jueves, mayo 14, 2015

Lo reconozco. Es difícil acostumbrarse al silencio. Al silencio que viene solo y al que forzamos que se quede. Al mismo tiempo, es tremendamente llamativo la facilidad que tiene el tiempo para sumar días y horas. Aunque largos, los minutos suman y el Sol calienta un día más y la luna aparece, si acaso, una noche más. Si acaso, porque cuando llega por entero, mejor que no viniera.

Por otro lado, son tremendas las ganas de escuchar una canción triste al baile del humo de un cigarro. Mis deseos de tabaco llegan siempre a horas intempestivas y con posibilidades indecentes de conseguirlo. Pero ya la otra noche corrí hasta el pub más cercano -e infecto- donde sabía que aguardaba una máquina llena de Camel y, estando ya tan cerca que podía adivinar que aún seguía abierto un día entre semana cualquiera, no pude entrar. Me di media vuelta y me volví a casa, con las manos vacías. Bueno, todavía con los 5 euros en una mano y las llaves de casa en la otra. A medida que me iba acercando, me iba asqueando más la idea de fumar y perdía encanto la de disfrutar de su decadencia mientras la melancolía canta. A manos de Andrés Suárez, por ejemplo. Así que no pude entrar.

Pero aún tengo ganas de volver a disfrutar una canción triste al baile del humo de un cigarro. Sin embargo sé que volvería a pasar lo mismo al ir a comprar un paquete. No tiene sentido intentarlo. He vuelto a perder la magia de la imagen estética de la decadencia. 

Pero estas letras llegan en dos tiempos diferentes. Anoche tuve que dejar de escribir porque uno de ellos rompió el silencio. Era de esperar que tarde o temprano lo hiciera; íbamos a encontrarnos en unos días, había trámites, burocracias que solucionar de por medio: en algún momento teníamos que decirnos algo. 

Aunque sólo fuera para hablar del sinsentido de vernos dada la afasia que de repente nos había cercado. Y en efecto, después el silencio volvió.

Y sigue. Y seguirá. Tampoco veo la razón de seguir diciendo palabras cuando los cuerpos no hallarán motivos para moverse. 

Y es que pasa que si no se obtiene todo, es preferible la renuncia y quedarse en nada. Quedarse en silencio. Siempre llega un periodo de apatía tras haber jugado todas las cartas y perdido todas las partidas de la noche.