentirse queridx y protegidx. Aquí es más cuestión de las ganas de unx de querer. 

Echo de menos, pues, decir te quiero. Dejarme caer en esas ocho letras. Sentirme en paz al decirlas. Sentirme en la gloria al decirlas.

Echo de menos un abrazo al llegar a la cama. Que el día acabe mientras se siente el latir de ese otro ser gracias a quien el hogar tiene significado. Y nombre y apellidos, más que calle y número.

Echo de menos esa plenitud completa sentida en un beso, en una caricia. Ese sentir del si la despedida final ha de ser hoy, aquí, en este momento, la conclusión que quedaría sería una feliz. Ese sentir del no querer nada más. De cuando todo queda subsanado, justa o qué más da si injustamente reparado.

Todo eso echo de menos, cosas muy tontas. Y yo sé que, a pesar de tantas buenas nuevas, a pesar de que la vida sigue en auge, la falta de estas cosas tan tontas me quitan ese noséqué de quien se siente vivx. Es como vivir la felicidad plena en tres o cuatro tonos menos de saturación. Es, pero no acaba de ser.