domingo, septiembre 13

México es salvaje y así lo son las experiencias que se tienen en ese suelo del Sur. Salvajes y explosivas. Igual que aquél volcán irrumpiendo en mis sueños días previos a mi partida a océanos distancia, y mi contemplación del mismo sosegada e indiferente a cualquier temor, fue todo lo que me esperaría en esos meses. 

No es la pasión lo que precisamente le ha faltado nunca a mi vida, quizá demasiada; sin embargo aquello que me habría de esperar en ese país del que ni bien sabía dónde situarlo ni qué andaría a hacer allí sobrepasó todo lo que había vivido hasta el momento. De una vez rompí todas las creencias y acepté que ahí, en ese otro continente, todo vale. Quise mucho y descaradamente. Una y otra vez empujé los límites existentes y establecí, en cambio, otros que nadie habría considerado dadas las circunstancias.

Descubrí, tiempo después, que no fui la única en imponerse mismos límites. Nada me llenó de mayor felicidad que descubrir que uno de esos amores por los que el humo de cigarro se convirtió en compañero fiel todas las noches con tal de apaciguar las ganas, no fue en vano. Tuve que pedir un cigarrillo la mañana que descubrí tal acontecimiento. Hacía meses que la estética del tabaco había dejado de atraerme. Era una mañana de aeropuerto, mientras iba a ver a otro amor que rescató de mí todas las creencias a las que una vez fui fiel -y sin las cuales mi vida sería la misma, pero más triste.

Ese amor loco y castrado sigue presente, aunque sólo sea en la ficción. Es posible vivir sabiendo que nunca habrá siquiera un beso, que las distancias comprenden más allá de océanos y kilómetros que tampoco ayudan, cuando de vez en cuando, tanto tiempo después, sigue habiendo una señal, un recordatorio, un noteolvido, que traen de vuelta tantas bellas y sentidas memorias. Pequeños gestos insignificantes que encontraron al fin su ser en esa mañana de aeropuertos. 

Y mientras, las tierras inglesas que son de las que se venía a hablar brindan nuevos recuerdos y presentes en los que el amor tampoco falla en aparecer, bien sea bajo estas imágenes del pasado llenas de sentir, bien sea mediante nuevas y renovadas esperanzas nacidas al conocer tantas personas maravillosas que pueblan estos días perdidos en el exilio. 

Este exilio, que desconoce por completo cuál sería el hogar perdido, y dejando por completo de lado las desgracias del mundo, trae consigo uno de los momentos más llenos y placenteros de los que se haya podido disfrutar hasta la fecha: trae la esperanza del futuro, trae, por vez primera, estabilidad, trae por vez primera, otro tipo de libertad que ya no es hija del caos. Y es necesario que de vez en cuando se experimente el orden, es necesario que de vez en cuando se sepa dónde se estará mañana. Por merced. Por todas las personas que jamás experimentarán tal estado. Porque no sirve aumentar el sufrimiento de esta tierra doliente. Sin olvidar nunca el azar del que todo es fruto. Y sin caer en el egoísmo de la suerte en la que nos ha tocado nacer. 

Porque no se puede ayudar cuando unx mismx está rotx. 

Y este exilio es el primero que cura. Sheffield fue el comienzo del rompimiento. México fue la explosión total de las emociones. La vuelta a Europa fue forzosa; casi asusta pensar en volver a las tierras del Sur. Hoy, tres meses en la isla de la lluvia y el frío, todo anda en orden. Hay Sol y las gotas de lluvia han hecho poca presencia. Es posible recordar antiguos amores sin que se desestabilice el sistema por entero. Tan solo las manos tiemblan. Tan solo el corazón late un poco más fuerte.